Secretos a voces, Alice Munro

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Munro

Pasar, como me ocurrió, de la lectura de “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio” a la de “Secretos a voces” representa un salto de ciertas cualidades. En los primeros cuentos, por ejemplo, en el extraordinario “Entusiasmo”, en “Una vida de verdad” o en “Una virgen albanesa” puede encontrarse la modulación de esa preocupación que para Munro suscita la construcción simbólica de la felicidad. Para los personajes principales de estas dos narraciones citadas, la felicidad no es algo que ya esté dado por procesos vitales o establecidos por la sociedad. Hay una idea quebrada de la felicidad, cuyas partes sueltas se perdieron. Las elecciones de las mujeres de esos tres cuentos, que las llevarán a diversas experiencias matrimoniales, se dan por un motivo al que es incómodo mencionar como “destino” o “libre albedrío”. En todo caso, el libre albedrío de estos personajes es de un desamparo duro. Es que el libro (sus historias, sus personajes, sus pequeñas situaciones) parece adelantarse a quien lo lee llevando en sí una lógica perdida, algo que está en las márgenes de la narración. Y la narración sólo puede realizar unos gestos mudos, como en el caso de alguien que quiere hacer notar la presencia de un tercero de la manera más discreta posible. De ahí que los pasajes epistolares o de resúmenes de historias que llegan de segunda mano sea una constante de todos estos cuentos. Hay algo en la apertura del sentido que se establece con cada cuento que invita a identificar un malestar; entonces, la misma narración pasa a ser no la develación, sino la manipulación de ese malestar. Y acá, para sorpresa de quien ya lleva leídos tres cuentos y se encamina a la mitad del libro, nace el horror. El tan imprescindible, magistral “Secretos a voces” funciona como el sacudón en medio del vacío que irán a confirmar las dos joyas con las que se cierra: “Han llegado naves espaciales” y “Vándalos”. Las capas de sentido que conforman cada pasaje del cuento “Secretos a voces” afirman tan sólo una pequeña parte de una serie de catástrofes. Todo parece comenzar con la desaparición de una muchacha en un campamento de adolescentes mujeres. Nunca aparece. Las sospechas, como suele suceder, son varias: se fugó con un hombre, la asesinaron, la raptaron, se ahogó en el río, etcétera. Ese es un primer vacío que incomoda, el de un horror no confirmado. Pero hay otro más molesto y que, madito sea el oficio de reseñar libros, puede componerse algo más lejanamente con expresiones de otros personajes que conforman el relato. De hecho, “Secretos a voces” revela el horror asordinado que late en el inconsciente norteamericano en una secuencia bien conocida con rasgos como “desaparición-casa abandonada en el bosque-un loco-investigación policial…”. En “Han llegado naves espaciales”, por su parte, la desaparición tan sólo de una noche de una adolescente (supuestamente guiada por seres extraterrestres) se cruza con la historia de otra adolescente que descubre de pronto que su idea del amor ha cambiado, o que su idea de cómo se desea a un hombre no es lo que era. Tal parece que en la yuxtaposición de esas historias no habría confluencias. Pero es un error pensarlo. Allí están reunidas de algún modo, pero son las partes que faltan las que nos hacen suponer que su ausencia no es arbitraria.
Una explicación de por qué “Secretos a voces” (el libro) está conformado por historias que entran y salen como si nada (como si las palabras no significaran ya mucho) puede darla la característica casi de saga que posee. Se trata de una saga asaz faulkneriana, establecida no en la correlación de sucesos, sino en los vacíos que se abren entre las experiencias a primera vista poco conciliables a través del tiempo. Los cuentos están ambientados en Carstairs, Londres (Canadá) y sus alrededores en diferentes épocas, con apellidos que se reiteran (caso de los Doud). Esos saltos en el tiempo permiten rastrear las alteraciones de la sensiblidad, esa sensiblidad que sólo puede juzgarse no en la gran Historia, sino en las largas horas en que dos mujeres tratan de entender todo lo que las rodea mientras toman el té.

Durante un verano Eunie y Rhea jugaron juntas, pero ellas nunca lo consideraron un juego. Lo llamaban juego para contentar a los demás, pero era la parte más seria de su vida. Lo que hacían el resto del tiempo les parecía frívolo, algo fácilmente olvidable. Cuando salían del jardín de la casa de Eunie e iban por la orilla del río, se convertían en personas distintas. Las dos se llamaban Tom. Las dos Toms. Para ellas, un Tom era un nombre común, no sólo un nombre propio. No era ni masculino ni femenino. Designaba a alguien excepcionalemente valiente e inteligente pero no siempre afortunado y -casi- indestructible. Los Toms libraban una batalla, que nunca acabaría, con los Trasagos: (Quizá Rhea y Eunie hubieran oído hablar de los trasgos.) Los Trasagos merodeaban por el río y podían adoptar la forma de ladrones, alemanes o esqueletos. Tenían una maldad infinita. Tendían trampas y emboscadas y torturaban a los niños que secuestraban. A veces, Eunie y Rhea conseguían llevarse a niños de verdad -los McKay, que vivieron una corta temporada en una de las casas del río- y les convencían de que se dejaran atar y azotar. Pero los McKay o no sabían o no querían someterse al juego y enseguida se ponían a gritar o se escapaban a casa, así que volvían a quedarse las dos Toms solas.

