En los sueños empiezan las responsabilidades, Delmore Schwartz

Schwartz
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“En los sueños empiezan las responsabilidades” es señalado como una de los cuentos más logrados de la narrativa estadounidense del siglo XX. No va por el camino de Hemingway, no va por el camino de Faulkner, y tampoco por el de las modalidades que terminarán en eso que llamaríamos el “realismo sucio” (caminos en los que no se agota ni de lejos la narrativa estadounidense de la época…). El narrador de este relato contempla en un sueño, como si se tratara de la asistencia a una función de cine, los instantes en los que la relación de sus padres se afianza. La comparación del sueño con el cine es especial: “Creo que es 1909. Me siento como si estuviera en una sala de cine, el largo brazo de luz corta la oscuridad, se enrosca, tengo los ojos clavados en la pantalla.” En ambas actitudes, en la del sueño y en la del espectador de una película hay algo regresivo, una dimensión en la que el sujeto entra en una observación y una sensibilidad primordiales de los fenómenos circundantes. Algo en la tibieza de la oscuridad que mece une la sala de cine con el vientre materno, pero estas asociaciones cortan hacia el lado de la psicología. Donde llega la psicología tenemos… psicología. Y “En los sueños…” es de ese tipo de historias en las que uno no quisiera que otro lenguaje se le encastrase. El relato habla por sí mismo y lo que late debe latir. Así y todo, Delmore Schwartz se hunde en una de las grandes pasiones de muchos: el origen de cada individuo como la resultante de dos historias de otros dos individuos. El narrador contempla a su padre cortejando a su madre, y a su madre siguiéndole el juego en el entorno de la comunidad judía neoyorquina de principios de siglo; contempla cenas, paseos en ferry, etc., como esos detalles en los que las vidas de sus padres se unirán, pero también como posibilidades de un relato. Es, en definitiva, la narración sobre el reconocimiento de la propia individualidad entendida como un relato. Si nuestra vida es algo, sea lo que sea, ella debería estar determinada por la vida de nuestros progenitores, y la vida de ellos es, para nosotros, no algo directo, sino algo diferido: otros relatos. Observar esos relatos, con sus sombras, sus vacíos y sus pasajes difuminados es una experiencia que casi no podría admitir réplica, si es que uno mismo pudiera acceder a ella. Incluso una fisura, como le sucede al narrador cuando halla un momento en el que su padre puede enviar al traste a su madre y evitar décadas de penurias con hijos infelices, incluso enfrentarse a esa misma fisura en la que el hijo se inclina hacia la pantalla y le grita a su futuro padre que la deje, que se olvide de esa mujer caprichosa, es abismarse a lo inquietante. Como lo sugieren tanto el título como el final de la historia, algo se termina en esa contemplación, del mismo modo en que se nos hubiera dado un poco de tiempo para pensar una cosa con la mayor claridad posible, y antes de que la vida misma llame con toda su fuerza.

Mientras dan cuenta de la cena, mi padre cuenta sus proyectos de futuro y mi madre se esfuerza en poner una cara que muestre cuán interesada y encadilada le tiene. Mi padre está eufórico. Se deja arrastrar por el vals que están tocando y el futuro que tiene ante sí le va nublando el pensamiento. Cuenta a mi madre que tiene previsto ampliar el negocio, el dinero está ahí, sólo hay que cogerlo. Quiere sentar cabeza. Bien mirado, tiene ya veintinueve años, ha vivido por su cuenta desde los trece, cada vez gana más dinero y siente envidia cuando visita a sus amigos casado y ve esas casas tan hogareñas y reconfortantes, esa vida entre placeres domésticos y aparentemente tranquilos, con niños encantadores, y es en ese instante, justo cuando el vals alcanza su apogeo y todas las parejas de baile giran con locura, es en ese instante cuando, armándose de valor, pide a mi madre que se case con él, sin poder ocultar, junto a la emoción, la incomodidad y perplejidad por haber sido capaz de dar el paso, pero para colmo de males ella empieza a llorar y mi padre dónde mirar ni qué hacer en este trance, y entonces mi madre dice: “No he querido otra cosa desde el día que te conocí”, sollozando, y a él todo se le antoja muy complicado, casi de mal gusto, muy distinto de cómo se lo imaginaba en sus largos paseos por el puente de Brooklyn, envuelto en la irrealidad de un cigarro puro (…)

Calificación: Bueno.
Título original: In dreams begin responsabilities (1937).
Traducción: Albert Fuentes y Xavier Zambrano.
Editorial: Alpha Decay, Barcelona, 2010.
ISBN: 978-84-92837-07-6