El gaucho insufrible, Roberto Bolaño

Bolaño
***

Compuesto por cinco cuentos y dos conferencias, este libro confirma el criterio sostenido del autor por combinar textos de naturaleza disímil en un mismo territorio de lectura, firme en su tentativa de erosionar la frontera de los géneros. Más que de una elección editorial, se trata de un nuevo síntoma en esa cruzada a favor de la apertura que Bolaño entendía necesaria para anular, o cuando menos atenuar, la fuerza gravitatoria del Boom sobre los creadores de la nueva generación.
A diferencia de El secreto del mal, este es un libro acabado que ha sorteado la hipercrítica del autor y los filtros editoriales. Sin embargo, se halla regido por una misma “poética de la inconclusión” -como la ha dado en llamar Ignacio Echavarría- que si bien parece legitimada desde un punto de vista teórico, a los ojos de un catador de historias no deja de expeler un tufillo a desconfianza. Habría que preguntarse, si de algo sirve, de dónde viene esa necesidad por abandonar una historia en su clímax, cuál es la verdadera intención de dar el tijeretazo a una trama que bien podría perpetuarse hasta un punto final más aliado a la convención. ¿Debemos entenderlo como otro síntoma de rebeldía o como una dificultad de cierre? Y en todo caso: ¿es ese uno de los caminos imprescindibles para sostener una actitud rebelde? Estas preguntas son variaciones de las que ya se han discutido en la reseña a Los detectives salvajes. Sería estéril, cuando no reiterativo, ensayar ahora mismo una respuesta personal, pero es necesario insistir sobre el tema ahora que lo que empezó como una curiosidad aislada se percibe extensiva y recurrente.
Pero vayamos a los cuentos. En Jim se narra la historia del americano más triste del mundo. El personaje ofrece toda la idiosincrasia de un personaje de Bolaño, y no es descabellado pensar que obedece al estímulo de una reminiscencia. Así, lo que inicia como un recuerdo se transforma en un melancólico encomio hacia alguno de esos vagabundos que el autor conoció en sus años de peregrino.
El gaucho insufrible tal vez sea el cuento más impregnado de realismo histórico, otra muestra de la preocupación de Bolaño por el destino de la Argentina. Héctor Pereda es un hombre de ley, viudo desde joven y padre de dos hijos. Luego de su retiro comienza a disfrutar de una vida holgada que le permite ahondar en su gusto por la literatura, pero el tiempo no tarda en dejarlo solo y en compañía de las dos mujeres que atienden su casa. A partir de aquí, y para sorpresa del lector, todo marcha bien. Pereda parece gozar de una capacidad de adaptación inusitada. El ritmo lento pero claro de la narración parece acompasarse a su ritmo de vida, y hasta podría decirse que hay algo balsámico en estas primeras páginas. Pero ya es sabido que lo bueno no dura, y el lector que hasta el momento se sentía al margen de cualquier coyuntura histórica, como protegido en un ámbito puro de ficción, se ve súbitamente encastrado en la última crisis económica de la Argentina que causó, entre otras cosas, la instauración del corralito y el vertiginoso relevo de tres presidentes. Pues bien, Pereda es uno de los tantos afectados por esa crisis y no tiene otra opción que dejar su casa de Buenos Aires y trasladarse a su vieja estancia. Así Bolaño se permite una revisión ficcionizada de la tirantez entre civilización y barbarie, invirtiendo dialécticamente los términos. En otras palabras: el regreso al campo causado por la barbarie de la ciudad.
El policía de las ratas comienza con un engaño. Al comienzo todo hace pensar que el protagonista es un detective que deambula por las alcantarillas en busca de un cadáver; y de hecho esto es así, aunque con una pequeña salvedad: el detective es una rata, una suerte de Sherlock Holmes tan asqueroso como omnisapiente. Este es un cuento lleno de ingenio, ágil y divertido que cumple con todos los requisitos del género y que tal vez deba su primer impulso a la denigrante semejanza social entre humanos y ratas. Denigrante para las ratas, claro está.
El viaje de Álvaro Rousselot se centra en la temática del plagio, o más bien en ese plagio involuntario que bien puede ocurrir por coincidencia. La prosa, como es habitual, se muestra despojada de lirismos y a cierta distancia del drama, pero pese a ello el lector siente una incomodidad profunda. Hace algunos años me contaron una anécdota donde el poeta Roberto Genta se había pasado tres días sin dormir luego de que un amigo le mostrara los textos de un poeta extranjero muy parecidos a los suyos. Más que parentesco, había un sentir y un uso idéntico del lenguaje. Algo similar le ocurre a Rousselot, y a diferencia de lo que puede sentir la víctima de un robo, aquí el conflicto adopta un cariz casi metafísico por tratarse de un plagio emocional. El problema tal vez no esté en sentirse robado, sino en ver frustrada esa encarnizada búsqueda de una identidad por los caminos del arte.
Dos cuentos católicos vendría a ser el modelo más experimental del conjunto, al menos en un sentido formal. Como se anuncia en el título, la idea es examinar la conducta de dos personajes díscolos a partir de las interpretaciones que hacen de la religión.
La conferencia Literatura + enfermedad = enfermedad toma la enfermedad real del autor para dar inicio a una reflexión cargada de digresiones. Lo interesante está en que el abordaje de esa enfermedad real se trastoca hasta ser un viaje ontológico donde Bolaño procura hallar una respuesta -como es su costumbre- a través de la literatura. La enfermedad no es la enfermedad del cuerpo, sino la enfermedad inherente del hombre que busca un sentido en la carne, los libros o los viajes.
La conferencia que cierra el volumen, Los mitos de Cthulhu, puede leerse como una diatriba catártica que revive el ánimo parricida de un Bolaño adolescente. Reaparece el espíritu de aquel joven chileno que ya instalado en México concurría con sus amigos del Infrarrealismo a las lecturas de Octavio Paz para gritarle en público y hacerle la vida imposible. Y aunque Paz en este caso no se marque como enemigo, ruedan otras cabezas igual de pesadas.
En resumen: un libro ameno y fácil de leer que confirma las obsesiones del autor y, ante todo, su peculiar y fecundo sentido de la discordia. Queda la idea de un polemista absoluto, de esos que aseveran lo que segundos antes denigraban por el sólo hecho de prolongar la discusión.