(del cuento: “Han llegado naves espaciales”)

Calificación: Excelente.
Título original: Open secrets (1994).
Traducción: Flora Casas.
Editorial: RBA, Buenos Aires, 2010.
ISBN: 978-987-609-224-1

Santo oficio de la memoria, Mempo Giardinelli

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Giardinelli

Seleccione una familia extensa de orígenes inmigrantes y apellidos largos y tendrá un abanico de temas como el amor, el odio, el ocultamiento, la memoria, las enfermedades mentales, las traiciones, las pérdidas, los retozos a la hora de la siesta y los etcéteras. Vaya contando la historia desde el punto de vista de cada uno de los integrantes de la familia, aun de la del último hermano, internado en un psiquiátrico y que se dedica a recordar y escribir. El ritmo de muertes y nacimientos lo va a ir llevando a las cachetadas y el ocultamiento de los motivos de algunas de las muertes de los varones de la familia van a mantener una zanahoria de Damocles. Añada una matriarca insidiosa que parece inmortal. Coloque los personajes en medio de un país que le parezca turbulento y torpe, desde la época en que recibía inmigrantes hasta los tiempos en que algunos emigrantes regresaban de sus exilios. Haga, por tanto, que los personajes, que son un coro de voces que divergen y convergen, se vayan encargando de contar su propia historia y la de los demás, de modo tal que quede erigida una ingeniería del punto de vista, a veces con exceso de pilares. Vincule la vida familiar a la vida política y agregue referencias literarias a capricho a punto tal que la voz del escritor llene los instersticios y termine expresando sus convicciones políticas al dejar en minoría numérica y de cantidad de líneas a la hermana miliquera. Incluya buenos polvos y seguirá siendo Giardinelli, lo cual es bueno, pero algo farragoso y diluido.

Le mandó un telegrama a tu madre, a Resistencia, que decía: “Se acabó la indignidad y el mundo ya no tendrá vergüenza de sí mismo Stop Italia volverá a ser patria de artistas y poetas Stop Y el noble pueblo judío volverá a ser nación de pensadores y éticos en busca de la paz Stop Dios te bendiga Stop Angela Domeniconelle”.
A lo que Magdalena respondió al día siguiente: “Dante y Maimónides se abrazan en los cielos Stop y en la recuperada paz de esta tierra su hija la besa y la ama stop Magdalena Kramenenko de Domeniconelle.”

Calificación: Bueno (oscilando entre el muy bueno y el regular).
Editorial: Ediciones B, Madrid, 2004, 557 págs.
ISBN: 84-666-1457-5

Scars, Warren Ellis, Jacen Burrows

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“Escribí esta historia pensando lo peor que me podía pasar en el mundo: perder a mi hija” comenta el guionista de esta novela gráfica, Warren Ellis, en uno de los tantos textos (propios, de escritores amigos, el editor) que acompañan los seis capítulos de esta historia. Y hay que reconocerle a Ellis (para aquellos que lo desconozcan, uno de los más prestigiosos y laureados guionistas de la escena de la historieta estadounidense actual, acompañado por nombres como Brian Azzarello, Greg Rucka y Grant Morrison) que logra trasmitir con insana contundencia ese “peor” que quiere trasmitir. Scars es una historia jodida, de personajes desencantados, acabados, a los que mueve únicamente su deseo de venganza. No venganza contra nada puntual, sino contra todo lo malo que les ha pasado, contra esa ciudad de mierda en la que viven, que parece alimentar monstruos como el que origina la historia.

Ellis
Burrows

El detective de homicidios John Cain y su compañero investigan el horrible asesinato y violación de una niña de 9 años. El crimen es presentado sin tapujos o estridencias. El arte de Burrows (un dibujante muy sólido, que si bien no se destaca especialmente, entrega páginas y páginas de contundente narrativa visual) es suficiente como para que la violencia y horror de lo acontecido se nos grabe en las retinas. El crimen provoca que Cain se obsesione. Viene de una tragedia personal y en realidad debería estar de licencia siquiátrica y no trabajando. Pero parece ser el único lo suficientemente interesado en lo que ocurre como para hacer lo que se necesita para atrapar a este monstruo, ante la burocracia de los demás policías o el aparato escolar. Incluso empezar a perderse en esa zona gris donde lo correcto y lo ético no son nada claros.

La historia de Ellis no es que se destaque por original. Policía obsesionado + tragedia de su pasado + situación que se va de mambo lo hemos visto mucho y muchas veces (en cine sobre todo, me viene a la mente Se7en), pero es su eficacia a la hora de narrar, la simpleza de su violencia, lo descarnado de la situación, en suma la desesperanza que asola a los personajes, lo que termina volviendo a Scars una historia por encima de la media. Sobre todo porque trasmite la increíble injusticia que significa que le pase algo a un niño en este mundo de mierda. Justo ellos son los que todavía son inocentes, son felices, son la esperanza. En definitiva, se puede entender perfectamente al detective John Cain, si señor.

