La edad de hierro, J.M. Coetzee

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Coetzee

Una historia como una pared vertical de roca con apenas algunas hendiduras aquí y allá donde uno puede incrustar los dedos para trepar. Así es esta novela, esta carta que la señora Curren escribe desde Sudáfrica a su hija, que vive ya desde hace muchos años en EEUU, casada con un norteamericano y con dos hijos. La señora Curren escribe porque le han extirpado un seno y porque además los estudios posteriores a la extirpación no han sido alentadores. Entonces, ante la inminencia de lo inevitable, la señora Curren hace lo único que se le ocurre hacer, poner palabras en el papel, deslizarse ella misma entre las palabras e irse con su hija, su último lazo con el mundo. ¿Tiene sentido hacer algo más, al final de todo?

¡Vivir! Tú eres mi vida. Te quiero en la misma medida en que quiero la vida. Por las mañanas salgo de casa, me chupo un dedo y lo levanto para sentir el viento. Cuando sopla desde el noroeste, desde tu dirección, me quedo un rato oliendo, concentrando mi atención con la esperanza de que a través de veinte mil kilómetros de tierra y mar me llegue alguna bocanada del olor a leche que conservas detrás de las orejas y en el pliegue de tu cuello.

Muriéndose lentamente en su casa de dos pisos en Ciudad del Cabo, la profesora universitaria jubilada descubre que un vagabundo ha hecho un refugio en su patio lateral, se trata del señor Vercueil (acompañado de su perro Collie, sin nombre conocido), un borracho con una mano inútil que la señora Curren confundirá o querrá confundir con un ángel salido de una historia de Tolstoi. Vercueil es algo más que un parco interlocutor para la señora Curren, es un ser humano cerca en el momento en que nadie debe estar solo.

El drama personal de la señora Curren está situado en el peor momento del apartheid sudafricano. La mujer que limpia su casa, Florence, tiene tres hijos: las pequeñas Hope y Beauty (Florence nunca le ha dicho sus verdaderos nombres), y el mayor, Bekhi. Vienen de Guguletu, un lugar del que la señora Curren sabe muy poco: incendios, saqueos, lucha armada, gente refugiada en los montes, niños reclutados por rebeldes, niños asesinados por militares, niños como Bekhi, que no han aprendido a ser niños porque han nacido en la edad de hierro, una edad que les exige ser, ellos mismos, de hierro. Y con Bekhi llega otro muchacho, John, para que lentamente la casa de Curren se convierta en un lugar donde recala el que no puede estar en ningún otro sitio. Hay algo extraño, áspero y peligroso en John, y también en Bekhi cuando está con él. La señora Curren no entiende el mundo de Bekhi y John, cree que lo entiende, pero el suyo es un conocimiento desde la teoría. Hasta que su viaje la lleva fuera de sí misma y la pone de pie delante de una o dos cosas que hasta el momento no había escuchado en la radio o visto en la televisión.

Un hombre con un abrigo negro blandía un hacha. Una ventana ha hecho un estruendo al estallar. Luego ha atacado la puerta, que se ha hundido al tercer golpe. Como si los liberaran de una jaula, una mujer con un bebé en brazos ha salido corriendo de la casa, seguida por tres niños descalzos. El tipo los ha dejado pasar. Luego ha empezado a dar hachazos al marco de la puerta. Toda la estructura ha crujido.

Uno de sus compañeros ha entrado en la chabola con un bidón. La mujer ha entrado detrás de él y ha salido llevando un montón de ropa de cama en los brazos. Pero cuando ha intentado hacer una segunda incursión, la han expulsado violentamente.

Entonces, la novela es como una fuerte amarra hecha de tres temas que nunca llegan a definirse realmente como cosas diferentes. La cercanía de la muerte es la primera; la perplejidad ante el horror, la segunda; la importancia vital del contacto humano, la tercera. Cuando el énfasis está puesto en la primera, Coetzee indaga en un estilo intimista y confesional donde el discurso de la señora Curren avanza y retrocede a tientas (ya se prefiguraba en esta obra el espíritu de Elizabeth Costello). Cuando el centro se mueve hacia el problema político, en cambio, aparece el ensayo, la evidente intención de comprender y de convertir luego ese entendimiento en algo, en una acción. Y el tercer tema es el que ata los otros dos, el que cierra la novela, como una piedra que ha sido arrojada tan alto como se podía y que al final cae para hundirse en el río, sin más consecuencia que un pluc y unas ondas leves.

Siento esa marca que llevo. Es como intentar vender un mueble con un arañazo o una quemadura. Sigue siendo una silla perfectamente buena, dice uno, pero a la gente no le interesa. A la gente no le interesan los objetos marcados. Estoy hablando de mi vida. Puede que no sea del todo buena, pero sigue siendo una vida, no media vida. Se me ocurrió venderla o gastarla para salvar mi honor. Pero, ¿quién la aceptaría en su estado presente? Sería como intentar gastar un dracma. Una moneda que es perfectamente buena en otra parte, pero aquí no. Una marca sospechosa. Pero todavía no he renunciado. Sigo echando las redes en busca de algo que hacer con ella. ¿Tiene usted alguna sugerencia?

Calificación: muy buena.
Título original: Age of iron (1990).
Traductor: Javier Calvo.
Editorial: Random House Mondadori, Barcelona, 2003.
ISBN: 84-397-0954-4

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4 comentarios en “La edad de hierro, J.M. Coetzee

  1. Me gustó mucho la reseña. Sentí la presencia de Coetzee ahí. Me da la impresión, además, de que ya te gustaría haber escrito sus libros… Yo leí solo “Desgracia” y me dejó la misma sensación que mostrás acá.
    Salú

  2. Gracias, Nacho. Yo creo que lo que me pasa con Coetzee no es un deseo de haber escrito sus libros (en rigor, no me pasa eso con ningún escritor), sino una admiración bastante simple y algo de esa gratitud que todo lector ha de sentir ante un buen libro, imagino. También está presente la idea de estar recibiendo una o dos lecciones acerca de la literatura como creación, claro está, pero quién sabe de qué forma procesaré esas lecciones. Y “Desgracia” -ya lo he dicho- es un libro magistral.
    Un abrazo.

  3. Leí sólo Vida y Ëpoca de Michel K. Me parece muy interesante ese triple enfoque de “La edad de hierro” que expone el comentario.

  4. La anécdota de la relación de la mujer con un indigente, al ser tan inversosimil (casi ciencia ficción), me molestó permanentemente a lo largo de toda la novela. Lo mismo para la referida a las acciones de la mujer cuando hace de samaritana en su coche viejo.- En fin, es lo único que no me convenció, pero es, comparado con la grandiosidad de la novela, un mínimo detalle.- Lo esencial de esos tres aspectos que mencionás, para mi, el gran tema del libro, es esa relación de los ultimas días de una mujer desahuciada con el el hombre y su perro. El perro sin nombre! No me acuerdo haber sentido en otra novela que un animal sea tan personaje, a la altura de cualquiera de los otros.- Y el final: Solo por ese final, Coetzee se merece el Nobel! Gracias y un gran saludo.-

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