Suspense, Patricia Highsmith

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Highsmith

Este es el tipo de libros que los editores, sobre todo en el mundo anglosajón, adoran que sus autores escriban. El manual del “ahora hazlo tú mismo” o el “evangelio según este observador” o “no es para que lo copies tal cual te lo digo pero quizás algunos de estos consejos te sirvan y este libro se venda”. En realidad estos libros en los que los autores muestran la cocina de su trabajo, desde un registro gruñón o altisonante o desde un susurro amistoso, según el caso, quizás sean más disfrutables para los lectores, a secas, que para la mayoría de los aprendices a escritor, a quienes están por lo general dirigidos. Puede ocurrir que los consejos cuadren a una sensibilidad y a una noción del oficio o que no cuadren. Eso es lo variable. Pero es mucho mejor acercarse a este tipo de escrituras como la revelación de una forma de observar. Sobre esto último puede encontrarse un notable punto de reflexión acerca de las quizás hoy tan trilladas escrituras de género. Habría que ver si Highsmith encaja, como escritora mujer, en los supuestos que rondan al respecto. Cuando leemos aquí que ella ha buscado de manera permanente un tipo de narrador omnisciente masculino por sobre uno femenino, tal afirmación tiene mucho para hacernos pensar. Y más si la explicación que da es la de que el principio que dirige al hombre puede resumirse en la expresión “lo haré”, mientras que el de la mujer en el de “no puedo”. Se trata de la misma mujer que escribió esa gran colección de cuentos titulada “Pequeños cuentos misóginos”.
Patricia Highsmith tiene la suficiente destreza y originalidad como para ofrecer el pequeño mundo de un escritor al comienzo de su edad madura, y que eso sea ya suficiente. Pienso en algo así porque es probable que el título en español de este libro espante, y con razón, a más de uno que no esté familiarizado con lo que sea que se designe con el nombre de “escritura de suspenso”. Sin embargo, Highsmith es una escritora profunda, clásica… Sus sugerencias y opiniones sobre cómo dar con una buena idea, o cómo mantener el interés del lector o dotar a los personajes de cierto volumen ético son universales. De hecho, la cuestión ética o la cuestión moral parecen regir los principios de escritura que Highsmith busca permanentemente cercar capítulo a capítulo. Es por eso que uno entiende por qué la fina sensibilidad de esta mujer se lanzó frenética sobre este derivado del género policial que es el “suspenso”. La necesidad de explicar la conducta humana, el verdadero misterio de las motivaciones humanas, debe de ser lo que guió a Highsmith hasta dichos parajes (ver cita). Un punto fuerte de este libro son además las anécdotas que aparecen desperdigadas cada tantas páginas, esas pequeñas historias en las que la autora detalla momentos de su vida o de su trabajo en particular. No representan un gran número dentro de todo el conjunto, pero funcionan como un faro para guiar en el difícil trayecto en el que se puede transformar la escritura.

Desde el punto de vista dramático, los criminales son interesantes porque, al menos durante un tiempo, son enérgicos, libres de espíritu, y no se someten ante nadie. Yo, en cambio, soy tan cumplidora de la ley que me pongo a temblar frente a un aduanero aunque no lleve nada de contrabando en mi equipaje. Tal vez, dentro de mí exista un impulso criminal serio y muy reprimido, de lo contrario no me interesarían tanto los criminales o no escribiría sobre ellos con tanta frecuencia. Y pienso que muchos escritores de suspenso -excepto aquellos cuyos héroes o heroínas juegan el papel de la parte injustamente tratada y victimizada, mientras que los criminales permanecen fueran de escena y son repugnantes o están condenados- tienen que sentir alguna clase de simpatía e identificación con los criminales, pues, de no sentirla no se verían emocionalmente involucrados en los libros que escriben. En este aspecto, el libro de suspenso es bien distinto del relato de misterio. El escritor de suspenso, por lo general, consagra mucha más atención a la mente del criminal, porque usualmente el criminal es tratado en el transcurso del libro y el escritor debe saber cómo describir lo que pasa por su cabeza. Y esto es imposible a menos que el escritor simpatice con él.
La pasión del público por la justicia me resulta aburrida y artificial, ya que ni a la vida ni a la naturaleza les afecta si la justicia se lleva a cabo o no. El público, o al menos el público en general, quiere asistir al triunfo de la ley, aunque al mismo tiempo le guste la brutalidad. No obstante, la brutalidad debe permanecer al bando de los buenos. Los héroes-detectives pueden ser brutales, carecer de escrúpulos sexuales, pegarles puntapiés a las mujeres y seguir siendo populares porque, se supone, andan tras algo mucho peor que ellos mismos.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Plotting and writing suspense fiction (1966).
Traducción: Débora Vázquez y Matías Serra Bradford.
Editorial: Ñ / Norma, Buenos Aires, 2011.
ISBN: 978-987-07-1183-4

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