A modo de cita, una página, que esto es historieta. Que también.

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Avatar Press, 2008.
ISBN: 978-1592910-51-9.

Borges y los orangutanes eternos, Luis Fernando Verissimo

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Veríssimo

El argumento que propone el autor brasilero es atrapante desde el vamos: en un congreso que reúne a eruditos en la obra de Edgar Allan Poe de todo el mundo, que se realiza en Buenos Aires, ocurre un asesinato. Este tiene todas las trazas de cumplir con los crímenes que planteaba el legendario escritor bostoniano: un muerto en extraña posición, en un cuarto con la puerta cerrada, múltiples sospechosos. Eso no es todo, no se tarda en avanzar pobremente en la investigación, cuando aparecen ramificaciones con la obra de otro escritor de Nueva Inglaterra, el genial HP Lovecraft. Y sin ir muy lejos, podemos descubrir otro homenaje en el trabajo de Verissimo. La investigación que realiza Jorge Luis Borges lo asemeja con el  Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, y el que esté instalado permanentemente en su hogar transforma a la calle Maipú en una hermana lejana de Baker Street. Eso no es todo, Vogelstein, el brasilero narrador de la historia es un símil al Dr. Watson (aquel de las horas más oscuras, el que no se da cuenta de nada de nada). Incluso el criminalista Cuervo podría encarar a un Lestrade bien dispuesto. Ahora bien, ¿alcanzan los homenajes, una buena idea, para llegar a brindar un buen relato? Lamentablemente no.

Borges mismo no le fue esquivo al policial, y a este mismo tipo de policial precisamente. Al policial “problema”, dónde el crimen lejos está de ser algo cruel y horrible, sino que en cambio es mucho más un problema matemático o un asunto lúdico. Un cadáver no es un cuerpo ensangrentado, sino la clave o el código para nuevas pistas. Los indicios no son huellas dactilares, no accedemos a pistas mediante interrogatorios, sino que todo se deduce, se adivina. Pero allí donde Borges planteó buenas historias dentro de este marco (“El jardín de los senderos que se bifurcan” por decir una, que es mencionada a la pasada en el libro que nos ocupa), Veríssimo parece dispuesto a ofrecernos una tomadura de pelo. El misterio aquí es imposible de resolver, por lo cual se traiciona una de las máximas del policial “problema”, que es el del involucrar al lector en la resolución del misterio. Podemos creer que el brasilero está planteando una broma entonces, pero se toma bastante trabajo en volverse críptico, entreverado, oscuro, como para simplemente buscar el chiste. La resolución llega en esta historia en el capítulo final, como suele acostumbrarse en este tipo de relatos, en boca del propio Borges. Pero es imposible haber alcanzado la misma deducción, porque hay múltiples elementos que el Borges de Veríssimo emplea, que a nosotros nos fueron escamoteados.

Nota al margen es la curiosa elección del editor de Sudamericana para esta edición en castellano, quien en la contraportada del libro nos revela la identidad del asesino y las razones que tuvo este para cometer el crimen, algo que Veríssimo se ocupa de escondernos durante las 123 páginas escasas que ocupa esta nouvelle. Capaz que le pareció intrascendente revelar semejante punto, quien sabe.

-Busqué mucho tiempo información respecto de John Dee para mi estudio del espejo en la literatura y las artes mágicas a lo largo de los siglos- dijo usted -. Lo escribo en parte para exorcisar el pavor que siento desde mi niñez por los espejos. Los espejos también obsesionaban a John Dee. En el Museo Británico se expone un speculum de su colección, un trozo sólido de vidrio del tamaño de una pelota de tenis que él usaba en sus experiencias. Cuando lo vi por primera vez, yo lograba distinguir más cosas que ahora. Noté que speculum irradiaba una luz extraña, como un halo intermitente. Lo comenté con la persona que me acompañaba, y la persona preguntó: “¿Qué luz?”.
-Sólo usted la veía…
-Sólo yo la veía. Si creyera en esas cosas, diría que John Dee intentaba comunicarse conmigo a través del tiempo. En un código sólo conocido por antiguos y modernos asiduos a la biblioteca del rey de Bohemia, la real y la imaginaria. No presté más atención al asunto.
-Porque usted no cree en esas cosas.
-Soy como un amigo mío, que fue a visitar la catedral de Chartres y empezó a levitar ante uno de los vitrales, hasta que recordó que no era místico y regresó al suelo.

Calificación: Regular (apenas).
Titulo original: Borges e os orangotangos eternos (2000).
Traducción: Alfredo Grieco y Bavio.
Editorial: Sudamericana, Buenos Aires, 2005.
ISBN: 950-07-2632-7

Asesinato en el Savoy, Per Wahlöö, Maj Sjöwall

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Sjöwall, Wahlöö

Un buen tiempo antes de que Henning Mankell se transformara en el primer nombre de la novela policial sueca o nórdica (como se ha tenido a bien llamar) y generara que un montón de Indralsson, Larsson y todo tipo cuyo apellido termine en sson llenara las bateas de las librerías, una pareja de periodistas suecos publicó una decena de novelas policiales a mediados de la década del 70 protagonizadas por el mismo personaje: el inspector Martin Beck. Maj Sjöwall y Per Wahlöö acostaban a sus hijos, se servían una copa de vino y durante dos o tres horas cada noche, escribían estupendas novelas a cuatro manos.

