Una novelita lumpen, Roberto Bolaño

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Bolaño

Complicado escribir sobre Bolaño. Por un lado se trata de un escritor con altibajos. Y por otro, el mismo autor ha sembrado por aquí y por allá ideas que uno puede tomar como los anteojos mágicos por los que aquello que parece un engaño brilla con luz propia. Bolaño es un escritor beligerante, su escritura es beligerante y los tropiezos son los de la beligerancia. La piedra en el zapato del post-boom, el niño terrible ante quien el mercado editorial ha debido someterse al final, el capitán de un inmenso ejército de seguidores que defenderán a muerte hasta el gesto más anodino suscitado por su prosa. Leer a Bolaño es transitar un campo minado, pero algunas veces las minas no revientan.
Por ejemplo, ¿cómo criticar “Una novelita lumpen” si el diminutivo está instalado allí como una mina más? Puede ser la indicación de que se trata de una breve novela, pero también la de que vamos a encontrarnos a unos personajes bastante planos: los dos jóvenes hermanos italianos que pierden a sus padres en un accidente automovilístico y cuyo desamparo económico y vital trasunta estas páginas. Ella, la narradora, sufre un trastorno mediante el cual la noche desaparece. Todo es luminosidad, y la escena en que se contempla a sí misma frente al espejo recuerda en su implicancia a “El acomodador”, de Felisberto Hernández. Con los días la protagonista consigue trabajo lavando las cabezas en una peluquería, y su hermano como ayudante en un gimnasio. Hay un asomo de incesto o de algo que se parece a la idea del incesto y pronto ingresan a su casa dos personajes más: dos muchachos que el hermano se ha traído del gimnasio. Delineado de forma muy general el argumento, habría que mencionar la insistencia en cierto tono plañidero y un discurso de aparente sencillez. ¿Pero qué hacemos con un discurso de aparente sencillez? ¿Dónde en qué aspectos le vemos el alma autoral? Puede que este sea un ejemplo más en el que Bolaño recurra a cierto género o dinamite ciertas formas del discurso literario o se las apropie. Pero el resultado todavía está esperando. Algo roza lo banal. Es decir, ¿dónde está ese elemento literario que busca distinguir una experiencia de tantas y darle luz propia, una luz sin fin? ¿O en algún momento esta historia se apagó, como ese pasado lumpen que la narradora (instalada en su presente de mujer casada y con hijos) intenta rescatar como si se tratara de pura arqueología?

Toda la casa, durante mis incursiones en busca de la caja fuerte, parecía viva. Viva en la dejadez, viva en el abandono. Pero viva. Mi piso, por poner un ejemplo, únicamente me parecía un piso, cada día más pequeño, si acaso, con los ecos de miles de horas de televisión, de vez en cuando con el eco de las voces de mi padre y de mi madre, pero sólo era un piso, es decir estaba muerto.
La casa de Maciste no. La casa de Maciste era una promesa y una enfermedad y yo daba vueltas por la promesa y la enfermedad y sentía en la piel cuando mi cuerpo o la velocidad que en ese instante le imprimía a mi cuerpo pasaba de un estadio a otro, la promesa irisada, la enfermedad, la caída o un planear oblicuo, deambulando, tocándolo todo con la punta de los dedos, hasta que oía la voz de Maciste que me llamaba, que me preguntaba dónde estaba. En ocaciones no le respondía. Me llevaba una mano a la boca y empezaba a respirar con la nariz, apenas un poco de aire, el suficiente, pues sabía que él empezaría a buscarme, aún más silencioso que yo, deslizándose por los oscuros pasillos de la casa hasta localizarme gracias a mi respiración o al calor que emitía mi cuerpo, nunca lo supe, y entonces todo recomenzaba.

Calificación: Regular.
Editorial: No te tomes tan enserio, Buenos Aires, 2009.
ISBN: 978-987-24598-1-3

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