En bruto, Jim Thompson

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Thompson

El simple arte de narrar del que Jim Thompson hace gala en esta autobiografía suya le sirve para construir un largo catálogo de los desastres, fracasos, derrotas, decepciones y modestos éxitos que vivió en sus primeros 35 años de vida. Siempre con la soga al cuello, siempre metido en los trabajos más increíbles, inusuales y a veces peligrosos que uno pueda imaginar, el joven Thompson iba tratando de plantarle cara a la vida mientras contraía matrimonio, llegaban sus hijos y procuraba convertirse en escritor. A lo largo de la treintena de breves capítulos que forman el libro, la sucesión de historias van engarzándose de tal modo que a veces uno tiene que cerrar el libro y decir: “Pero, por favor, ¿qué más puede pasarle a este hombre?”. Y ese relato, que bien podría caer en la autocompasión, sin embargo se sostiene siempre sobre una especie de confianza inmanente en que a la larga el esfuerzo de un buen hombre da sus frutos. Cada vez que eso no pasa, cuando el destino parece mostrar su cara más ridícula, Thompson debe optar por desalentarse o reírse de su pésima estrella. Entonces, Thompson se ríe.

Me encontraba casi arruinado de nuevo. Esperaba vender el coche y sacar el dinero suficiente para ir tirando hasta que lograra algún trabajo. Entretanto, como aún no era de día, me adecenté en el lavabo de caballeros de un restaurante y luego devoré con tranquilidad un abundante desayuno. Más o menos una hora después, cuando calculé que los negocios de compraventa de vehículos estarían abiertos, volví junto a mi coche.

En ese preciso momento, una grúa de la Policía lo estaba enganchando. Al parecer estaba prohibido el estacionamiento durante toda la noche, y no hacían excepciones con los forasteros. Me devolverían el coche mediante el pago de una multa, más los gastos de la grúa y el depósito.

Escuché ese ultimátum embargado por toda una serie de emociones, y, de repente, me apoyé contra un poste de teléfonos, riendo como un demente. Los del equipo de la grúa me miraron aprensivos. Subieron al camión y se alejaron, llevándose mi coche. Entonces me senté sobre mi maleta, sin dejar de reír hasta que me dolió el estómago.

La simpatía que uno llega a sentir por Thompson a medida que las circunstancias de este tipo se acumulan sobre él, es enorme. Es la simpatía que despierta el obstinado, el que siempre encuentra dentro de sí mismo el resto de energía necesario para hacer lo siguiente que hay que hacer. Y esta virtud, que si se quiere es una virtud de carácter más que de cualquier otro tipo, encuentra en Thompson la manera de convertirse en una virtud literaria. Hay algo en su escritura que remite a ese espíritu de resistencia, de beligerancia; la obstinación casi ingenua, a veces, en el valor del propio talento, un talento postergado mil veces por la urgencia de las circunstancias. Y la muestra más clara se da cuando Thompson llega a Nueva York habiendo dejado a su padre en un asilo en Oklahoma y al resto de su familia en California. Enfermo y en bancarrota, sus opciones tienden a cero. Y entonces decide que escribirá una novela y va a venderla. Pero no sólo eso, convencerá a una editorial para que le preste una máquina de escribir y le pague un adelanto por una novela que aún no está escrita. Si parece un plan descabellado es porque se trata de un plan descabellado. Pero tras el séptimo u octavo rechazo, Thompson llegó a una editorial pequeña donde le prestaron atención.

Salí de aquellas oficinas con una maltrecha máquina de escribir en una mano y un cheque en la otra. Me fui del hotel, alquilé una habitación por tres dólares semanales en Seventh Avenue y empecé a trabajar. Terminé el libro en diez días, con un promedio de veinte horas de trabajo diarias.

Pues sí, las lecciones que este libro de Thompson puede tener para un escritor joven van mucho más allá del modo del discurso, la estructura o la sintaxis, y tienen más que ver con cierta inquebrantable voluntad: se trata del deseo y la necesidad. La actitud vital de Thompson como escritor cuaja en un estilo que responde a esa actitud, como dos instrumentos tocando la misma melodía.

En uno de los fragmentos más notables del libro, Thompson se encuentra junto a otros dos indigentes, Jiggs y Shorty, en una vieja granja petrolífera de Texas, intentando extraer los restos de un oleoducto de un pozo abandonado. Sin otro medio para mover el equipo necesario para poner en marcha la caldera que la fuerza de sus brazos, habían llegado a un punto muerto. Y entonces, esto:

Nos encontrábamos forcejeando inútilmente con un objeto inamovible cuando, de repente, desde el norte y el sur, del este y del oeste, empezaron a llegar hombres, pisoteando las marañas de matorrales y roblecillos. Negros y blancos, aparceros y arrendatarios. Pobres diablos vestidos de harapos, más míseros que nosotros, si eso fuera posible, casi en los huesos, víctimas de los estragos de la anquilostomiasis y el paludismo. Llegó el número exacto para llevar a cabo el trabajo. Ni uno más ni uno menos. Fue un fenómeno misterioso que no me ha sido dado observar en parte alguna que no haya sido en las tierras perdidas del profundo Sur. En toda el área no había teléfono y muchos de nuestros ayudantes habían recorrido kilómetros hasta llegar allí. Por increíble que pueda parecer, nos vimos obligados a aceptar el hecho de que aquellos hombres anticiparon nuestras necesidades sin que éstas hubieran surgido todavía.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Roughneck.
Editorial: Plaza & Janés, Barcelona, 1991.
Traducción: Rosalía Vázquez.
ISBN: 84-01-44315-6

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3 comentarios en “En bruto, Jim Thompson

  1. Espectacular escritor tiene la fuerza guerrera que no tiene nadie, al leerlo y disfrutarlo solo comprendes que el es una motivación a seguir como ejemplo simplemente el mejor

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