Un recodo en el río, V.S. Naipaul

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Naipaul

A mediados de los años ’70, ya sea porque, como lo ha declarado, no se le ocurría ninguna novela, o porque su espíritu crítico y curioso lo llevara eso, Naipaul pasa un tiempo en la República Democrática del Congo (también Zaire). De esa experiencia surgirán por lo menos dos trabajos de no-ficción, ambos aparecidos en 1980: “Diarios del Congo” y la crónica “Un nuevo rey para el Congo: Mobutu y el nihilismo de África”, que fue recogida en el volumen “El regreso de Eva Perón”. La novela se le ocurrirá un tiempo después de esa experiencia y será “Un recodo en el río”.
Aunque en “Un recodo en el río” las referencias al país africano en el que transcurre la historia sean algo indeterminadas (por el bien de la reflexión que suscita), todo hace pensar en que se trata del Zaire de Mobutu. De hecho, la descripción del atuendo y del bastón del líder africano que aparece en “Un nuevo rey para el Congo…” y la que se aprecia en “Un recodo en el río” son idénticas. También lo son la gravitación de ese gobernante en la vida doméstica y el aire de terror opresivo que subyace en ambos textos. Pero no hay una superposición abusiva entre el ejemplo de no-ficción y el de ficción. Si la crónica desmantela una conciencia general, la novela después la recoge y trabaja con ella modulando un ejemplo.
Todo comienza cuando el joven Salim, de origen indio, abandona la costa norte de África buscando liberarse de los lazos familiares y encontrar al mismo tiempo un nuevo giro para su vida. Compra una pequeña tienda en una ciudad de un enorme país ubicado más al sur con la idea de recuperar en unos años el dinero invertido. Pero le han advertido que no es sencillo. El país es inestable, ha estado sumido en conflictos internos y la paz debe ser aprovechada. De entrada Salim se ve envuelto en la arbitrariedad de las costumbres y de las decisiones políticas, así como también en aquella primera necesidad de entender hacia dónde tiene que ir su vida. Un tibio eco kafkiano pasa por entre estas páginas, porque de hecho el poder y la verdad son dos de sus temas centrales, aunque lo sean asimismo de la literatura post-colonial. El Gran Hombre, el presidente de la república, es una figura inalcanzable, impredecible, de la que nunca se sabe demasiado. Quienes lo han llegado a tratar o lo conocieron mejor en una época hablan de él controlando sus palabras y creando un vacío de sentido. El Gran Hombre es tan misterioso como todo lo que rodea a Salim, como el paisaje, como esa tierra sobre la que pisa. De ahí el interés del protagonista al principio en las cualidades de las máscaras africanas que el padre Huismans colecciona. Si la máscara es un ejemplo de impostación, de fingimiento, si los habitantes de ese país viven como con una máscara puesta, adoptando actitudes premeditadas y rígidas ante lo nuevo, ¿qué es lo que hay detrás o en qué necesidad oculta se sustenta esa forma de ser? El horror, el preciso horror es en esta novela la distancia entre las cosas y sus nombres y la distancia entre el hombre y la tierra. Salim, Indar, Ivette son personajes demediados porque no encuentran una referencia. No pueden entender lo que África pide ni lo que África otorga. No conciben a África, no pueden aprehender África.
En “Aunque siga brillando la Luna” un capítulo de “Crónicas marcianas” (otro texto de colonialismo sutil), de Ray Bradbury, uno de sus personajes da por perdida la integración de los humanos a Marte. Por más que se coloquen nombres nuevos a las colinas y los canales marcianos, esos nombres, dice el personaje, resbalarán como el agua por encima de las plumas de un pato. Algo de eso está presente en la historia de Zaire, cuando en los ’60 Mobutu rebautizó una vez más los lugares que a su vez los belgas habían bautizado (Leopoldiville pasa a ser Kinshasa, etc.) En “Un recodo en el río”, lo más logrado es esa sensación de desgracia de no saber dónde se pone un pie hasta en el acto más anodino.
Merece una mención especial, por último, el mamaracho de la edición, plagada de errores de tipeo, repetición de palabras, faltas de concordancia de género, posibles problemas de traducción y recurrencia a expresiones bastante ingenuas.

De día -pese a que los colores podían ser muy pálidos y espectrales, con la calima que a veces insinuaba un clima más frío- uno podía imaginar que reconstruían y agrandaban la ciudad. Uno podía imaginar que se arrancaban los bosques y se tendían carreteras que atravesaban arroyos y marismas. Uno podía imaginar que esa tierra formaba parte del presente: así fue como lo expresó el Gran Hombre, mientras nos ofrecía la visión de un “parque industrial” de trescientos veinte kilómetros a lo largo del río. (Pero nunca habló en serio; solo pretendía aparecer como el mago más poderoso de cuantos había conocido la región.) De día, sin embargo, uno podía creerse esa visión de futuro. Uno podía imaginar que se hacía lo posible para volver normal esa tierra, un lugar adecuado para un hombre como uno mismo, igual que, por un breve periodo antes de la independencia, se había logrado volver normales algunas partes de esa región, las mismas partes que ahora estaban en ruinas.
Pero por la noche, si estabas en el río, todo era distinto. Uno tenía la sensación de que la tierra lo arrastraba hacia algo familiar, algo que había conocido en el pasado pero que había olvidado o ignorado con el tiempo, pero que siempre estaba allí. Uno sentía que la tierra lo arrastraba a lo que había estado allí un siglo atrás, a lo que había estado allí siempre.

Calificación: Bueno.
Título original: A bend in the river (1979)
Traducción: Francisco Gurza Irazoqui (revisada por Victoria Malet)
Editorial: Mondadori, Barcelona, 2009.
ISBN: 978-84-397-2180-2

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