Dios bendiga a Hernán Rivera Letelier, Dios bendiga su cursilería, su sentimentalismo, sus posiciones políticamente correctas, sus torpes trampas formales, pues yo he contribuido a ello. Dios bendiga a los hijos tarados de García Márquez y a los hijos tarados de Octavio Paz, pues yo soy responsable de esos alumbramientos. Dios bendiga los campos de concentración para homosexuales de Fidel Castro y los veinte mil desaparecidos de Argentina y la jeta perpleja de Videla y la sonrisa de macho anciano de Perón que se proyecta en el cielo y a los asesinos de niños de Río de Janeiro y el castellano que utiliza Hugo Chávez, que huele a mierda y es mierda que he creado yo.

Calificación: Bueno.
Editorial: Anagrama (colección Compactos), Barcelona, 2010.
ISBN: 978-84-339-7325-2

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2 comentarios en “El gaucho insufrible, Roberto Bolaño

  1. Estoy de acuerdo en el ***… Quizás un punto arriba del *** que le concedí también a “El secreto del mal”, calificación que se me ocurre que ahora tendría que rever.
    Los textos que más me gustaron fueron “El gaucho insufrible”, “El policía de las ratas” y “Literatura + enfermedad = enfermedad”.
    Y concerdo también en pensar acerca de qué queda de esa actitud de erosionar los géneros o erosionar o amortiguar la presión editorial. Pienso hasta dónde no se erosiona el mismo autor o su producción en ese gesto. El problema es que habitamos una conciencia de las letras en las que el peso del valor, de la legimitación, ya no tiene porqué existir ni necesitarse. A partir de allí muchas veces un intento de avanzada, un tour de force, una apelación vanguardista, o la sensación de todo eso, puede recubrir con su manto algo que por debajo no es ningún misterio.
    Abrazo.

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