La casa de la mezquita, Kader Abdolah

Abdolah
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Terminé el liceo con el examen de Historia para el que, por alguna razón, podía elegir el tema del que iba a hablar. Había decidido hablar de Japón y asistí a un fenómeno que me ha acompañado desde entonces. En el informativo hablaban de Japón, la revista Muy Interesante traía un artículo especial ese mes, llegaba una delegación de japoneses a visitar los servicios veterinarios del Ministerio de Ganadería, entre otras cosas. Y no estoy hablando de mi comentario anterior sobre el libro de Mishima sino de la fuerte atracción que ejerció sobre mí la última novela de Kader Abdolah desde un estante de la librería, que a su vez me retrotrajo al interés que había sentido por “El reflejo de las palabras”, el libro que catapultó a su autor fuera de Holanda. También lo había destacado de entre la multitud de libros sin que existiera un dispositivo publicitario ni más argumentos que un título sugerente y una ilustración que mostraba la escritura cuneiforme que luego caracterizaría a un personaje. Y, cuando quise acordar, estaba metido en plena revolución de los ayatolás, sin ahorro alguno de las violencias desérticas correspondientes, en la precisa época en que se desarrolla una serie de revueltas en los países árabes.
Aga Yan es un fabricante y vendedor de alfombras cuya casa, la del título, se ha hecho cargo de la mezquita, ubicada en íntima relación con el zoco (mercado) del cual también es un referente nuestro personaje. Vive allí la familia propia y la del imán (clérigo), además de algunos personajes asimilados a la familia, como lo son las simpáticas Jolbanú y Jolebé, las “abuelas”, o Muecín, el ciego que siempre sabe la hora y es el encargado de dar los alaridos rituales desde el minarete. La casa –por algo le puso el título- es el eje por antonomasia del relato y tiene la fuerza gravitatoria que le permiten los siglos y las múltiples habitaciones. El relato podría verse como uno de esos caldos de cultivo en los que a una población se la somete a variables extremas y se ve qué pasa. Claro que la correspondencia no es exacta porque deberíamos considerar que el conocimiento de las reacciones humanas viene de la propia biografía de un autor exiliado, que dosifica el humor y la tristeza y sabe que sus raíces están siempre en alguna sura del Corán. La historia se parece, con la misma inevitable fascinación, a otras historias que tienen en la casa su protagonista.
A la agitación social interna, que cambia el régimen del Sah por el del Ayatolah, se le suma la guerra contra Irak, así que muere mucha gente en todas las situaciones, hasta en las más popularmente elegidas por los fanáticos. Pero el dolor no es político sino familiar y solo se siente a través de los ojos de Aga Yan, cuyo envejecimiento no es una cuestión porque actúa como el pilar inmutable de la historia y representa la mirada cuerda que observa los excesos. Una novela como esta es una buena oportunidad de introducir la mirada en las costumbres islámicas, donde la tan mentada “sharia” (ley islámica) es una exageración y no lo más corriente. A quien le interese, podrá ver una ilustración realista, sin el peso del juicio occidental, de los roles de la mujer y del hombre.
Abdolah tomó su nombre en homenaje a unos compañeros de causa política, la misma que lo hizo emigrar a Holanda y escribir en neerlandés. De todos modos, atravesando las pátinas que le ponen las traducciones , se oye una historia que se hunde en los siglos.

A través de los años, los habitantes de la casa habían aprendido que entre el tropel de aves siempre aparecían un par de especímenes cuyo plumaje poseía un colorido y unos dibujos inusitados. Nadie sabía de dónde procedían los motivos inimitables de las alfombras de Aga Yan y sus bellas combinaciones cromáticas. Aquél constituía el secreto de la casa y habían sido sus mujeres las que durante siglos lo habían mantenido.

Cuando las aves dejaban atrás el desierto y llegaban a Seneyán, solían sobrevolar los minaretes de la mezquita donde, desde antiguo, vivían cuatro cigüeñas, dos en cada minarete. Nadie sabía cuándo morían las cigüeñas viejas y cuándo sus crías las reemplazaban, pero el caso era que siempre estaban allí. Las cigüeñas formaban parte del alma de Seneyán y eran la primera señal que las aves avistaban en la lejanía.
Cuando las bandadas de pájaros llegaban a la ciudad, la sobrevolaban varias veces con estrépito e iban a posarse sobre el tejado de la mezquita. El viejo grajo, que se hallaba sobre la cúpula, no perdía detalle.
El conserje había esparcido grano en la azotea y puesto varios platitos con agua para las aves. En Seneyán todo el mundo estaba al corriente de que las aves migratorias recibían trigo y agua en la mezquita, pero nadie sospechaba que Fagri Sadat tendía sus cestos trampa.

Calificación: muy bueno
Título original: Het huis van moskee
Traducción: Marta Arguilé Bernal
Salamandra, Barcelona, 2008, 381 págs.
ISBN: 978-84-9838-184-9

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2 comentarios en “La casa de la mezquita, Kader Abdolah

  1. Solo deseo decir que el pasaje de este libro en el cual Aga Yan no puede enterrar a su hijo es de un patetismo que me recordo el pasaje de la guera de Troya en que Aquiles arrastra frente a los muros de Troya el cadaver de Hector frente al padre de este, Priamo. Eso como comentario a esta gran novela.
    Me gustaria saber si solo es parte de la verosimilitud novelesca la carta llegada de Holanda o es efectivamente real la participacion del autor en el ajusticiamiento del llamado juez de Ala.

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