La brújula de Noé, Anne Tyler

Tyler
***

Esta novela comienza con dos muy buenos capítulos. Pero dos capítulos de esos que a uno lo dejan suspendido, un poco entristecido también y comunicado profundamente con el protagonista: Liam Pennywell, a quien, dicho sea de paso, le confunden el apellido en un consultorio médico por el de “Pennyworth”, que suena a “vale un penique”… El desliz no es tan gratuito por más que cause cierta gracia. Leyendo página tras página nos daremos cuenta de que Liam es más o menos la centésima parte de lo que su familia esperaba de él. Y, caso curioso, algo parecido, aunque en menor proporción (digamos 1/10), le podría pasar a “La brújula de Noé”, esta última novela de la escritora estadounidense Anne Tyler (Minneapolis, 1941).
Calamidades… Antes de Noé, un poco de Job… Primero que nada, a sus sesenta años, Liam Pennywell es despedido de su cargo de profesor en un colegio secundario. Quizás viva con la pensión que reciba mientras espera la jubilación, y se lo toma de la mejor manera. Dispone de tiempo para leer, contemplar el mundo, etcétera, esas actividades que le quitan el sueño a un profesor de filosofía como él. También decide ser un poco más austero. Como vive solo, se muda inmediatamente a un pequeño apartamento en las afueras de la ciudad. De la primera noche que pasa allí, no tiene ningún recuerdo. Liam despierta en la sala de cuidado intensivo de un hospital. Le dicen que hace un par de noches alguien entró a su apartamento y lo atacó brutalmente. Liam no puede recordar absolutamente nada y se deja llevar en esa perplejidad por las atenciones de sus hijas y de su ex esposa. Luego soledad, indefensión y más ejemplos del realismo sucio… La preocupación por no poder recordar aquella noche lo llevará a conocer a Eunice, una mujer mucho más joven que él con la que se iniciará un romance. El argumento no tiene muchas vueltas, pero eso no importa. El lenguaje ajustado, sugerente, la descripción de los estados de ánimo y de las relaciones entre los personajes nos provocan ese tipo de disfrute que llega por intuir lo que se viene. Pero colocada en perspectiva, esta historia no tiene mayor atractivo. Parece caprichosa e irrelevante a intervalos y descoloca con algunos diálogos un poco ingenuos o torpes hasta algunos otros de un humor competente del tipo de las series norteamericanas.
Sin embargo, el resultado es positivo. Más allá del pasaje del romance bobalicón-en-todo-sentido con Eunice, la soledad del personaje termina traspasando… Noé, en el apogeo del diluvio, no necesitaba compás. No había lugar al que dirigirse. En el reconocimiento de la soledad, Liam Pennywell descubre que, una vez que esta llega a la vida de una persona, no hace falta escudriñar el horizonte. Ahora bien, esta novela también incluye un tema de fuerzas entre los géneros. Liam no fue nunca ni el mejor padre ni el mejor esposo, y menos el mejor amante. Y las mujeres son su vida. Dos esposas y tres hijas… Aparte de Liam, no encontramos ningún otro personaje masculino de peso. Todos son un poco como marionetas, pero no por defecto narrativo, sino por imposición del relato. Quizás ocurra aquí ese juego de espejos que achican o agrandan la imagen. En este caso, Liam está ampliado a diferencia de los demás. Sobre el final de la novela, Barbara, su segunda ex esposa, le reprocha el hecho de que nunca se defiende cuando los demás le señalan un defecto personal. Las mujeres controlan y ordenan el mundo en esta narración. Mientras un hombre se distrae en ensoñaciones o persiguiendo el recuerdo vago de un ataque nocturno, las mujeres piensan en lo que hay en el futuro y qué hacer ahora para afrontarlo. El problema es que, cuando Liam razona que no tiene sentido el pasado y que hay que ordenarse y orientarse, ya es incapaz de poder utilizar la brújula.

En su primer matrimonio, en la época en que todos los amigos de Liam y Millie tenían bebés, conocieron a una mujer que tuvo una grave complicación durante el parto y que después se quedó en coma varias semanas. Poco a poco recobró el conocimiento, pero durante mucho tiempo no tuvo ningún recuerdo del año anterior. Ni siquiera recordaba haber estado embarazada. Allí estaba aquel recién nacido, tan dulce y tan mono, pero, ¿qué tenía que ver con ella? Y de pronto un día una vecina subió los escalones del porche de la mujer y canturreó: “¡Yuju!”. Evidentemente, ese era el saludo característico de la vecina: lo pronunciaba con una voz aguda y aflautada, y con acento sureño. La mujer se levantó despacio de la silla. Abrió mucho los ojos y separó los labios. Como lo describiría más tarde, fue como si el “¡Yuju!” de la vecina le hubiera ofrecido una cuerda a la que sujetarse, y cuando la mujer tiró de la cuerda, fueron apareciendo otros recuerdos: no sólo los anteriores “yuju”, sino también que su vecina solía llevarles pasteles caseros a los vecinos en cualquier momento, y que siempre etiquetaba las latas de los pasteles con su nombre en un trozo de cinta adhesiva, y que hasta había llevado un pastel a la última reunión del grupo de mujeres de las clases pre-parto a las que ambas asistían. ¡Parto! Y poco a poco, durante los días siguientes, fue recordando más y más cosas, hasta que la mujer lo recordó todo.
¿No sería maravilloso que Liam encontrara una cuerda parecida?

Calificación: Bueno.
Título original: Noah’s compass (2010).
Traducción: Gemma Rovira Ortega.
Editorial: Mondadori, Buenos Aires, 2010
ISBN: 978-987-658-043-4

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