Humo, William Faulkner

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Faulkner

Anselm Holland es un forastero que llega a Jefferson, se casa con Cornelia, la hija de un hacendado (que pronto muere, dejando todo en sus manos para efectos prácticos, aunque la propiedad de la tierra es de Cornelia). Su esposa le da mellizos: Anselm y Virginius, y más tarde ella también muere. El joven Anse es impulsivo y fuerte; Virginius, en cambio, es sereno, imperturbable e inescrutable. La dicotomía tópica entre los mellizos responde también a la forma en que cada uno ha recibido las cualidades de sus progenitores: Anse es mucho más parecido al viejo Anselm que Virginius, que parece haber heredado la mansedumbre de su madre, y sin embargo, también comparten un fondo de nobleza, un vínculo que no se ha roto ni siquiera luego de 15 años de silencioso distanciamiento, luego de que Anse reclamase su mitad de las tierras y, ante la furiosa negativa del padre, se marchase a vivir en el bosque. En esa disputa, Virginius se puso del lado del padre, quien luego comenzó codiciosamente a sospechar de sus supuestas buenas intenciones, hasta que lo expulsó también a él, que acabó viviendo con un primo lejano, el imperceptible Granby Dodge, en una convivencia de tintes poderosamente homosexuales. Podríamos pensar que el viejo Anselm rechaza y expulsa a Anse porque éste representa el rival viril (lleva su mismo nombre, además, lo que implica un rechazo hacia sí mismo o hacia el doble que pretende sustituirlo, como ocurre en el mito del doppelgänger), y a Virginius porque representa su opuesto exacto: femenino, virginal y pasivo (con todas las connotaciones que esto implica).

Faulkner pone todo el relato en la voz de un vecino de Jefferson que conoce la historia de la familia Holland como cualquiera de la zona, es decir, tanto por lo que se sabe fehacientemente como por lo que se ha escuchado comentar y por lo que se conjetura. Llegado a un punto, esas tres hebras forman una sola y ya no es posible decir cuál es una y cuál es otra. Así, es concebible que el narrador, ante el trance de tener que revelar algo de lo que no puede estar seguro, dice:

Durante más o menos el año siguiente a la partida del joven Anse con sus dos mulas hacia las colinas, vimos cómo el viejo Anse se iba cargando. Por fin un día estalló. Probablemente, de la siguiente manera:
-Crees que ahora que se ha ido tu hermano podrás quedarte simplemente, y quedártelo todo, ¿no?

La clave aquí es el adverbio de modo “probablemente”, que relativiza toda la escena. Nadie sabe si eso pasó así, aunque todos crean que así debió pasar. Pues bien, luego de desarrollar la conjetura sin economizar detalles y florituras, el narrador prosigue de esta manera:

Y entonces Virginius se fue. No se apresuró ni corrió. Preparó todo lo que le pertenecía (mucho más de lo que se llevara Anse; bastantes cosas), y partió a cuatro o cinco millas de distancia, a vivir con su primo, hijo de un pariente lejano de su madre.

Así, todo lo que es relativizado al comienzo de la conjetura, pronto se difumina en la certeza de lo que en efecto se sabe: “Y entonces Virginius se fue”. Lo que pasó dentro de la casa, en la intimidad, lo que públicamente no se conoce, es conjetura, pero una conjetura que pronto se añade a lo que sí se sabe, lo que ocurre puertas afuera, de modo que la historia completa es una manta hecha de retazos que acaban por valer igual, porque es más importante que no haya huecos a que todas las partes sean del mismo color. Lo que no se sabe, se imagina, y lo que se imagina, luego de un tiempo prudencial, se acopla a lo que se sabe, y eso es la historia.

A partir de ahí, Faulkner trama un relato policial de lo más interesante, con sutilísimas vueltas de tuerca. El viejo Anselm aparece muerto, aparentemente su pie quedó atrapado en el estribo del caballo que lo arrastró por la tierra hasta matarlo. Su testamento, bastante claro, pasó a manos del honorable y justo juez Dukinfield, que dos semanas después (aún sin emitir su fallo), aparecerá muerto de un tiro entre ceja y ceja, sentado como siempre tras su escritorio. El narrador, uno de los jurados en el juicio organizado para develar el misterio, relatará entonces la forma en la que el fiscal Gavin Stevens, una aplomada mezcla de Sherlock Holmes y el padre Brown, irá estableciendo (mediante un relato dentro del relato), sus propias conjeturas añadidas a los hechos que efectivamente conoce, hasta lograr desatar el nudo.

Divertidísimo ejercicio policial de un narrador magistral, Humo es un relato capaz de recordarle a un lector contemporáneo, lo genial que se la puede pasar cuando a uno le cuentan una historia con entusiasmo, ingenio, talento e intenciones adecuadas a la materia que se tiene entre manos. Entretenimiento del bueno.

En aquel instante debimos haberlo adivinado. Estaba allí, tan a la vista como una mano desnuda. Debimos haber sentido a ese alguien presente en la habitación, que sentía a su vez que Stevens había provocado la aparición de ese horror, de aquella indignación, de aquel furioso deseo de hacer retroceder el tiempo un segundo, de desdecir, de deshacer. Pero quizás aquel alguien no lo había advertido todavía, no había sentido el golpe, el choque, así como durante un segundo o dos un hombre no sabe que ha sido herido de bala.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Smoke (1932).
Traducción: Lucrecia Moreno de Sáenz.
Editorial: Alianza Editorial, Madrid, 1996.
ISBN: 84-206-4698-9

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