Es un tanto injusto decir que el protagonista de esta novela en particular es el Inspector Beck. No sé las demás de la serie, pero este caso particular se inscribe directamente en el subgénero “procedimiento policial” y, como en las novelas de Ed McBain y su precinto 87, los protagonistas son el conjunto de policías ocupado en solucionar el caso (que se trata del asesinato de un empresario, quizá corrupto) y la acción va siguiendo a distintos personajes en distintas ciudades (Estocolmo, Malmo y Copenhague). Aquí Beck es uno más, con un grado de importancia, es verdad, pero no mayor al de Steve Carella en las del precinto 87. La referencia a McBain no es gratuita (inclusive un personaje de “Asesinato en el Savoy” lee “El Odio” de McBain) porque los suecos se inscriben en la misma manera de narrar el policial muy años 70 (como se comentó en su momento en la reseña de “California Roll” de Roger L. Simon) cargado de humor y situaciones jocosas, no parodiando insisto, sino narrando desde la incompetencia de ese conjunto policial que recuerda en ocasiones al ya mencionado precinto 87 o a los criminales torpotes de Donald Westlake y su saga con el ladrón Dortmunder. No hay que ver en esta forma de escritura (ni en la de McBain, Simon o Westlake) ningún juego meta literario (como se apresura a ver todo reseñista posmodernista) o el ánimo de hacer broma sobre un género. Son (es) sólidas novelas policiales y nada mas que eso. Las formas clásicas de narrar son formas clásicas de narrar, nada más, sin buscarle la quinta pata al gato.

Es curioso que la literatura policial nórdica (y me consta que Mankell es fan confeso de Sjöwall y Wahlöö) sea tan seria, formal, discreta, hasta por momentos deprimente, cuando 30 años antes se reflejaban los mismos pesares, reflexiones y contradicciones de la sociedad sueca, y en suma se terminaba por diseccionar su realidad más allá de la historia policial en sí, pero con secuencias verdaderamente hilarantes (como muestra, vale la cita, aunque sacada de contexto ignoro cuan graciosa resulta y el propio titulo original de esta novela, que es una humorada, cuya traducción literal sería “Polis! Polis! Puré de patatas!”). Por lo pronto, es mi primera novela de esta pareja de periodistas y me han reclutado para conseguir las otras 9, de ser posible.

-Buenos días- saludó Gunvald Larsson amablemente-. Me alegro de que hayáis podido venir.
-Buenos días- titubeó Kristiansson.
-¡Hola!- dijo Kvant con arrogancia.
Gunvald Larsson los miró, suspiró y preguntó:
-Vosotros erais los encargados de buscar entre los pasajeros del autobús en Haga, ¿no es así?
-Sí- confirmó Kristiansson pensativo, y añadió-: pero llegamos demasiado tarde.
-No llegamos a tiempo- corrigió Kvant.
-Ya lo he comprendido- replicó Gunvald Larsson-. También he sabido que estabais parados en la carretera de Karolinska cuando habéis recibido la orden. Desde allí a la terminal de autobuses se tarda unos dos minutos, pongamos tres. ¿Qué clase de coche lleváis?
-Un Plymouth- dijo Kristiansson retorciéndose.
-La merluza avanza a dos kilómetros por hora- objetó Gunvald Larsson-, y seguramente hubiera recorrido esa distancia en menos tiempo que vosotros.
Hizo una pausa. Luego gritó:
-¡¿Por qué coño no habéis llegado a tiempo?!
-Nos hemos visto obligados a efectuar una intervención en el camino- explicó Kvant, muy tieso.
-Estoy seguro de que cualquier merluza hubiera encontrado también una excusa más inteligente- comentó Gunvald Larsson con resignación.

Calificación: Muy bueno (con ganas de excelente).
Titulo original: Polis, polis, potatismos! (1970).
Traducción: Hans Möller Soler.
Editorial: Versal S.A. 1987.
ISBN: 84-86311-58-6

