El destino de un hombre, Mijaíl Shólojov

Shólojov
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Es la primavera de 1946. En la región del Alto Don, el río se vuelve caudaloso por los deshielos y los lagos se hinchan sobre la tierra. El narrador de este relato pertenece a una especie de cuadrilla de trabajo destinada a Bukanóvskaia. Para cruzar el lago Elanka, él y su compañero deben hacer dos viajes en una barcaza frágil y desvencijada conducida por un viejo barquero. El cruce tarda una hora. El narrador cruza primero y la barcaza parte a buscar al restante. Entonces, aparecen un hombre y un niñito. El recién llegado, del que pronto sabemos que también fue soldado, establece con el narrador una inmediata intimidad y, ante la perspectiva de la espera de dos horas que resta antes de que vuelva la barcaza, comienza su historia de este modo:

A veces se pasa uno la noche en vela, escudriñando en la oscuridad con ojos ciegos, y piensa: “Vida, ¿por qué me trataste tan despiadadamente? ¿Por qué me has castigado de este modo? Y no tengo ninguna respuesta, ni en la oscuridad ni a la luz del sol… No la tengo, ¡ni la espero!

El relato, a partir de este punto, será la explicación del surgimiento de ese dolor (y el hallazgo de su consuelo). Andrei Sokolov cuenta su vida con la sencillez de los hombres sencillos. La forma en que conoció a su esposa Irina y cómo pasó de trabajar en la fábrica a ser camionero; la llegada de sus tres hijos, las dos niñas y el varón, Anatoli; los cambios de su vida, el orgullo de su casa en Vorónezh, donde tenían dos cabras gracias a las que sus hijos podían comer gachas con leche.

Viví de esta manera diez años, sin darme cuenta de cómo pasaron. ¿Qué son diez años? Pregúntale a cualquier hombre de edad si se ha apercibido de cómo fue su vida, y te dirá que no se ha dado cuenta de nada. El pasado es igual que esa estepa lejana, envuelta en niebla. Por la mañana, iba yo por ella, y todo estaba claro en derredor, pero después de andar veinte kilómetros, se cubrió de niebla y ahora no se distingue desde aquí el bosque de la maleza, ni las tierras aradas de los campos segados.

Llega la guerra y Sokolov es reclutado. La escena en la que se despide de su familia en la estación del tren es desgarradora. Sokolov marcha al frente, su tarea es conducir un camión para suministrar municiones a la infantería. Es herido en varias oportunidades antes de caer prisionero de los nazis, que lo conducen a Alemania junto a otros prisioneros rusos, para trabajar en los campos, previa aniquilación de todo judío, comunista u oficial de alto rango. Una vez en Alemania, Sokolov da muestras en más de una ocasión de su inquebrantable dignidad, una dignidad que, pese a ser recia, no es de ningún modo insensible. Y si bien hay que decir aquí que Shólojov (notarán ustedes la similitud entre el apellido del autor y su protagonista) hace una estupenda propaganda del soldado ruso, lo cierto es que El destino de un hombre excede con mucho e rótulo de literatura panfletaria, que podría atribuírsele sólo gracias a una flagrante mala intención histórica. Sokolov es un comunista convencido, esto es verdad, un comunista consecuente, también, y un patriota exacerbado (que luego de dos años como prisionero, cuando finalmente logra huir, pide ser devuelto a las filas apenas sea posible), pero si algo nos ha otorgado el tiempo es la capacidad de tomar una obra como esta y desgranar lo que de ella hay de circunstancial para quedarnos con su sabor más perdurable. Y lo perdurable de este relato no es, de ningún modo, la devoción bélica de Sokolov ni su compromiso inquebrantable con los preceptos del stalinismo. Lo que sobrepasa a la gran historia nacional, aquí, es la pequeña historia personal de un hombre que lo ha perdido todo y que se encuentra en su camino con alguien más desvalido que él: un huérfano de la guerra. Una y otra vez, ve al costado del camino al pasar en sus viajes al niño (“Pequeñito, harapiento, con la carita toda manchada de jugo de sandía, lleno de polvo y mugre”), hasta que un día se detiene, lo invita a subir y ocurre esto:

-¿Dónde está tu padre, Vania?
Contestó en un susurro:
-Murió en el frente.
-¿Y tu mamá?
-La mató una bomba en el tren, cuando íbamos de viaje.
-¿Y de dónde venían?
-No lo sé, no me acuerdo.
-¿Y no tienes aquí ningún pariente?
-Ninguno.
-¿Y dónde pasas las noches?
-Donde puedo.
Sentí la quemazón de una lágrima ardiente que no acababa de brotar y decidí en el acto: “¡Pasaremos juntos las penas! Lo prohijaré”. Y al instante se me alivió el alma, como si entrase en ella un rayito de luz. Me incliné hacia él y le pregunté quedo:
-Vania, ¿y tú no sabes quién soy yo?
El pequeño inquirió con un hilillo de voz:
-¿Quién?
Y yo le respondí, muy bajito también:
-Soy tu padre.

Calificación: Excelente
Título original: Sudbá cheloveka (1956-1957)
Traducción: A. Herraiz.
Ediciones en Lenguas Extranjeras (Progreso), Moscú, 1971.
ISBN: No figura.