El río de fuego, François Mauriac

Mauriac
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François Mauriac (1885 – 1970) incursionó en la poesía en sus comienzos, en algún momento de su vida escribió teatro, pero el grueso (tanto en cantidad como en calidad) de su obra reside en la narrativa, más precisamente en la novela. Sus valiosas novelas le valieron el Nóbel en el 1952. Participó como soldado en la 1ra Guerra Mundial y se unió activamente a la Resistencia Francesa contra la invasión nazi en la 2da Guerra Mundial. De profunda formación católica, la obra de Mauriac se centra en personajes que utilizan su libre albedrío para elegir el bien por sobre el mal; es decir, son una especie de instructores moralizantes que libran una lucha entre la carne y el espíritu para poder hacer prevalecer este sobre aquel. En “El río de fuego” Daniel Trasis conoce a una mujer joven en el hotel donde se está hospedando. Comienza a flirtear con ella por creerla pura, pero cuando se da cuenta de la realidad, comienza a repensar sus acciones e intenciones. Lo mismo del lado de la mujer, Gisella de Plaily, que comienza a enamorarse de Daniel, pero la señora Villeron, una mujerona adulta y controladora, mantiene fuertemente el poder sobre ella y su hija. El clima de tensión se mantiene hasta las últimas líneas, en las cuales se puede leer el reconocimiento y hallazgo de la paz interior de ambos personajes principales.
Fragmentos como el citado aquí enmarcan un aire poético realmente logrado, que petrifica por momentos, felizmente, una lectura dinámica.

Durante días hemos deseado abrazar un cuerpo. Nos convencemos de que un cuerpo puede ser poseído, y helo por fin junto al nuestro. Ardemos en ese fuego de sangre. Por la ciencia de las caricias las manos lo ven, nuestros ojos lo tocan; no se defiende, se nos entrega por entero. Entramos en él, bebemos su aliento, no lo poseemos. La marea furiosa sitia y rompe contra la pared viva, la atraviesa, vuelve y ya no la encuentra. Nos habíamos dicho: “Me acordaré de sorprender el movimiento misterioso de las rodillas, el secreto de lo que une el seno al hombro.” Pero las invenciones últimas de la voluptuosidad no son más que una vana persecución. No encontramos jamás ese cuerpo que buscamos.

Calificación: Muy buena.
Título original: “Le fléuve de feu”.
Traducción: José Sánchez.
Editorial: Planeta (colección “Los grandes clásicos del siglo XX”), Barcelona, 1968.
ISBN: –

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