Felicidad conyugal, Lev Tolstói

***
Tolstói

Recuerdo para el caso el título de ese gran libro de cuentos de Alice Munro: “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio”. Hay algo engañoso en esa sucesión. Podría pensarse que se trata de algo “in crescendo”, pero la cercanía de las dos últimas palabras detiene esa sensación y la vuelve sospechosa. Y, como los opuestos siempre se tocan, en ese continuo, “matrimonio” está más cerca de “odio” de lo que lo está “amor”. Quienes han escrito sobre los avatares matrimoniales no se pierden la tentación de dar esa vuelta a la esquina.
Posiblemente no tengamos en “Felicidad conyugal” al Tolstói de la enjundia de los posteriores monumentos que son “Guerra y paz” o “Anna Karenina”. Incluso este libro podría perder la pulseada con facilidad ante otros ejemplos de novela breve del autor como “La muerte de Iván Ilich” y “Hadjí Murat” y ante muchos de sus cuentos largos. Pero claro que vale la pena.En cierto modo, “Felicidad conyugal” reproduce el ya transitado tema del viejo y la virgen. María Alexandrovna se ha quedado huérfana en plena adolescencia y, aún en compañía de su hermana pequeña y su institutriz, su panorama es desalentador. La vida en una apartada hacienda rural es demasiado monótona para ella. Entonces entra en escena el tutor de María Alexandrovna, Serguei Mijailhovich. (¡Qué placer esto de los nombres rusos así de largos! Escuchar a la distancia por entre los campos de primavera una voz femenina que grita ¡Ilia Ilich Oblomov! ¡Ilia Ilich Oblomov!…). Serguei Mijailhovich, quien fue amigo del padre de María Alexandrovna, se ocupa rápidamente del control de la hacienda, y entres sus apariciones esporádicas el corazón de María Alexandrovna palpita de una manera diferente. Lo típico. Amistad. Noviazgo. Amor. Y la llegada del matromonio, que disipará al fin la sensación de dualismo entrevista en el período anterior. Los temores de Serguei Mijailhovich se confirman. La diferencia de edad hace estragos. Él necesita la tranquilidad que la mitad del camino andado le requiere. Ella cae en la tentación de vivir la vida que el temprano matrimonio le vedó. Resulta interesante notar aquí que en el fondo esta historia parece la del futuro matrimonio entre Tolstói y Sofía Andreievna. Sólo que la novela es de 1858 y el matrimonio de 1862.
Puede que la forma de este argumento esté gastada con todos los relatos por el estilo que le sucedieron a “Felicidad conyugal” y que eso dificulte nuestra lectura. De hecho, me gustaría saber cuándo es que nacen en Occidente los relatos en los que el centro es la crisis de la institución matrimonial (como un tambaleo de una forma burguesa) y si esta novela puede estar entre esos primeros ejemplos, o al menos entre los primeros más destacados. Así y todo, entre los pasos previsibles, estallan con todo su poderío esos períodos descriptivos que son siempre la gran marca de Tolstói y que le permiten adentrarse de modo inapreciable en los deseos y las preocupaciones de sus personajes (ver cita). Y el hecho de que esos estallidos estén ubicados en los pasajes de noviazgo o amor acrecienta esa belleza pasajera, antes de que la dosis de angustia bien definida se apodere del resto de las páginas y los personajes decidan si giran o no por la esquina del matrimonio.

Nos acercamos. En efecto, hacía una noche maravillosa. Nunca he vuelto a ver otra igual. La luna llena se había remontado por encima de la casa y quedaba a nuestras espaldas. Parte del tejajo, la lona de la terraza y sus pilares se proyectaban en raccourci en el senderito arenoso y en los céspedes. Todo lo demás aparecía cubierto de rocío y bañado de una luz plateada. El ancho sendero florido, en el que caían oblicuamente las sombras de las dalias y cuya grava resplandecía, se esfumaba en la lejanía, envuelto en la bruma.
Más allá de los árboles, se divisaba el tejado claro del invernadero y desde el valle se elevaba una niebla que crecía por momentos. Los arbustos de lilas, algo despojados ya, aparecían iluminados hasta las ramas. Se hubieran podido distinguir una de otra todas las flores. La sombra y la luz se confundían hasta el punto de que las alamedas con sus árboles parecían unas casas trémulas, vacilantes, irreales. A la derecha, bajo la sombra de la casa, todo estaba negro, confuso y feo. Pero en esta oscuridad se destacaba, sin embargo, la magnífica copa de un álamo que, no se sabe por qué, estaba cerca de la casa bañado de radiante luz, en lugar de haberse volado lejos, hacia el fugitivo cielo azulado.

Calificación: Bueno.
Título original: Sermiéinoie schastie (1858).
Traducción: Irene y Laura Andresco.
Editorial: Punto de lectura, Madrid, 2001.
ISBN: 978-84-663-0287-5

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