Tierra y cenizas, Atiq Rahimi

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Rahimi

En alguna parte de Afganistán, al norte de Kabul, en un puente sobre un río seco se encuentra el anciano Dastguir, que necesita ver a su hijo Murad. Murad está trabajando en el fondo de una mina de carbón, a unos kilómetros de allí. Junto a Dastguir está Yasín, el pequeño hijo de Murad. Ambos esperan que pase un coche que los lleve hasta la mina. Mientras esperan, Dastguir no puede alejar de su mente lo que tiene que decirle a su hijo: su aldea ha sido bombardeada por los rusos, todos están muertos, su madre, su esposa, sus demás hijos. Todos muertos. Sólo ha sobrevivido él y el pequeño Yasín, que ha quedado sordo como resultado de las explosiones.

La bomba era muy fuerte. Lo derrumbó todo. Los tanques se llevaron la voz de la gente. Se quedaron hasta con la voz del abuelo. Mi abuelo ya no puede hablar. Ya no puede regañarme…

La estadía de Dastguir en el puente (tan metafórico como literal) es una pesadillezca confusión que lo lleva a parecerse a sí mismo como un niño, no como el padre de su hijo sino como el hijo de su hijo, de modo que ya en realidad no sabe a qué va a la mina, si a clavar en el corazón de Murad el puñal de la desgracia o a buscar consuelo en él, a abrazarse a la vida de Murad, que es lo único que queda en el mundo que lo retiene.

Narrada con un estilo preciso, a veces parco y directo, otras veces onírico y lleno de símbolos, Rahimi dosifica su lirismo con destreza, de modo que las páginas se suceden unas a otras como los pasos de un hombre por un mausoleo, con esa sutil mezcla de respeto, reverencia y comprensión del dolor ajeno. Todo es árido en la historia, todo es piedra, polvo y carbón. Narrada en una segunda persona que entra y sale de registro, situando al lector todo el tiempo dentro y fuera de la cabeza de Dastguir, uno llega a sentir que puede entender la dimensión de su pena. Pero eso no es cierto. Lo que las palabras pueden hacer tiene un límite, de modo que ellas pueden acercarte sólo a cierta distancia de lo verdadero, el último tramo hacia esa verdad se recorre en silencio.

-¡Ya es un hombre, anciano! ¡Tienes que decírselo! Debe aceptarlo. Algún día se enterará. Es mejor que lo sepa por ti, que estés a su lado y compartas su dolor. ¡No lo dejes solo! Hazle comprender que así es la vida, que no está solo, que tú y su hijo están con él… Que tú eres su sostén y él es el tuyo. Que esta desgracia es común. La guerra no perdona…
Mirza Qadir acerca la cabeza a la ventanilla y baja la voz:
-La ley de la guerra es la ley del sacrificio. En el sacrificio, o bien la sangre está en tu garganta o está en tus manos.
Invadido por un sentimiento de impotencia, preguntas maquinalmente:
-¿Por qué?
Mirza Qadir tira la colilla y prosigue con el mismo tono pausado.
-Hermano, la guerra y el sacrificio siguen la misma lógica. No hay explicación. Lo importante no es ni la causa ni el resultado, sino el acto en sí mismo.
Se calla. Busca en tu mirada el efecto de sus palabras. Mueves la cabeza como si hubieras comprendido sus argumentos. En tu fuero interno te preguntas qué lógica puede tener la guerra. Todas esas palabras son muy bonitas, pero no remedian tu dolor ni el de tu hijo.

Calificación: Muy bueno
Título original: Jakestar-o-jak (1999)
Traducción: Masoud Sabouri.
Ediciones Lengua de Trapo, Madrid, 2001.
ISBN: 84-89618-63-1.