El cortador de cañas, Junichirō Tanizaki

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Tanizaki

En cierto momento de una tarde de setiembre, el protagonista de esta historia abandona sus tareas y decide dejar Okamoto, atravesar bosques y ríos y llegar al santuario de Minase para contemplar en todo su esplendor el plenilunio de otoño. El recorrido, además, le permite al personaje, como si fuera el levantamiento de un “campo sensible” en su momento real, cotejar los paisajes y las costumbres de los pobladores que observa con lo que ha leído o escuchado al respectado en poemas, canciones o piezas de teatro, tanto japoneses como chinos. Hay allí una discusión y un comentario de la relación con la Naturaleza. Si se quiere, para nuestra mirada occidental, que debería caminar en puntitas de pie entre las líneas de este tipo de libros, puede haber en esa evocación de un pasado glorioso y feliz a través de los textos un cierto aire romántico. Aunque el riesgo que contiene occidentalizar la mirada o forzar la revelación de un contenido es grande, también podríamos tener en cuenta que Tanizaki bebió en su juventud de la misma dulce ponzoña de la que bebieron Edgar Allan Poe o Charles Baudelaire. Pero lo que importa, en definitiva, es el privilegio que se le da a los sentidos. No parece que la historia hable de nada en particular, y las andanzas del protagonista recuerdan las de los solitarios de Knut Hamsun, de los que esta novela, publicada en 1933, es contemporánea.
Si cabe agregar algún contraste, en este juego Oriente / Occidente, o un atisbo de contraste con esta sensibilidad y ordenamiento del mundo y sus fenómenos, podríamos decir que en “El cortador de cañas”, a contrapelo de lo que se dictaba en Europa por esos años, abril no es el mes más cruel. Lo es setiembre y la consecuente llegada del otoño (ver cita más abajo). Si el verano en “La tierra baldía”, de T.S.Eliot, es una temporización de la vanidad del arrojo del cuerpo y sus apetitos, y, por tanto de la clausura de una disposición del espíritu, en este Tanizaki parece serlo el invierno. ¿Explicación?… Quizás la correlación no perdida entre el Hombre y la Naturaleza, un diálogo que no se ha detenido o que al menos es siempre dable reiniciar. No existe ese tipo de amargura de la Modernidad que un libro como “La tierra baldía” parece inaugurar.
Pero eso no es todo. La otra mitad del libro está marcada por el encuentro del protagonista con un desconocido. Ambos se encuentran por casualidad, ocupados en la contemplación de la luna llena. Allí surge la historia que cuenta el desconocido sobre su familia, una historia hermosa en la que el amor y la crueldad se entrecruzan con una delicadeza magnífica.

Yo revolvía vagos recuerdos en busca de fragmentos de esos textos, con la mirada puesta en la desierta superficie del agua que fluía en silencio bajo el claro lunar. Me figuro que todo el mundo pensará en el pasado con nostalgia. Pero a mí, ahora que veo acercarse la cincuentena, me acomete la tristeza del otoño con una fuerza misteriosa que no habría podido imaginar en la juventud; no logro sacudirme la congoja cuando veo las hojas del arrurruz temblar en el viento; y en sitios como aquel y en anocheceres semejantes me afecta aún más la impermanencia de los hombres, cuyos afanes se desvanecen sin dejar huella, y se agudiza mi añoranza por el mundo alegre del pasado.

Calificación: Muy bueno.
Título original: 蘆刈 [Ashikari] (1933).
Traducción: (del inglés: “The reed cutter”) María Luisa Balseiro.
Editorial: Debolsillo / Siruela, Buenos Aires, 2010
ISBN: 978-987-566-599-6

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Un comentario en “El cortador de cañas, Junichirō Tanizaki

  1. Buena reseña. Deja cierto interés, sin tener en cuenta que el tema oriente/occidente me interesa desde hace tiempo. Al leer tu reseña me dan ganas de leer autores orientales.

    Saludos!!!

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