Felicidad conyugal, Lev Tolstói

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Tolstói

Recuerdo para el caso el título de ese gran libro de cuentos de Alice Munro: “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio”. Hay algo engañoso en esa sucesión. Podría pensarse que se trata de algo “in crescendo”, pero la cercanía de las dos últimas palabras detiene esa sensación y la vuelve sospechosa. Y, como los opuestos siempre se tocan, en ese continuo, “matrimonio” está más cerca de “odio” de lo que lo está “amor”. Quienes han escrito sobre los avatares matrimoniales no se pierden la tentación de dar esa vuelta a la esquina.
Posiblemente no tengamos en “Felicidad conyugal” al Tolstói de la enjundia de los posteriores monumentos que son “Guerra y paz” o “Anna Karenina”. Incluso este libro podría perder la pulseada con facilidad ante otros ejemplos de novela breve del autor como “La muerte de Iván Ilich” y “Hadjí Murat” y ante muchos de sus cuentos largos. Pero claro que vale la pena.En cierto modo, “Felicidad conyugal” reproduce el ya transitado tema del viejo y la virgen. María Alexandrovna se ha quedado huérfana en plena adolescencia y, aún en compañía de su hermana pequeña y su institutriz, su panorama es desalentador. La vida en una apartada hacienda rural es demasiado monótona para ella. Entonces entra en escena el tutor de María Alexandrovna, Serguei Mijailhovich. (¡Qué placer esto de los nombres rusos así de largos! Escuchar a la distancia por entre los campos de primavera una voz femenina que grita ¡Ilia Ilich Oblomov! ¡Ilia Ilich Oblomov!…). Serguei Mijailhovich, quien fue amigo del padre de María Alexandrovna, se ocupa rápidamente del control de la hacienda, y entres sus apariciones esporádicas el corazón de María Alexandrovna palpita de una manera diferente. Lo típico. Amistad. Noviazgo. Amor. Y la llegada del matromonio, que disipará al fin la sensación de dualismo entrevista en el período anterior. Los temores de Serguei Mijailhovich se confirman. La diferencia de edad hace estragos. Él necesita la tranquilidad que la mitad del camino andado le requiere. Ella cae en la tentación de vivir la vida que el temprano matrimonio le vedó. Resulta interesante notar aquí que en el fondo esta historia parece la del futuro matrimonio entre Tolstói y Sofía Andreievna. Sólo que la novela es de 1858 y el matrimonio de 1862.
Puede que la forma de este argumento esté gastada con todos los relatos por el estilo que le sucedieron a “Felicidad conyugal” y que eso dificulte nuestra lectura. De hecho, me gustaría saber cuándo es que nacen en Occidente los relatos en los que el centro es la crisis de la institución matrimonial (como un tambaleo de una forma burguesa) y si esta novela puede estar entre esos primeros ejemplos, o al menos entre los primeros más destacados. Así y todo, entre los pasos previsibles, estallan con todo su poderío esos períodos descriptivos que son siempre la gran marca de Tolstói y que le permiten adentrarse de modo inapreciable en los deseos y las preocupaciones de sus personajes (ver cita). Y el hecho de que esos estallidos estén ubicados en los pasajes de noviazgo o amor acrecienta esa belleza pasajera, antes de que la dosis de angustia bien definida se apodere del resto de las páginas y los personajes decidan si giran o no por la esquina del matrimonio.

Nos acercamos. En efecto, hacía una noche maravillosa. Nunca he vuelto a ver otra igual. La luna llena se había remontado por encima de la casa y quedaba a nuestras espaldas. Parte del tejajo, la lona de la terraza y sus pilares se proyectaban en raccourci en el senderito arenoso y en los céspedes. Todo lo demás aparecía cubierto de rocío y bañado de una luz plateada. El ancho sendero florido, en el que caían oblicuamente las sombras de las dalias y cuya grava resplandecía, se esfumaba en la lejanía, envuelto en la bruma.
Más allá de los árboles, se divisaba el tejado claro del invernadero y desde el valle se elevaba una niebla que crecía por momentos. Los arbustos de lilas, algo despojados ya, aparecían iluminados hasta las ramas. Se hubieran podido distinguir una de otra todas las flores. La sombra y la luz se confundían hasta el punto de que las alamedas con sus árboles parecían unas casas trémulas, vacilantes, irreales. A la derecha, bajo la sombra de la casa, todo estaba negro, confuso y feo. Pero en esta oscuridad se destacaba, sin embargo, la magnífica copa de un álamo que, no se sabe por qué, estaba cerca de la casa bañado de radiante luz, en lugar de haberse volado lejos, hacia el fugitivo cielo azulado.

Calificación: Bueno.
Título original: Sermiéinoie schastie (1858).
Traducción: Irene y Laura Andresco.
Editorial: Punto de lectura, Madrid, 2001.
ISBN: 978-84-663-0287-5

Santería, Leonardo Oyola

Oyola
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Fátima Sánchez, más conocida como la Víbora Blanca, es una adivina del Puerto Apache (villa que a mediados de los 90´s ocupaba el lugar del hoy fastuoso y turístico Puerto Madero) quien tiene la desgracia de ver en su propio futuro (aunque acostumbra ver el de los demás, por dinero) su muerte, ahí nomás, a la vuelta de la esquina. Y esta es una desgracia considerable, ya que la Víbora Blanca es infalible. Comienza de esta manera una carrera contra el destino, ya que Fátima y sus amigos harán lo imposible por librarse de tan fatídico fin.

Leonardo Oyola es uno de los narradores más importantes de la escena del policial argentino actual. La literatura policial siempre ha gozado de buena salud en la vecina orilla y no le faltan buenos nombres como repertorio (el propio Borges coqueteó con el género, pero me quedo más con Osvaldo Soriano, Elvio Gandolfo o Juan Sasturain como exponentes). Justamente, “Santería” figura dentro de la primera tanda de publicaciones de la colección Negro Absoluto, coordinada por el mismo Sasturain (colección a la que nuestra local Cosecha Roja puede servir de reflejo), pero no es este relato un policial tradicional. Justamente, por contener un intrínseco asunto sobrenatural y al fin y al cabo relacionar lo que ocurre con la ancestral lucha entre el Bien y el Mal, “Santería” se pasea libremente entre el policial, el costumbrismo y la novela fantástica. Puestos a buscarle paralelismos (no es que los necesite tampoco) lo más cercano en tono que se le puede llegar a encontrar es la novela gráfica “Cosecha Verde” de Carlos Trillo y Domingo “Cacho” Mandrafina, por llevar adelante esa misma combinación de realismo mágico, marginalidad y el policíal más negro.

