Obra selecta, Cyril Connolly

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Connolly

¿Cómo expresarse de la mejor manera o hacerle honor a casi toda la obra de Cyril Connolly (1903-1974) en una noticia de lectura de unas mil palabras que incluya, además, un fragmento representativo de la calificación que se le va a otorgar al libro? ¿Y cómo atenuar ante tal empresa la gravitación firme que uno siente de este sibarita de más de cien kilos? Quizás, también, con un par de preguntas… La primera… ¿Qué es lo que nos cautiva de una forma de la inteligencia? En mi caso, tras sentir con lo que se desprende de los escritos de Connolly algo que no sentía desde las lecturas de Borges, una inteligencia disfrutable es, por varios motivos, arbitraria, humorística, erudita y convincente. La segunda pregunta… ¿Los libros que más nos apasionaron son aquellos que nos hicieron felices? Creo que no necesariamente. Pero lo que sí producen, por lo menos, es una capacidad para mirar hacia el pasado y contemplar el trozo de vida que rodeó al período de lectura de ese libro con una resplandescencia particular. Vale citar aquí la explicación que Connolly hace del sistema ético de Epicuro en “La poesía, mi primer y último amor”, el último texto que presentó a las páginas del Sunday times, a pocos días de su muerte: “(…) la vida era un accidente y la felicidad consistía en librarse de la ignorancia y liberarse del miedo a la muerte, en la amistad, la frugalidad y la paz de espíritu, la vida privada bien dispuesta hacia los demás.” Cyril Connolly era un bon-vivant, un bibliófilo, un hombre que disfrutaba de la Naturaleza y de la conversación, de la comida, de las bebidas, de los viajes y del reposo y de la incondicional amistad de los lémures… De más está decir que esta reunión de los textos de Connolly es un ejemplo de aquellas respuestas…
Se trata, en definitiva, de los dos libros de extensión e importancia más considerables del autor, “Enemigos de la promesa” (1938) y “La tumba inquieta” (1944-1945), más un opúsculo, “Los diplomáticos desaparecidos” (1952), y alrededor de cuatrocientas páginas más con un recorrido bastante amplio del Connolly articulista en Horizon (de la que fue fundador), New Statesman y Sunday times. Por si fuera poco, hay que agregar tres ejemplos de ficción, entre los que brilla “Alegres lechos de muerte”.
Con 35 años, a la mitad del camino de su vida, Connolly publica “Enemigos de la promesa”. Primero, llevado por el afán de lograr que un libro sea legible por lo menos durante diez años en el desarrollo de las letras anglosajonas del momento. “Enemigos de la promesa” es un libro cáustico, removedor, un ensayo estupendo sobre los primeros siglos de la prosa y la poesía inglesas en el que acuña la distinción de escritores “mandarines” y escritores “vernáculos”, según su posición ante el lenguaje. Pero al mismo tiempo es un libro contra sí mismo, contra todo lo que le impidió también a él, al brillante Cyril Connolly que iba a convertirse en el gran novelista inglés del siglo XX, corroborar su carácter de promesa. De pronto el tono del libro se suspende y el lector es sorprendido con una extensísima coda en la que el autor relata, al uso de la mejor autobiografía, sus años de estudiante adolescente. El valor documental consecuente es inapreciable: tenemos en frente un trazado de la educación sentimental pos-victoriana, tanto como una parte del alma de aquellos que enfrentarían la guerra unos lustros más tarde.
Unos pocos años después, bajo el seudónimo de Palinuro (un personaje de la “Eneida”), Connolly publica “La tumba inquieta”. Llevado por distintas crisis personales entre las que se hallaba algún desengaño amoroso y la no del todo ausente necesidad de hacerse un sitio en este mundo, “La tumba inquieta” es una concentración en el susurro profundo del acto de la lectura. ¿Qué es con precisión este libro? Difícil arriesgarlo… Citas, fragmentos de ensayos, espíritu epigramático, versos, muchos versos, sentido de lo clásico, temor ante la muerte… Lo cierto es que si uno se fija en los estados de ánimo más o menos representativos que van de “Enemigos de la promesa” a “La tumba inquieta” puede hallarse un movimiento que, formación espiritual incluída, conduce a algo que no sólo no hay que despreciar, sino que habría que propagar: la idea de que estamos en desarrollo en la escritura y en la lectura, tanto como lo estamos en el mundo tangible de todos los días.

Cuantos más libros leemos, antes nos damos cuenta de que la verdadera misión de un escritor es crear una obra maestra, y que ninguna otra tarea tiene la menor importancia. Pese a esta evidencia, ¡cuán pocos escritores lo admitirán, o, habiéndolo admitido, estarán dispuestos a abandonar la pieza de iridiscente mediocridad que han comenzado! Los escritores siempre esperan que su siguiente libro sea el de mayor grandeza, ya que son incapaces de aceptar que su modo de vida presente sea lo que les impide crear algo distinto o mejor.

(…)

Bajo la máscara de tranquilidad egoísta no hay nada salvo tedio y amargura. Yo soy uno de esos a los que el sufrimiento ha vaciado y hecho frívolos: cada noche en mis sueños arranco la costra de una herida; cada día, presa de la banalidad y la costumbre, dejo que se vuelva a formar.

del libro: “La tumba inquieta”

Calificación: Excelente.
Título original: Selected works (2003) [con agregados en la edición en español]
Traducción: Miguel Aguilar, Mauricio Bach y Jordi Fibla.
Editorial: Debolsillo, Barcelona, 2009.
ISBN: 978-84-8346-969-9

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4 comentarios en “Obra selecta, Cyril Connolly

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