Verano, J.M. Coetzee

He examinado los diarios y las cartas (…) No es posible confiar en lo que Coetzee escribe en ellos, no como un registro exacto de los hechos (…) En las cartas crea una ficción de sí mismo para sus corresponsales; en los diarios hace algo muy similar para sí mismo, o tal vez para la posteridad (…) Si quiere saber la verdad tendrá que buscarla detrás de las ficciones (…) y oírla de quienes le conocieron personalmente.

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Coetzee

Verano es la tercera parte de la autobiografía ficcionalizada que Coetzee ha venido publicando con el subtítulo de “Escenas de una vida de provincial”. Pero algo ha cambiado. Si tanto en Infancia como en Juventud el narrador se situaba en una tercera persona a una distancia típica de Coetzee (es decir, libre de entrar y salir, de decir y de cuestionar lo dicho), ahora que el objeto del libro es el John Coetzee de poco más de treinta años, la estructura que ese narrador imponía a la historia parece no tener la capacidad de abordar el asunto. De modo que aunque Verano es una continuación cronológica y temática de las dos novelas anteriores, no lo es en cuanto al aspecto estructural y estilístico.

Bien, el libro comienza con una serie de supuestos apuntes de Coetzee y cierra con otros. La sensación que a uno le queda es que en cierto momento Coetzee tuvo la idea de escribir una novela más convencional, quizá más próxima a las precedentes, y que en algún punto se dio cuenta de que eso no le iba a ser posible. Entonces hizo un rodeo, una vuelta ficticia: John Maxwell Coetzee ha muerto y un joven literato inglés (un tal Vincent) recorre ahora el mundo en busca de un puñado de personas que fueron importantes para el sudafricano, a saber: Julia (amante), Margot (prima), Adriana (pretendida), Martin (colega) y Sophie (colega y amante). Verano no es el libro que escribe Vincent, sino la transcripción de las entrevistas que servirán de base para ese libro supuesto y, en ocasiones ni siquiera nos presenta las entrevistas, sino la reformulación literaria que él hace de esas entrevistas. Entre tanto filtro, es difícil decir cuánto puede quedar del Coetzee real, cuánto de sí mismo habrá éste dejado que se escurra entre los resquicios de la meta-ficción. Sin embargo, lo que uno termina por preguntarse es ¿qué importancia tiene eso? El asunto de la verdad, de las perspectivas, de la deformación de las miradas. Sophie Denoel se hace estas preguntas:

Pero, ¿y si todos somos creadores de ficciones, como llama usted a Coetzee? ¿Y si todos nos inventamos continuamente la historia de nuestra vida? ¿Por qué lo que yo le cuente de Coetzee ha de ser más digno de crédito que lo que él mismo se cuente?

Y es que al fin de cuentas no importa si Coetzee está presentándonos un relato fiel. De hecho, está sumamente claro que no lo es. Y eso no quiere decir que no haya verdad aquí, pero lo cierto es que no hay sólo verdad, y como lectores estamos bastante mal parados para decir qué parte es una y qué parte es otra. Por lo tanto, esa no debería ser la cuestión. En Verano no está la historia de la vida de Coetzee, apenas hay relámpagos de sucesos, lo que hay es la historia de la mirada de Coetzee sobre sí mismo. Una mirada que si en Infancia y Juventud intercalaba la intransigencia con ráfagas de compasión, aquí se vuelve tan dura que en la búsqueda de la sinceridad parece ensañarse hasta llegar a ser cruel, excesiva. Hay tres aspectos centrales en los que ese objetivismo casi descarnado se clava como un cuchillo en el hueso: la vida sexual y afectiva de Coetzee, su sentido histórico de la triple Sudáfrica (negros, ingleses y afrikaans) y la relación con su padre enfermo. Uno querría entrar al libro y defender a Coetzee, decir que un hombre que nos ha dado tanto (¡tanta buena literatura, caramba!), merece un poco más de piedad en su juicio post-mortem.

Las mujeres no se enamoraban de él… por lo menos las mujeres que estaban en su sano juicio. Lo inspeccionaban, lo husmeaban, tal vez incluso lo probaban. Y entonces seguían su camino.

No tiene sentido destripar aquí el libro, pero es necesario (creo) cerrar con la exposición de una idea que queda flotando poderosamente sobre la lectura de Verano, y es esta: la literatura de un hombre no puede ser más grande que el hombre que la produce.

Coetzee, aplaudido mundialmente, admirado, reconocido (hoy) por lectores y colegas, entrega aquí su más feroz mirada acerca de sí mismo y de su literatura. La ferocidad parece tal porque quizá este sea un tiempo poco propicio para la honestidad, donde en cada gesto, palabra o actitud se adivina una pose, un fingimiento, una intención oculta. Pero, ¿si un hombre no puede ser honesto acerca de sí mismo, entonces, acerca de qué puede serlo? He de decir, entonces, que yo creo en Coetzee. Creo en todo lo que dice. Creo que se considera un hombre tibio y sin habilidades sociales, un amante inepto, un hombre sin país, un hijo que supo ser cruel, un escritor incapaz de la verdadera pasión que admira en los grandes escritores. Un hombre insatisfecho, al fin y al cabo, pero con la suficiente serenidad para decir (a través de Sophie) esto acerca de la obra de su vida:

En general, yo diría que su obra carece de ambición. El control de los elementos es demasiado férreo. En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha dicho antes, que es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil y falto de pasión.

Calificación: excelente.
Título original: Summertime.
Traducción: Jordi Filba.
Editorial: Random House Mondadori, Barcelona 2010.
ISBN: 9788439722397

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4 comentarios en “Verano, J.M. Coetzee

    1. El otro día pregunté por “Infancia” y “Juventud” (libros relativamente cortos) y salían 230 pesos cada uno. Decidí esperar a que bajen…

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