En el relato de Oyola no faltan las múltiples referencias al entorno, a la música que escuchan los protagonistas (hay letras enteras de canciones de Sumo, Sombras y La Renga, por decir algunas) e incluso, Oyola se revela como un cinéfilo consumado. Esto puede chocar un poco, sobre todo lo de cinéfilo, ya que leer en boca de pibes chorros referencias a Volver al Futuro o El Guardaespaldas (que se les diga a la seguridad de una ricachona Kevincostners, por ejemplo) juega al límite de lo verosímil. Pero pronto entendemos que no es un retrato urbano real lo que Oyola está creando, sino que nos ha metido de cabeza en un mundo paralelo. En el mundo de “Santería” asistimos a un 1996 que nunca existió, con las políticas de Menem a pleno, donde las balas en ocasiones no hacen nada si estás protegido por la Santa Muerte, los pibes chorros pueden citar todas la películas del mundo e incluso los demonios quieren ser amados. El universo alternativo de Oyola es alucinante, atrapante, cargado de personajes enternecedores, pintorescos y adictivos. Un autor a seguir.

La negra me miró con odio. Después señaló con el índice una carta de la primera hilera. La levantó y me la mostró como si me estuviera sacando tarjeta roja en un partido. Era el seis de espadas al revés.
-Veo lo que siempre supimos en El Jabuti, Víbora Blanca. Que vos tenías que haber muerto hace más de un cuarto de siglo. Y por eso, ahora que la Vieja Cosechera por fin te tiene, te vas a ir y con vos te vas a llevar a todos los tuyos.
Lorelei tenía colgada de la pared un cuadro con las fotos pintadas de nuestros abuelos. En el reflejo del vidrio pude notar cómo Danielín y el Emoushon intercambiaban miradas.
-No fue lo que pasó en el 69. No tiene por qué ocurrir ahora.
-¿Y vos te pensás que sí? ¿Creés que vas a volver a zafar? Mirá la cuarta hilera, prima. ¿Qué vas a hacer con un ocho de copas, un seis de oro al revés, la sota de bastos al revés, el siete del mismo palo o el ancho de espadas al revés? Lo mismo que un tres de bastos, un nueve de copas y un tres de espadas. ¿De qué te sirve un cinco de bastos? ¿Y el macho invertido? Así no es garrote. Es imposible que puedas salir de ésta. Estás muerta. Y también los mataste a ellos y a todo el Puerto Apache.
Me puse de pie y me hice la señal de la cruz. Sonó bastante fuerte cuando me besé el pulgar. El Emoushon ya estaba afuera mientras Danielín me sostenía los abalorios de la cortina para que yo también saliera.
-Con esto estamos a mano, Fátima.
-Vos sabés que no.
-¡Hija de p…
-Hija de puta. Sí. Soy una hija de remil putas. Y vos, conmigo, tenés una deuda eterna.
-Cuando estés muerta no vas a poder venir a cobrar.
-Dios y el Gaucho me van a cuidar, Lorelei. No van a dejar que me pase nada malo.
-Estás equivocada, querida. No va a ser así. Enterate de una buena vez: Dios es brasileño.

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Negro Absoluto, Buenos Aires, 2008.
ISBN: 978-987-24261-2-5

Carta Blanca, Lorenzo Silva

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Silva

La Guerra del Rif (también llamada Guerra de Marruecos, según nos indica amablemente Wikipedia) fue un conflicto bélico bastante poco comentado, probablemente porque no mucho después la Guerra Civil Española vino a cuento de borrar en la memoria (y en barbaridades cometidas) aquel injusto conflicto (¿no lo son todos?) que enfrentara a España y Francia contra la Republica del Rif. Para efectos históricos (Wikipedia una vez más) cabe indicar que dicho conflicto se extendió entre 1911 y 1927, a raíz de la instauración del Protectorado español en tierra marroquí y dejó casi 50 mil muertos sumados de ambos bandos, amén de poner bien alto el listón de barbaridades, torturas atroces, vejaciones y el largo, terrible y consabido etcétera que suele acompañar cuando se enfrenta en guerra el ser humano.

Este es el punto de partida de esta novela, cuando el Sargento Bermejo, al frente de su unidad en pleno desierto, se encuentra con el cadáver de su hermano, entre los restos de Zeluan, luego de una victoria bereber que deja a los españoles en situación bastante complicada. Allí mismo, Bermejo hace el juramento de vengar a su hermano, cosa harto difícil, ya que identificar precisamente a su victimario es imposible. Por tanto, Bermejo y los suyos darán un escarmiento al primer exponente de la tribu que ha cometido el ataque a Zeluan, los Beni Bu-Ifrur. Su unidad lo secunda y de dicho juramento (y del terrible cumplimiento del mismo) deriva la historia de Juan Faura, el verdadero protagonista de esta novela, uno de los soldados de Bermejo, a quien acompañaremos en la Guerra del Rif, luego en un breve impasse en 1931, para después reencontrarlo, nuevamente armas en mano, en plena Guerra Civil Española, en 1935.

