Tom Strong, Alan Moore y Chris Sprouse

Un poquito de historia. Es muy significativo que el nombre de un género, de todo un modo de contar historias (así como los personajes, los asuntos y las intenciones de esas historias), sea definido por el soporte en el que se edita. Es lo que pasó con las historias pulp, así llamadas porque en las primeras décadas del siglo XX, en EEUU aparecieron en unas revistas editadas en papel muy barato -rústico, áspero y amarillento, de inconfundible olor, además, hecho de pulpa de celulosa apenas procesada-, conocidas como Pulp Magazine o Pulp Fiction, a las que se ha reconocido como herederas de los folletines del siglo XIX. Algunas de las más conocidas fueron Black Mask, Amazing Stories, Dime Detective, Horror Stories, Marvel Tales, Oriental Stories, Weird Tales y Startling Stories. En estas revistas se editaban historias “de género”, es decir, policiales, de terror, fantasía, ciencia ficción, policiales, misterio, suspenso y aventura, lo que Umberto Eco podría englobar (y, de hecho, lo hizo), bajo el calificativo de lowcult, ese tipo de cultura de masas que no necesita prerrequisitos para ser comprendida y disfrutada, que es fácilmente asimilable y que rara vez tiene alguna pretensión más allá del entretenimiento y el disfrute. La periodicidad de las revistas pulp hizo que, lógicamente, las historias se serializaran, de modo que los personajes vivían sus aventuras por entregas, aventuras autoconclusivas que a su vez iban construyendo una mitología particular hasta generar auténticos mundos con su propia lógica interna. En estas revistas aparecieron por primera vez algunos de los personajes más populares del siglo XX, personajes que luego encontrarían su lugar en otros medios, tales como los cómics, la radio, la televisión y el cine, hablamos, por ejemplo, de Buck Rogers, Conan el bárbaro, Doc Savage, Solomon Kane, Flash Gordon, Tarzán y El Zorro, por nombrar sólo a un puñado de ellos. Pues bien, en las revistas pulp convivían estos personajes viviendo cada uno sus inverosímiles aventuras en los más exóticos escenarios, el fondo del mar o el espacio exterior, el centro de la Tierra o el corazón de la jungla, los casquetes polares o las cumbres del Himalaya; o incluso viajando a través del tiempo y las dimensiones paralelas para enfrentar a los villanos más extravagantes y maléficos. Absolutamente todo era posible y uno, a la distancia, puede imaginarse muy claramente cuánto se divertían los tipos que inventaban todas aquellas descabelladas tramas donde nada parecía lo suficientemente loco o irreal como para ser descartado. El exceso era una marca de estilo de las historias pulp, la muestra del continuo intento por llevar los límites de lo imaginable más, más y más allá.

Todo muy lindo, pero las cosas tienen un final, y el de las revistas pulp comenzó con la II Guerra Mundial, que encareció el papel -aún el rústico-, hasta volver las publicaciones baratas y masivas, económicamente inviables. El hito que marca el fin definitivo se da en 1957, con el cierre de  la American News Company, la principal distribuidora de los pocos títulos pulp supervivientes hasta esa fecha. Un final definitivo, dijimos… bah, se trata en realidad de un final provisorio, una especie de suspensión inanimada, todo un universo imaginativo que queda congelado durante algunas décadas pero que no muere, no desaparece, no se disuelve en la memoria del siglo y que, como una planta moribunda pero aún no seca, espera un poco de agua y sol, ciertas condiciones favorables, para volver a dar brotes. No es raro que eso pase en esta época nuestra, tan revisionista (muchas veces a falta de ideas nuevas, digámoslo), que dirige la mirada al pasado reciente para ver de qué nos hemos olvidado o a qué puede sacársele todavía un poco más de jugo comercial.

Ahora hablemos un poco de ese genial guionista que es Alan Moore. En 1999, bastante harto de la política de las grandes editoriales con las que había trabajado hasta el momento, crea su propio sello, American Best Comics (algo así como “los mejores cómics americanos”, un título por demás irónico si tomamos en cuenta que Moore es británico), dentro de la editorial Wildstorm. Para su sello, Moore creó ni más ni menos que cuatro series originales, a saber: Tom Strong, Promethea, Top Ten y Tomorrow stories.

