Un artista del mundo flotante, Kazuo Ishiguro

Ishiguro
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Masuji Ono es un anciano pintor ya retirado que perdió a su esposa Michiko y a su hijo Kenji en la guerra (la primera, en uno de los bombardeos a Nagasaki; el segundo, peleando en el frente). Ahora, cinco años después del fin de la guerra, su vida es lenta y tranquila en su enorme casa con jardín. Sólo una cosa le preocupa, lograr concretar el matrimonio de su hija menor, Noriko. Un año atrás, la boda con el hijo de los Miyake estaba prácticamente arreglada pero finalmente la familia del novio se echó para atrás. El motivo real es un misterio pues el motivo público no parece satisfactorio. La hija mayor, Setsuko, tiene sus propias ideas al respecto de la cancelación del compromiso (aunque quizá sean ideas de su propio esposo, Suichi). Este leve misterio pone en marcha la trama de Un artista del mundo flotante. Ante una nueva oportunidad para Noriko de contraer nupcias, esta vez con el hijo de la familia Saito, el anciano Ono deberá adelantarse a los investigadores de los Saito y recorrer las casas de sus viejos conocidos (maestros, compañeros, alumnos) para pedirles que sean cuidadosos con lo que declaren, pues está en juego el futuro de su hija.

A partir de ahí, Ishiguro pone sobre la mesa toda la elegancia de su prosa, que tiene la extraña capacidad de ser poderosa y serena a la vez, para retratar un mundo y un tiempo en pleno proceso de cambio y reconstrucción. Japón ha sufrido un golpe tremendo, las bombas y la consiguiente derrota ha marcado el fin de una forma ancestral de existir como nación. Los nuevos caminos no están claros: mientras los jóvenes ven en el modelo norteamericano una guía que los llevará a conseguir todo lo bueno que el futuro puede depararles, los viejos como Ono son el perno que une la locomotora del presente con el vagón del pasado, un vagón cuya carga nadie quiere mirar durante demasiado tiempo.

-En fin, no tenemos por qué reprocharnos nada –dijo-. Creíamos en lo que hacíamos y nos esforzamos en todo al máximo, sólo que al final resultó que no éramos hombres tan especiales ni tan perspicaces como habíamos creído. Nuestra desgracia fue haber sido hombres normales en una época que no lo era.

Mientras la narración avanza, la mente de Ono se pierde en disquisiciones que aparentemente no vienen a cuento, y el resultado es una novela sutilísima y densa, llena de delicados matices que exigen del lector una mirada igualmente sutil y delicada. La importancia de la reputación (esa forma pública del honor), así como el respeto de las jerarquías familiares y los modos establecidos de relacionamiento entre padres e hijos o entre maestros y discípulos, hace que un lector occidental y contemporáneo deba prestar una atención especial a los diálogos, donde siempre se dice más de lo que se dice, donde los significados connotados sobrepasan con mucho la importancia de lo que explícitamente se expone.

La complejidad de la novela surge de la claridad con que Ishiguro comprende su historia, de modo que pasa lo que siempre que uno está ante un muy buen libro, y es que acaba por no entender en qué momento un manojo de 220 páginas cobró tal sensación de verdad.

La cita siguiente es un poco extensa, pero creo que vale la pena porque representa profundamente el espíritu de la novela. Aquí, Sasaki, el mejor alumno del sensei Moriyama, ha sido descubierto pintando por fuera del objetivo de la escuela, que es, básicamente, el de retratar el mundo flotante de la belleza y el placer (siendo reduccionistas, podríamos decir que Moriyama es un maestro del arte por el arte). Esto ha provocado que Sasaki haya sido tratado como un traidor por sus compañeros. La noche en que Sasaki finalmente abandona la escuela ocurre esto:

Casi todos nos habíamos acostado ya. Yo también estaba echado, en la oscuridad de una de las ruinosas habitaciones, y, como estaba despierto, oí a Sasaki que llamaba en voz baja a alguien que estaba en la terraza. Quienquiera que fuese la persona a la que llamaba, Sasaki no recibió ninguna respuesta. Finalmente se oyó el ruido de una mampara que se cerraba y oí los pasos de Sasaki acercándose. Se detuvo en otra habitación y le oí decir algo, pero, al parecer, la única respuesta volvió a ser el silencio. Sus pasos se acercaron aún más y le oí abrir la mampara de la habitación contigua a la mía.
-Tú y yo hemos sido amigos durante muchos años –le oí decir-. ¿Es que ni siquiera me vas a hablar?
La persona a quien se había dirigido no dio respuesta alguna. Y entonces preguntó Sasaki:
-¿Ni siquiera vas a decirme dónde están los cuadros?
Tampoco hubo respuesta, pero como estaba echado en medio de la oscuridad, oí unas ratas que salían corriendo bajo los tablones de la habitación contigua y el ruido fue para mí una especie de respuesta.
-Si tanto te escandalizan –prosiguió Sasaki-, no veo el motivo de querer guardarlos. Sin embargo, para mí en estos momentos significan mucho. Tengo intención de llevarlos conmigo dondequiera que vaya. Es mi único equipaje.
El ruido de las ratas que huían volvió a ser la única respuesta y, acto seguido, se produjo el silencio. Un silencio tan largo que pensé que Sasaki había salido de la habitación y yo no lo había oído. Sin embargo, me llegaron estas palabras:
-Durante los últimos días, todo el mundo me ha tratado muy mal, pero lo que más me ha dolido ha sido que te hayas negado a decirme una sola palabra de consuelo.
Volvió a producirse el silencio, pero enseguida dijo Sasaki:
-¿No vas ni siquiera a mirarme y desearme suerte?
Al final oí cerrarse la mampara. Unos pasos bajaron de la terraza y se alejaron por el patio.

Calificación: muy buena.
Título original: An artist of the floating world (1986).
Traductor: Ángel Luis Hernández Francés
Editorial Anagrama, Barcelona 1998
ISBN: 84-339-6604-9

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2 comentarios en “Un artista del mundo flotante, Kazuo Ishiguro

  1. Hace unos días leí “Nocturnos”. El primer cuento, “El cantante melódico” es una maravilla, los demás relatos de buenos para arriba.

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