Elegía, Philip Roth

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Roth

Novela de difuntos y deudos, funerales y entierros, enfermedad, convalecencia y fin. En un cementerio judío de Nueva Jersey entierran a un publicista jubilado de setenta y un años. Asisten al funeral aquellos que compartieron con él su vida en algún momento, se acercan por turnos a la fosa abierta, arrojan un puñado de tierra dentro, un puñado de palabras y eso es todo. Con la misma lentitud con la que un grupo de dolientes abandona un cementerio luego de los ritos, así comienza la historia. La estructura espiralada que Roth utiliza en su narración tiene una poderosa y sutil virtud, la de generar la ficción de naturalidad, es decir, la de ir evolucionando de una cosa a otra sin que el lector llegue a preguntarse la pertinencia de lo que se le está contando. Es decir, el lector sigue pasando las páginas de esta novela llevado por la convicción (amable y serena, pero inquebrantable) de la voz narrativa. Esa voz está convencida de la importancia de su historia, una importancia que no está sustentada en su excepcionalidad, sino más bien en lo contrario, en la comprensión del increíble valor de una vida corriente y de una muerte igual de corriente. Dicho así puede no sonar a cosa nueva o reveladora, es verdad, pero de todos modos habría que preguntarse si hay que leer ficción buscando eso, revelaciones novedosas, cuando en realidad lo que parece que falta (lo que falta con desesperación), es precisamente lo que Roth propone aquí, una reflexión honesta y sencilla, una mirada sin pretensiones artificiales, un poco de talento despojado de cualquier afán de espectacularidad.

Vuelvo a lo de la estructura espiralada. Lo que hace Roth es avanzar por un sendero de la vida de su protagonista durante un buen rato. En ese avance hay una trama principal de la que se abren tramas adyacentes que no son recorridas en ese momento, pero más adelante, cada puerta que fue entreabierta será abierta del todo y cada pasadizo será recorrido. Una vez más, otras puertas se entornarán y quedarán así hasta que les llegue el turno. Todo conectará, al final, pero no como puede conectar un aparato mecánico u electrónico, no con esa frialdad, sino como pueden atarse, uno a uno, los nudos de una red tejida a mano por un pescador hábil y paciente.

Siendo como es una novela de senectud y mortalidad, hay que señalar que esta puede no ser “la novela reconfortante del mes” (Woody Allen diría que si buscamos experiencias reconfortantes mejor nos consigamos un masaje de pies), pero lo cierto es que más allá de la desesperanzada forma que Roth tiene de encarar el tema de la decadencia y la muerte (para empezar, acá no hay místicas posibilidades del alma inmortal, acá hay tierra, huesos, vacío y silencio), no sería justo pasar por alto el vitalismo que trasluce la prosa, en todo momento, aún en los más oscuros. Hay tristeza, claro está, porque, como se dice en algún momento por ahí: “Porque la fuerza más intensamente turbadora de la vida es la muerte. Porque la muerte es muy injusta. Porque una vez que has saboreado la vida, la muerte ni siquiera parece natural”.

Y cierro con el que sin duda es mi pasaje favorito de toda la novela, un chico en la playa, una tarde de verano, mientras lo leía pensaba “nadie está más vivo que un muchacho recién salido de mar” (perdón por la extensión de la cita pero creo que lo vale):

O quizá lo mejor de la vejez fuera solo eso, el anhelo de lo mejor de la infancia, del brote tubular que era entonces su cuerpo y que surcaba las olas allá a lo lejos, donde empezaban a formarse, las cabalgaba con los brazos extendidos y las palmas unidas, como una punta de flecha, y el delgado resto de su cuerpo le seguía como un astil, y se dejaba llevar hasta que rompían, hasta que su caja torácica rozaba los pequeños y aguzados guijarros, las conchas melladas o pulverizadas en la orilla, y entonces se levantaba, volvía a dar media vuelta y se adentraba tambaleándose en el agua hasta que le llegaba a las rodillas y era lo bastante profunda para zambullirse y nadar como un loco hacia las olas que se erguían, hacia el verde Atlántico que avanzaba inexorablemente a su encuentro como la realidad obstinada del futuro, y, si tenía suerte, llegaba a tiempo de atrapar la siguiente gran ola y la siguiente y las posteriores, hasta que la luz del sol poniente que brillaba en el agua le indicaba que era hora de marcharse. Corría a casa descalzo y mojado y salado, recordando el poderío del inmenso mar que bullía en sus oídos y lamiéndose el antebrazo para saborear la piel recién bañada por el océano y horneada por el sol. Junto con el éxtasis de todo un día retozando en el mar, el sabor y el olor le embriagaban tanto que poco le faltaba para clavarse los dientes, arrancar un pedazo de sí mismo y saborear su existencia carnal.

Calificación: Muy bueno
Título original: Everyman (2008)
Traducción: Jordi Fibla.
Random House Mondadori, Barcelona, 2006.
ISBN: 978-84-8346-529-5.

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