Lorenzo Silva se hizo famoso con su serie de novelas policiales protagonizadas por Bevilacqua y Chamorro, una pareja de Guardias Civiles, pero aquí abandona cualquier asociación con el policial, para entregar una novela de corte puramente bélico, que no deja tampoco de lado el drama existencial así como abraza fervorosamente el mundo del relato histórico. Se podría asociar con gran parte de la obra de Arturo Pérez Reverte, pero el tono aquí es más formal, mas sobrio, bastante menos heroico (digamos que la soldadesca de Silva es muchísimo menos ejemplar que la de Pérez Reverte y convengamos que la este último tampoco es gente a la que uno le presentaría una hermana), sobre todo en el estilo empleado para narrar (Silva, al contrario de APR, no hace gala de “españolismos” o expresiones del lenguaje, salvo en un momento donde utiliza la brillante “Si pasan, será el sálvese quien pueda, y maricón el último.”). Las tribulaciones del soldado Faura, sus pecados, sus acciones, son el cuerpo del relato y este es un relato apasionante. Apenas si en el intermedio de 1931 (necesario descanso de la trama) sentimos un poco el bajón de ritmo, pero luego, ya vuelven a sonar los cañones, vuelve a volar el polvo y se vuelve a oler la pólvora, mientras los estúpidos hombres se matan salvajemente entre sí, meros títeres en manos de otros hombres desaprensivos, terribles, ambiciosos. Y queda nomás el tratar de ser algo mejor, mejor de lo que las circunstancias en ocasiones nos llevan a ser.

(…) Unos y otros no eran más que peones de una suprema demencia que lo movía todo, que arrojaba a hermanos contra hermanos y que propiciaba paradojas como que los defensores de la fe católica llevaran a aquellos moros para vaciar de cristianos la vieja ciudad musulmana de la que los católicos de otro tiempo habían echado a sus abuelos. En suma, aquel despropósito beneficiaba a cualquiera menos a los hombres que esperaban tras aquellas murallas o iban a ser estrellados contra ellas. Juntos formaban un buen hatajo de burros, por dejarse destrozar una vez más unos contra otros, sin aprender nunca la maldita lección.

Calificación: Muy buena.
Editorial: Booket, Madrid, 2005.
ISBN: 84-670-1751-1

Mi vida sin Hailey, Jonathan Tropper

Tropper
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Leí este libro preguntándome cada tres páginas por qué continuaba leyendo. Al final, aceleré la lectura (algo nada trabajoso, dado el escaso nivel de complejidad de la novela), y despaché el mamotreto de 400 páginas en unas pocas horas. Esto, que podría ser visto como una virtud (y que quizá comercialmente lo sea), en realidad a uno le termina dejando en la boca el retrogusto de esos tubos de papas fritas perfectas (que, en rigor, ni siquiera son de papa). Ñam ñam… y hambre a los 10 minutos. En fin. Lo que hace este muchacho, Tropper, es escribir una novela ágil sobre Doug, un viudo de 29 años que debe decidir si retoma su vida o se suicida. La Hailey del título era una muy bonita mujer de 40 años con un hijo de 18, Russ, que ahora ha quedado bastante a la bartola, porque su padre real, Jim, está demasiado ocupado con su nueva familia (una chica fitness, Angie, y sus hijos). Y como Tropper ha tomado apuntes de las comedias sobre familias disfuncionales que hacen furor en Hollywood, utiliza un auténtico batallón de personajes secundarios fácilmente identificables por uno o dos clichés, cada uno de ellos con la misma profundidad de un tajamar en plena sequía. La madre de Doug es una ex-actriz casi alcohólica y casi adicta a unas pastillas misteriosas, pero en el fondo, buena y excelente madre. Su padre es un ex-médico que tuvo un derrame y cada tanto viene y cada tanto va, es alguien distinto cada día. Debbie es la hermana pequeña que va a casarse (siempre debe haber una boda en estas historias). Claire es la hermana gemela de Doug, que acaba de dejar a su esposo y está embarazada (siempre debe haber un bebé en estas historias). Doug avanza a través del unidimensional dolor de su viudez acostándose con su cachonda (oh, sí, traducción castiza, muchachos) vecina Laney (siempre debe haber sexo en estas historias), mientras corre el riesgo de ser encañonado por Dave, el besugo esposo de la cachonda y comienza a enamorarse de Brooke, la psicóloga de la escuela de Russ (el hijastro, ¿recuerdan?, lo menciono más arriba, en el comienzo de este enredo infame). Ah, y hay que decir que todos (a toda hora y en cualquier situación) son ingeniosos y todas sus respuestas guardan doble sentido y uno ve todo esto sin que ni de lejos se le ocurra que alguien, en ninguna parte, hable así, piense así o sienta así. Por supuesto, los derechos de este libro ya han sido adquiridos por Paramount Pictures (sic).
Lo bueno de leer malos libros es que uno se indigna y aprende en la misma medida. Se indigna porque, carajo, este tipo escribe esta bazofia (y quizá es un modo suave de decirlo) y lo publican, lo traducen, lo adaptan al cine, se llena de oro, en resumidas cuentas. Y uno aprende porque, de algún modo, leer un libro así es como ver en la calle a alguien que se puso sandalias con medias, de inmediato uno toma nota mental: “debo recordar nunca jamás hacer esto, es abominable”.

