Las noches blancas de Maigret, Georges Simenon

***

Simenon
Cierta mañana de verano, la señora Maigret telefonea a su marido el comisario anunciándole que un muchacho lo aguarda en la casa una vez que abandone el despacho para almorzar. Maigret, con su particular aire gruñón, insiste en saber algo más del asunto, pero su esposa no tiene más datos. Le menciona que el muchacho no ha querido decir su nombre y se encuentra muy nervioso. Para cuando la llamada finaliza y la señora Maigret vuelve al recibidor, no sólo se ha esfumado el visitante, sino también un revólver calibre 45 que Maigret había dejado por casualidad en la repisa de la chimenea en la noche anterior. Más tarde, en la noche, los Maigret asisten a la cena semanal en casa del doctor Pardon. El anfitrión le ha dicho a Maigret que para esa velada asistirá un paciente suyo que está ansioso por conocerlo: el señor Lagrange. Pero el encuentro no se produce. Lagrange no asiste a la cena y Pardon lo disculpa ante los demás aduciendo sus problemas de salud, entre los que se hallan la diabetes, el sobrepeso y una insuficiencia cardíaca. Para el olfato de Maigret, digamos, ya han sido bastantes desencuentros a lo largo de un día.
Cuando a la noche siguiente encuentren en el depósito de una estación de trenes un baúl con el cadáver de un diputado, las energías de Maigret, que había desestimado ya el robo de su revólver, se encauzarán hacia la búsqueda de ciertas piezas que complementan, como bien lo intuye, esos vagos signos con los que empezó la historia.
Esta novela también es otro ejemplo más de la solvencia insólita de Simenon, capaz de contar de forma impecable una investigación y de complacer al lector en descripciones de ambientes o de personajes tan precisas, y hasta mordaces (“La señora Pardon tenía una nariz muy larga, demasiado larga, y había que acostumbrarse a ella.”), que terminan definiendo a la pasada un retrato del París del medio siglo a la manera de una pequeña comedia humana en la que hay siempre espacio para la conmiseración (como ocurre con Lagrange padre y Lagrange hijo).
Y hablando de solvencia narrativa, merecen una mención aparte las cuatro o cinco páginas en las que Maigret recupera su revólver: un manejo de los tiempos del diálogo y de la acción como las que uno siempre sueña con ver en las mejores películas del ramo.

No era la primera vez que le ocurría perder, de repente, y sin razón, la confianza en sí mismo. En realidad, ¿qué hacía allí? Había pasado la noche sin dormir, había tomado café en el cuchitril de una portera, y después escuchado las historias que le quiso contar una rolliza muchacha en pijama rosado, que le enseñaba un trozo del estómago y se hacía la interesante con él.
¿Y qué más?
Alan Lagrange le había robado su revólver, amenazando con él en la calle a un transeúnte y apoderándose de su cartera, antes de tomar el avión para Londres. En la enfermería especial, el barón se hacía el loco.
¿Y si lo estuviese?
En el caso de que Alan apareciese en el hotel, ¿qué iba a hacer Maigret? ¿Acercársele amablemente? ¿Decirle que quería una explicación? ¿Y si intentaba huir o debatirse? ¿Qué impresión causaría él, un hombretón, a todos esos ingleses felices por su sol, atacando a un muchacho? ¿No se le echarían encima justificadamente?
Le había ocurrido algo parecido ya una vez en París, además, siendo joven y estando de servicio en la calle. En el instante en que ponía la mano en la espalda de un ladrón, a la salida del Metro, el tipo se puso a gritar: “¡Socorro!”. Y fue a Maigret a quien la gente retuvo hasta la llegada de otros agentes.

Calificación: Bueno.
Título original: Le revolver de Maigret (1952).
Traducción: A. Hernáez.
Editorial: Luis de Caralt, Barcelona, 1963.
ISBN: —

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2 comentarios en “Las noches blancas de Maigret, Georges Simenon

  1. Que grande Simenon y que grande Maigret. Esta es una de las que no he leído. De la saga, mi favorita es (hasta el momento) “La furia de Maigret”

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