Hombres en armas, Evelyn Waugh

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Waugh

Guy Crouchback es el último de una familia de largo linaje y renombre quien, luego de un feo divorcio 8 años atrás, ve pasar apático sus días en una villa en Italia. El estallido de la Segunda Guerra Mundial le pone las cosas en perspectiva, es más, le da una razón nueva para vivir: ha encontrado una causa para morir. Por tanto, regresa de inmediato a Inglaterra donde trata de enrolarse y convertirse en romántica carne de cañón. Pero claro, las cosas no son tan sencillas.
Waugh construye con pulso maestro una sátira, muy, pero muy, sutil, el humor, por demás británico, sólo se adivina. No recurre a ‘gags’ humorísticos sino que narra pausadamente, con tono ácido, los avatares del patético protagonista (tan apagado y carente de impulso que es imposible no tomarle cariño) mientras desfila por las fuerzas armadas, en especial por el particular cuerpo de Alabarderos del la Reina. El aparato militar es burlado cruelmente, por su burocracia, su incapacidad, sus órdenes ridículas que se contradicen continuamente. El propio Waugh sabía muy bien de lo que hablaba, hombre de armas él mismo, quien sirvió durante las primeras dos guerras mundiales y fue reconocido con numerosas condecoraciones. Pero no vayan a creer que esta es una novela bélica, al contrario, es una humorada que sólo puede tener fines antibelicistas, al mismo tiempo que una y otra vez provoca sonrisas cada vez más anchas. Un numeroso grupo de personajes desfila junto a Crouchback, pero entre todos ellos destaca Arthorpe (el único otro recluta mayor de 35 años además de Crouchback y ambos les dicen jocosamente “tíos”) un personaje casi delirante, que parece escapado de la pluma de Ambroce Bierce y el Brigadier Ritchie-Hook, una suerte de homenaje a la novela de aventuras salgariana, un cuasi despojo humano que es a su vez el héroe de acción “definitivo”.
Otro detalle de la prosa de Waugh o de su humor, digamos, es los autores a los que referencia (en mi humilde impresión, claro). A pesar de ser un autor de mediados del siglo 20, su literatura presenta ritmos y humores muy del siglo 19. Ya puestos a encontrarle paralelismos, lo sentí muy cercano a sus compatriotas Charles Dickens o Wilkie Collins, o al ya mencionado Bierce. En definitiva, un gran descubrimiento este señor con nombre de señora y un viaje inolvidable a la burocracia militar y al absurdo de hombres que se preparan infinitamente para una guerra que nunca sabrán si pelearán.

Durante toda la conversación Trimmer había estado escuchando desde la escalera.
-¡Hola, “tío”! ¿Oí truenos?
-Sí…
-¡Qué cambio para nuestro niño mimado!
Una chispa se encendió en la mente entenebrecida de Guy. Fué como si se quemara un fusible.
-¡Váyase al diablo!- contestó con rabia.
-¡Calma, calma! ¿Estamos un poquito malhumorados esta noche?
¡Pum!
-¡Maldito crudo! ¡Papanatas! ¡Cállese la boca! Una insolencia más y le pego.
Las palabras no habían sido bien elegidas; ni enfermo ni sano, Guy no estaba hecho para inspirar temor físico, pero la repentina cólera siempre alarma porque recuerda las imprevisibles condenas sufridas en la infancia. Además, Guy estaba armado de un fuerte bastón que, involuntariamente, tenía en alto. Una Corte Marcial quizás podría- y quizás no- interpretar este gesto como una seria amenaza contra la vida de otro oficial. Pero Trimmer si creyó su vida amenazada.
-¡Eh! ¡Tranquilícese! ¡No quise ofenderlo!
La ira tiene su propio mecanismo propulsor que conduce muy lejos del punto de ignición. En ese rojo estrato incandescente, Guy ya no era el mismo.
-¡Que Dios le pudra su alma inmunda! Le dije que se callase la boca.
Blandió ahora deliberadamente el bastón y se adelantó un paso. Trimmer huyó. Con dos veloces chassés se puso fuera de alcance, murmurando entre dientes algo sobre que “…hay que comprender las bromas sin sulfurarse…”.
La furia de Guy fué bajando muy lentamente hasta tocar tierra, y su amor propio se hundió con ella, más lentamente aún.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Men at arms.
Traducción: Miguel Alfredo Olivera.
Editorial: Emecé, Buenos Aires, Argentina, 1954.

Nota: La ilustración de portada que acompaña esta entrada no corresponde a la edición reseñada.

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