…yo miro a mi padre, que mastica su filete tranquilamente y sonríe feliz mientras contempla a su familia. Es inquietante verlo así, tan pomposo y elegante, tan… aquí. Es como ver a un pariente que hace tiempo que ha muerto, y noto la tristeza como plomo en el estómago. Nunca estuvimos muy unidos, pero desde que tuvo el derrameme gusta mucho más, y eso me hace extrañarle de un modo que no acabo de entender, porque ¿cómo puedes echar de menos algo que nunca has tenido?

Calificación: mala.
Título original: How to talk to a widower (2007)
Traducción: Beatríz Martínez Ruíz
Horizonte Ediciones, Barcelona, 2009
ISBN: 978-84-936952-3-1

Una novelita lumpen, Roberto Bolaño

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Bolaño

Complicado escribir sobre Bolaño. Por un lado se trata de un escritor con altibajos. Y por otro, el mismo autor ha sembrado por aquí y por allá ideas que uno puede tomar como los anteojos mágicos por los que aquello que parece un engaño brilla con luz propia. Bolaño es un escritor beligerante, su escritura es beligerante y los tropiezos son los de la beligerancia. La piedra en el zapato del post-boom, el niño terrible ante quien el mercado editorial ha debido someterse al final, el capitán de un inmenso ejército de seguidores que defenderán a muerte hasta el gesto más anodino suscitado por su prosa. Leer a Bolaño es transitar un campo minado, pero algunas veces las minas no revientan.
Por ejemplo, ¿cómo criticar “Una novelita lumpen” si el diminutivo está instalado allí como una mina más? Puede ser la indicación de que se trata de una breve novela, pero también la de que vamos a encontrarnos a unos personajes bastante planos: los dos jóvenes hermanos italianos que pierden a sus padres en un accidente automovilístico y cuyo desamparo económico y vital trasunta estas páginas. Ella, la narradora, sufre un trastorno mediante el cual la noche desaparece. Todo es luminosidad, y la escena en que se contempla a sí misma frente al espejo recuerda en su implicancia a “El acomodador”, de Felisberto Hernández. Con los días la protagonista consigue trabajo lavando las cabezas en una peluquería, y su hermano como ayudante en un gimnasio. Hay un asomo de incesto o de algo que se parece a la idea del incesto y pronto ingresan a su casa dos personajes más: dos muchachos que el hermano se ha traído del gimnasio. Delineado de forma muy general el argumento, habría que mencionar la insistencia en cierto tono plañidero y un discurso de aparente sencillez. ¿Pero qué hacemos con un discurso de aparente sencillez? ¿Dónde en qué aspectos le vemos el alma autoral? Puede que este sea un ejemplo más en el que Bolaño recurra a cierto género o dinamite ciertas formas del discurso literario o se las apropie. Pero el resultado todavía está esperando. Algo roza lo banal. Es decir, ¿dónde está ese elemento literario que busca distinguir una experiencia de tantas y darle luz propia, una luz sin fin? ¿O en algún momento esta historia se apagó, como ese pasado lumpen que la narradora (instalada en su presente de mujer casada y con hijos) intenta rescatar como si se tratara de pura arqueología?

Toda la casa, durante mis incursiones en busca de la caja fuerte, parecía viva. Viva en la dejadez, viva en el abandono. Pero viva. Mi piso, por poner un ejemplo, únicamente me parecía un piso, cada día más pequeño, si acaso, con los ecos de miles de horas de televisión, de vez en cuando con el eco de las voces de mi padre y de mi madre, pero sólo era un piso, es decir estaba muerto.
La casa de Maciste no. La casa de Maciste era una promesa y una enfermedad y yo daba vueltas por la promesa y la enfermedad y sentía en la piel cuando mi cuerpo o la velocidad que en ese instante le imprimía a mi cuerpo pasaba de un estadio a otro, la promesa irisada, la enfermedad, la caída o un planear oblicuo, deambulando, tocándolo todo con la punta de los dedos, hasta que oía la voz de Maciste que me llamaba, que me preguntaba dónde estaba. En ocaciones no le respondía. Me llevaba una mano a la boca y empezaba a respirar con la nariz, apenas un poco de aire, el suficiente, pues sabía que él empezaría a buscarme, aún más silencioso que yo, deslizándose por los oscuros pasillos de la casa hasta localizarme gracias a mi respiración o al calor que emitía mi cuerpo, nunca lo supe, y entonces todo recomenzaba.

Calificación: Regular.
Editorial: No te tomes tan enserio, Buenos Aires, 2009.
ISBN: 978-987-24598-1-3