La geometría del amor, John Cheever

Cheever
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John Cheever es un escritor de forma más de que de acción y anécdota. Es un escritor, digamos también, de estados de espíritu. En ese sentido, es un escritor norteamericano muy particular, aunque una taxonomía ligera pueda encontrarle parientes (Fresán , en el prólogo-ensayo de La geometría del amor, menciona sus afinidades estilísticas y temáticas con Scott Fitzgerald y Salinger), pero al final todo es una cuestión demasiado sutil para que pueda resolverse llenando casilleros con nombres célebres. El asunto es simple: si hablamos de Cheever, la única categoría que funciona es la categoría Cheever. Y eso queda claro en cada uno de los dieciocho cuentos integgrantes de La geometría del amor, donde el valor de los sucesos rara vez sorprende, pues allí prevalece lo cotidiano, la rutina de la vida de los suburbios de clase media, los modestos pesares y los modestos placeres de un mundo a media asta. Allí están los personajes de Cheever, allí está el escenario de sus dramas donde al final no pasa nada, porque si algo ocurre, si la acción tiende hacia algún punto, ese punto está en el centro mismo de la mente de sus personajes, o en el centro mismo de su corazón. Y si un lector muy afecto a sacar conclusiones tempranas creyera que por esto la literatura de Cheever es reconcentrada o ensimismada, se equivocaría con algo de estrépito. Y es que el espíritu de los personajes cheeverianos está profundamente conectado al mundo, de modo que en sus mejores cuentos lo que hacemos es acceder a ese mundo suyo a través de un espíritu. Eso ocurre en el excelente Adiós, hermano mío, donde vemos cómo la tremenda amargura que ennegrece el alma de Lawrence (odia que lo llamen Tifty, así que respetémoslo), es capaz de proyectar una sombra sobre toda su familia reunida junto al mar. Y ese pesar suyo, tal vez incomprensible y de seguro incomprendido, es una trampa de la que ni él ni los demás saben cómo escapar. Lo que queda es la expulsión, la expulsión del Edén a través de una acción bíblica.
La alegoría religiosa fluye a través del libro. A veces mejor llevada, a veces no tan bien, no obstante nunca cae en la peligrosa sustitución término a término, en el encadenamiento de metáforas, en el juego obvio y vacío. Lo que Cheever hace, en cambio, es encontrar el modo de valerse de una nociones que todos compartimos por historia, por cultura, y reconfigurarlas a través de su tamiz, ofreciendo un resultado que siempre es revelador. Una vieja historia hablando de un problema nuevo. Un mito lejano susurrando la voz de un hombre de este tiempo.
Pues bien, estos cuentos están llenos de gente que está donde no debe estar. Si esa es la premisa de muchos de ellos, las variantes que Cheever encuentra en el desarrollo de esa premisa son numerosas. Algunos reaccionan subrepticiamente a esa desubicación, no la entienden, pero atentan contra ella. Otros reprimen todo lo que nace de ellos y que no es capaz de acomodarse al entorno. Otros salen abiertamente a emprender una aventura personal que los justifique y que abra una brecha por la que poder emprender una huida hacia un sitio que dudosamente exista. Otros son aplastados. Otros encuentran la redención.

…y tuve la impresión de que todos éramos personajes de una sórdida y amarga tragedia, llevando cargas insoportables sobre nuestras espaldas y separados del resto de la humanidad a causa de nuestras desventuras.