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Moore

Y así, tras esta farragosa introducción, llegamos a Tom Strong, la serie que nos ocupa, en la que Moore crea a un héroe a medida que pueda encajar a la perfección en el mundo de los antiguos pulp, un héroe que, por lo tanto, tiene características de numerosos héroes, cuya figura funciona como síntesis y homenaje de toda una época. La cosa es así: los padres de Tom Strong, Susan y Sinclair, naufragan y van a dar a la alejada isla de Attabar Teru, supuestamente desierta. Sinclair es un científico brillante e innovador, pero también es un tipo bastante fogoso y Susan (que está muy bien dibujada por el estupendo Chris Sprouse), tras muchas noches de pasión en la exótica isla, no tarda en dar a luz a Tom, para quien su padre tiene planes bastante precisos. Los planes de Sinclair son un poco crueles, pero todo es en nombre de la ciencia: encierra a su hijo en una cámara de gravedad aumentada y allí lo mantiene hasta que la erupción del volcán (sí, el laboratorio estaba dentro de un volcán supuestamente inactivo, lo que demuestra que la brillantez de Sinclair bien podría ser puesta en duda) hace volar todo por los aires y deja huérfano a Tom a la tierna edad de 11 años. Pero Tom es adoptado por los nativos de la isla, que además habían estado suministrando a sus padres la milagrosa raíz de goloka, una planta que garantizaba una disparatada longevidad, entre muchas otras propiedades. Hasta aquí tenemos a Tom Strong como directo heredero de otros famosos huérfanos: Superman y Tarzán. Aunque excepcionalmente fuerte gracias a haber vivido tanto tiempo en la cámara de gravedad, Tom no es un superhéroe, sino que se define a sí mismo como un cienti-héroe, con un inquebrantable espíritu de aventura y una curiosidad desmesurada, Tom además posee un intelecto sumamente desarrollado que lo lleva a la línea de héroes pensantes en las que podríamos incluir a Batman, a Reed Richards, a Tintín. Es un inventor excepcional y la tecnología juega un papel preponderante en sus historias, que muchas veces se desarrollan a muchos años luz de la Tierra, emparentándose así con Buck Rogers y Flash Gordon. Este collage es absolutamente intencionado, así lo explica el propio Moore:

Tienes que llegar hasta las raíces de los cómics, hasta el momento en que el superhéroe moderno nació: Superman. Si vuelves hasta el estado anterior a eso, encuentras revistas pulp y tiras de prensa en periódicos. La novela de fantasía del siglo XIX. La mitología. La ciencia ficción primeriza. Esas son las cosas en las que se basa el cómic. Yo he intentado volver a ese territorio pre-Superman y extrapolar un futuro distinto a partir de ello.

Sprouse

El resultado es un cómic entretenidísimo, fresco y divertido, en el que Tom es acompañado por su esposa Dhalua y su hija Tesla, además de Solomon, un gorila parlante, y Pneuman, un autómata a vapor, a través de las más insólitas aventuras que incluyen: seres de lava, hormigas gigantes alienígenas, mujeres nazis genéticamente modificadas, un monstruo ancestral salido del imaginario lovecraftiano, aztecas tecnológicamente desarrollados de una dimensión paralela, un cowboy espacial, un devorador de mundos, un villano que puede viajar en el tiempo… en fin, una invitación directa y sin ambages a convertirnos de nuevo en niños (en niños del siglo pasado, si cabe la acotación, un poco más ingenuos y frescos que nuestros actuales infantes, aletargados y sobre-estimulados), más allá de taxonomías, rótulos y clasificaciones despectivas. Suspender la incredulidad. Suspender la hiper-interpretación. Recuperar sin culpas la antigua capacidad de la aventura.

Como cita, una página del #3

Calificación: Muy bueno
Traducción: Ernest Riera.
Norma Editoria, Barcelona, 2007.
ISBN: 978-84-9847-253-0.

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