Mi viaje por África, Winston Churchill

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Churchill

¿Cómo era aquella frase que utilizó Charles De Gaulle para describir a Winston Churchill? Algo así… “A Churchill se le ocurren cien ideas diferentes cada día, pero de esas ideas solamente tres o cuatro son ideas geniales. El problema es que Mr. Churchill no logra identificar cuáles son.” “Mi viaje por África”, una serie de crónicas en las que el treintañero Churchill baja por el río Nilo luego de una travesía en el ferrocarril de Uganda, es un muy buen ejemplo para confirmar ese raro don del que hablaba De Gaulle… Luego de más de una década de haber estado por esas tierras, cuando luchó como teniente en la reconquista del Sudán con la fuerza anglo-egipcia, Churchill retorna en 1907 ostentando el cargo de subsecretario de Estados para las Colonias, un peldaño más de su meteórica carrera política. En principio, todo parece tratarse de unas vacaciones en las que viaja con un reducido grupo de acompañantes, pero apenas divisa la costa de Mombasa tras llegar a la parte oriental de África por el canal de Suez, Churchill comienza a salirse de la vaina. Y como la Strand Magazine le ha ofrecido una buena cantidad de libras (una cantidad que al final amortizaría todos los costos del viaje) por una serie de once crónicas, el protagonista de estas páginas no escatimará el tiempo para volcar sobre el papel sus experiencias, aparte todos los informes que dará a sus superiores o supeditados, bajo el implacable sol del ecuador africano. Tenemos de entrada dos aspectos notorios antes de referirnos a la sustancia de esta escritura. Primero, que la dualidad experiencia-escritura de la que hace gala el autor anticipa por mucho la tensión subyacente que al respecto encontraremos con el tiempo en Hemingway o en Orwell. La segunda, que Churchill era un verdadero fastidio, y por momentos un fastidio bastante gracioso. Sólo basta suponer la cara que pondrían sus superiores en Londres cuando leyeran todo el torrente de ideas sobre lo que hay que hacer o dejar de hacer en África. De hecho, nos queda de esa época esta expresión (recogica en el prólogo de este libro) de Sir Francis Hopwood, subsecretario permanente de la Oficina Colonial: “Resulta de lo más fastidioso tratar con él y me temo que acabará creando problemas -como ya hizo su padre- en cualquier puesto que se le asigne. Su vitalidad arrolladora junto con su desmedido afán de protagonismo y su carencia de sentido ético ¡lo convierten en un verdadero incordio!”.
Aunque varios de los apuntes sobre la explotación de los recursos que más convienen a Su Majestad puedan haber quedado ya pasados en el tiempo o sean difíciles de reconstruir hoy en día, no son para nada despreciables. Y el catálogo de costumbres tanto de los africanos como de los colonos da paso al mismo tiempo para entrar en el misterio africano y ese apremiante sentimiento de implantación que sienten los europeos una vez instalados allí. Mientras el lector se deja llevar por el ferrocarril de Uganda y el azoramiento compartido por las condiciones de este país, está allí en todo momento el drama que constituye para una y otra cultura forzar a la Naturaleza e intentar someterla, pero lidiando con el “otro”: un tema africano que daría a partir de medio siglo después, cuando menos, varias de las historias de Coetzee, Gordimer o Naipaul. Churchill pasa como una ráfaga por muchos sitios y la mayoría de las veces está obsesionado por la caza (ver cita más abajo) o la observación de todo lo que pueda generar dividendos (sobre todo la explotación de la fuerza del Nilo). Aun así hay espacio para intereses encontrados. La mirada liberal se frena a veces antes cierta dosis de humanismo cuando el autor reflexiona sobre la suerte que correrán los nativos si los intereses europeos crecen: “Solamente en el África Oriental viven más de cuatro millones de aborígenes. La obligación de protegerlos supone una seria, y creo que inalienable, responsabilidad para el Gobierno británico.” Seguirle el tranco a Churchill es difícil cuando se habla de intereses de estado. En ese sentido, este es un libro complicado. Pero no hay que reducir su lectura sólo a la rama de los “estudios culturales”, lo que lo hace muy valioso, desde luego, sino que además es preciso, por el bien de la literatura, no desatender las grandiosas descripciones del paisaje, la enumeración de los imprevistos, las expediciones de caza o la historia del desastre causado por la mosca tsé-tsé en Uganda. No hay que perderse tampoco el descenso por el Nilo a través de los lagos Victoria y Alberto, en el día y en la noche, cuando, a pesar de que no exista la tensión propia de lo ficticio, uno puede mediar con la tenebrosa incertidumbre de qué hacen los hombres en ciertos lugares y para qué lo hacen: cuando la Naturaleza de pronto desarma al individuo y le propone nuevas preguntas entre sus riesgos y sus beneficios.

De inmediato decidimos matar a uno primero, antes de atacar al otro. A esa distancia parece fácil acertarle a un blanco tan grande; el ojo del animal, no obstante, es pequeño. Disparé yo. El ruido sordo de una bala que golpea con el impacto de más de una tonelada, desgarrando piel, músculos y huesos con la tremenda fuerza de la cordita, resonó con toda claridad. El enorme rinoceronte dio un salto, se volvió tambaleándose en la dirección del sonoro estallido y, acto seguido, emprendió un peculiar trote hacia nosotros, casi tan veloz como el galope de un caballo, moviéndose con una agilidad sorprendente en un animal tan grande y guiado por un propósito inequívoco.
Resulta impresionante el efecto psicológico que provoca un adversario así avanzando. De inmediato disparamos todos. La voluminosa bestia continuó aproximándose como si fuese invulnerable, como una máquina o una especie de barcaza impermeable a las balas e insensible al dolor y al miedo. Treinta segundos más y se derrumbará. Un intangible velo parece alzarse en el cerebro, revelando una imagen mental, extrañamente iluminada y a la vez inmóvil, donde los objetos adquieren nuevos valores y una simple mancha de hierba blanca a lo lejos, a cuatro o cinco yardas de distancia, parece poseer un oculto significado. Ese es el preciso instante, cuando aún quedan las dos últimas balas antes de agotar todos los recursos de la civilización, en que se debe disparar.

Calificación: Muy bueno.
Título original: My african journey (1908).
Traducción: Lola Ponte Miramontes.
Editorial: Ediciones del Viento, La Coruña, 2009.
ISBN: 978-84-933007-5-2

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2 comentarios en “Mi viaje por África, Winston Churchill

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