Nuevamente hay que relativizar. La cita puede parecer de una profunda negatividad, pero lo cierto es que este no es más que el punto de partida de Cheever, el lugar desde el que construye la historia de su personaje (cuentos de personajes, eso es lo que son), donde esa negatividad muchas veces se trasmuta. Y logra hacerlo gracias a una ironía ácida y corrosiva, un humor que punza como una piedra bajo las sábanas, una mirada que por momentos alcanza alturas líricas de poderosa belleza. Un ejemplo de esto último:

No había ninguna playa en aquella parte del mundo, y comprendí que nunca sabría si se trataba del límite del desierto o si era algún espejismo o una montaña lo que explicaba aquella curva de luz, pero con la oscuridad reinante, y a aquella velocidad y altura, parecía algo así como la aparición de un nuevo mundo, una cortés insinuación de que yo era un ser anticuado, de que mi tiempo de vida llegaba a su fin, y de mi incapacidad para entender cosas que veo a menudo. Era una sensación agradable, completamente desprovista de amargura; el haber encontrado un camino que quizá mis hijos lograran recorrer hasta el final.

Los pecados de algunos de los relatos del volumen pueden haber sido provocados por el tiempo. Es difícil seguir mirando con los mismos ojos algo que ya hemos visto tantas veces, a saber, que la idílica y previsible vida enmarcada en el american dream es, en realidad, una manzana repleta de gusanos que hace mucho rato se han hartado. Hay que tener una perspectiva histórica y casi antropológica para poder encontrar interés en cuentos como El enorme receptor de radio o Una norteamericana culta. Esos son los momentos en que las ruedas de la lectura se atascan en el barro. El premio que obtendrá un lector capaz de liberar el vehículo para seguir avanzando, la epifanía de cuentos como El nadador, Las casas a las orillas del mar o Un marido rural, que debe ser el cuento con uno de los finales más increíblemente escritos de la historia de la literatura contemporánea. No voy a transcribirlo aquí porque sólo guarda su sabor si lo precede esa extrañísima y asimétrica joya que es el cuerpo del cuento. Me quedo con un fragmento de Las casas a las orillas del mar:

Cuando uno pesca en los bosques primaverales, tropieza con un arbusto de menta silvestre y la fragancia que desprende es como la esencia del día. Caminando por el Palatinado, cargado de antigûedades y de la vida en general, uno ve un búho que sale volando de las ruinas del Septimio Severo y de pronto ese día y esa ciudad vulgar y ruidosa cobra sentido. Acostado en la cama, uno aspira el cigarrillo y la brasa roja ilumina un brazo, un seno y un muslo alrededor de los cuales parece girar el mundo. Estas imágenes son como los rescoldos de nuestros mejores sentimientos, y de pie en la playa, a esa primera hora, parece que con ellos podemos encender un fuego.

Mención especial para la horrible edición de Emecé Lingua Franca, plagada de errores tipográficos y de  un espantoso uso de los guiones de diálogo. El que pueda evitar esta edición, hágalo con desesperación.

Calificación: Muy bueno
Título original: Geometry of love
Traductor: Aníbal Leal
Emecé Editores, Buenos Aires, 2003
ISBN: 950-04-2480-0

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10 comentarios en “La geometría del amor, John Cheever

  1. Muy interesante reseña. Me quedé pensando en cuentos que a lo mejor, en otros tiempos, eran “mejores” (este adjetivo es mío, claro) y que después “pierden” calidad… No creo que sea esa la idea sugerida por Leo, pero en definitiva es lo que pasa. El tema allí estará en el lector, imagino, en el hipotético recepcionista del relato y, por ejemplo, su edad, su educación, etc. No sé…

  2. Para mí también es un ****.
    Me gustaron especialmente los cuentos “Adiós, hermano mío”, “El nadador”, “Las casas a la orilla del mar”, “El ladrón de Shaddy Hill” y “Un marido rural”. No recuerdo si algún otro más fue de mis predilectos ahora porque no tengo el libro a mano. Pero es una gran colección de cuentos, sin duda. ¿Te acordás de esa parte en “El ladrón de Shaddy Hill” en que el personaje regresa en el tren y ve y describe luego la gente en las estaciones? Es buenísimo.

  3. Curiosamente la somera descripción que hace DGB de ese cuento (que no leí) coincide mucho con “Algo había sucedido”, un notable cuento de Buzzati que me viene a la cabeza y aprovecho para recomendar.

    1. Pedro: Hoy de mañana estaba leyendo algo que me hacía pensar: “Si Pedro llega a leer esto, salta como un cohete hasta el espacio sideral. Porque te encantaría, justamente”.
      Un abrazo.

    2. Tengo un volumen de Buzzati editado por el Club del Libro, en el que está ese cuento, igual que El Colombre, por ejemplo. Buzzati es decididamente más kafkiano, y genera esa narración tangencial, de hecho, el trazado de la línea férrea es exactamente eso, una tangente que ni siquiera toca “el suceso”, todo es allí ausencia, eco y un poco de desasosiego fantástico, también… Es un buen cuento, claro está, aunque Buzzati difícilmente toca mi fibra emotiva. En Cheever, y más precisamente en el cuento del que habla DGB, yo creo que el ladrón simplemente querría saber por qué está donde está, a saber, en Shaddy Hill, un lindo barrio residencial lleno de personas muy correctas (así lo describe Cheever):

      “Como digo, Shady Hill es una zona periférica y merece la crítica de los planeadores urbanos, los aventureros y los poetas líricos, pero si uno trabaja en la ciudad y tiene que criar niños, no hay un lugar mejor. Es cierto que mis vecinos son ricos, pero en ese caso la riqueza significa ocio, y ellos saben emplear su tiempo. Recorren el mundo, escuchan buena música, y si en un aeropuerto tienen que elegir una edición barata, se decidirán por Tucídides y a veces por Tomás de Aquino. Apremiados para que construyan refugios antiaéreos, plantan árboles y rosas y tienen jardines espléndidos y luminosos”.

      Johnny Hake (a saber, el ladrón), no necesita robar. Más allá de algún aprieto económico, la verdad es que Hake tiene mil formas alternativas de conseguir lo que necesita. Sin embargo, cada noche sale a hurtadillas y roba a sus vecinos, sumas que bien podrían considerarse insignificantes. El crimen como forma de no-integración, como rebeldía inconsciente (e inútil). Hay más para decir, pero para un comentario ya está bien. Bueno, sólo una cosa más, otra de las epifanías cheeverianas, cuando sus personajes de pronto comprenden, aunque esa comprensión dure quién sabe cuánto:

      “Ojalá pudiera decir que una bestia mansa corrigió mi desvío, o que fue obra de un niño inocente, o los dones de la música lejana de una iglesia, pero fue sólo la lluvia sobre mi cabeza”.

      Acerca del fragmento del tren, DGB, claro que lo recuerdo, me gustó muchísimo, así que lo agrego acá:

      “Tomé el tren de costumbre para volver a casa, y por la ventanilla contemplé el pasaje apacible y la tarde de primavera, y me pareció que los pescadores, los bañistas solitarios y los guardabarreras, los jugadores de pelota en los baldíos, los amantes que no se avergüenzan de su propia actividad, los dueños de pequeños veleros y los viejos que juegan a naipes en los cuarteles de bomberos eran las personas que zurcían los grandes desgarrones que los hombres como yo dejaban en el mundo”.

  4. Por cierto, muy buen comentario.
    Me gustó esta parte: ” (…) estos cuentos están llenos de gente que está donde no debe estar. Si esa es la premisa de muchos de ellos, las variantes que Cheever encuentra en el desarrollo de esa premisa son numerosas. Algunos reaccionan subrepticiamente a esa desubicación, no la entienden, pero atentan contra ella. Otros reprimen todo lo que nace de ellos y que no es capaz de acomodarse al entorno. Otros salen abiertamente a emprender una aventura personal que los justifique y que abra una brecha por la que poder emprender una huida hacia un sitio que dudosamente exista. Otros son aplastados. Otros encuentran la redención.”
    Creo que vale decir, lo que no contradice tu lectura (de hecho la apoya) que algunos sí hacen lo posible por querer estar donde están, o tratan de hacerlo, pero, sabemos, no lo logran.
    Abrazo.

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