El certificado, Isaac Bashevis Singer

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Singer

En las novelas conocidas como “de iniciación”, los primeros contactos de un joven o una joven con el mundo son los responsables del conflicto que mueve la historia. Recién salidos de la protección del círculo familiar y puestos ante el desafío de apropiarse de su vida, estos personajes viven en una tensión constante que acaba por definirlos. En el inicio del camino se anuncia todo el camino, y si ya de por sí el pasaje de una edad a otra es traumático, pues conlleva el enfrentamiento entre el mundo íntimo y el mundo externo, lo será mucho más cuando aquel mundo externo se encuentre convulsionado por circunstancias excepcionales. Y eso es lo que le ocurre a David Bendinger, que se ve enfrentado a la dura tarea de tener 18 años en la Varsovia de 1922. Polonia acaba de ser declarada República, luego de una larguísima historia de dominación extranjera, y está bajo el poderoso influjo de la Revolución Rusa de 1917, en un vórtice geográfico y político de presiones cruzadas entre ingleses y rusos. Hijo de un rabino, David ha perdido su puesto como maestro en una escuela de provincias y ha llegado a Varsovia sin un zloty (moneda polaca) en el bolsillo. Debe decidir si prueba su suerte en la ciudad o si regresa al pequeño pueblito de Byaledrevne, donde su familia malvive.

David es un judío muy poco judío en un mundo dividido entre judíos y antisemitas. No siente ninguna simpatía por los bolcheviques y el fanatismo revolucionario le parece bastante ingenuo. Su mente se refugia en la Ética de Spinoza y en fantasías infantiles que más de una vez casi le cuestan ser atropellado. Perdido en disquisiciones filosóficas sobre Dios, la naturaleza del tiempo y el espacio, y la definición real del pueblo judío, David se remite no al estatismo, si no a liberarse al influjo de las fuerzas que lo rodean: las mujeres que conoce, Sonia, Edusha y Minna; y el burócrata Dov Kalmensohn, quien le proporciona a David el certificado que da título a la novela. Para explicar lo del certificado hay que hacer un poco de historia, la historia de Palestina a comienzos del siglo XX.

En 1917, el Ministerio de Asuntos Exteriores británico emitió la Declaración de Balfour, en la que promovía la idea del establecimiento del pueblo judío en Palestina. En 1920, Palestina fue adjudicada al Reino Unido para su administración por un Mandato de la Sociedad de Naciones. Para convertirse en poblador de la Palestina judía había que ser poseedor de un certificado emitido por el gobierno británico. Para miles de judíos, este certificado equivalía a un futuro. El dilema al que se enfrenta David Bendinger es que los judíos polacos prefieren usar sus certificados en judíos casados, lo que dio lugar a una ola de matrimonios por conveniencia. Mujeres que con tal de salir de Polonia se casaban con el poseedor de un certificado, para luego divorciarse y casarse nuevamente en Palestina. En el caso de la novela, es el propio Dov Kalmensohn el que arregla la boda ficticia entre David y Minna (hija de un rico judío arruinado).

-Ah, entiendo. Entre los sionistas todo es ficticio. El movimiento sionista no es más que una ficción. Pero no se aflija, no es culpa suya. Usted es una víctima de las circunstancias. El capitalismo lo ha torcido todo de tal manera que será necesario enderezarlo.

-¿Quién enderezará a quién? ¿Un jorobado enderezando a otro?

El talento de Singer logra sortear numerosos obstáculos para elaborar una novela que, a pesar de ser un híbrido entre el ensayo político-filosófico-histórico y la narración convencional, refleja con sensibilidad emotiva las tribulaciones de los hombres de un tiempo fronterizo, un tiempo que se vivía como el fin y el comienzo de algo, aunque unos mirasen el futuro con desconfianza, otros esperanzados y el resto con el más puro terror. Probablemente Singer podría haber tomado las ideas que aparecen en esta novela para expresarlas de un modo más directo (en un discurso, un artículo de corte ensayístico, una crónica periodística), pero es difícil pensar que eso habría logrado generar un mensaje más verdadero o con más sabor a verdad.

El certificado apareció por entregas, en 1967, en un periódico yiddish neoyorquino. Isaac Bashevis Singer (1904-1991), obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1978. Es el único escritor en lengua yiddish que lo ha ganado.

Sentía que a mi vida le faltaba coherencia. Era como una novela enmarañada, con pasajes de negrura y tensión, demasiado dolorosa para leerla y demasiado fascinante para dejarla.

Calificación: Muy buena
Título original: The certificate (1992)
Traducción: Teresa Snajer.
Ediciones B, Barcelona, 2006.
ISBN: 84-666-2305-1.

De amor de locura y de muerte, Horacio Quiroga, Luciano Saracino

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Empecemos aclarando algo: los 18 dibujantes argentinos y españoles que integran este libro (Abril Barrado, Poly Bernatene, Hernán Bruno, Diego De Rose, Max Fiumara, Sebastián Giacobino, Dante Ginevra, Diego Greco, Infame & Co., Ricardo Jurado, Nelson Luty, Manu Ortega, Fernando Rossia, Fernando Sawa, Franco Spagnulo, Catriel Tallarico, Julián Totino Tedesco y Juan Manuel Tumburús) son excelentes. Lo repito por si las dudas: excelentes. No hay uno ni siquiera de relleno, del montón, puesto ahí cómo para completar. Los 18 artistas son virtuosos absolutos y el libro con su inclusión gana en otro aspecto, al menos en mi caso, que es el de presentar una verdadera camada de artistas nuevos o poco conocidos (insisto, para mí) de manera estupenda, en una edición además increíble, pocas veces antes vista por estos lados del mundo.

El guionista Luciano Saracino (responsable de la idea original del libro y seleccionador de semejante casting de autores) toma el libro legendario del salteño Horacio Quiroga “Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte” y lo adapta íntegramente a historieta. Saracino es un autor con oficio y eso se trasluce en todas las historietas que aquí se presentan. Son al mismo tiempo notables adaptaciones, concientes del material original al que le son absolutamente fieles, e historietas redondas, sólidamente narradas, en muchos casos prodigio de ritmo, secuencia y narrativa. Saracino encara con mucha altura la obra que tiene por delante y las responsabilidades que conlleva. Adaptar a Quiroga no es para cualquiera y, además, responder de manera tan pareja para 18 maneras distintas de ver este arte podría haber dejado en falso a más de uno. En cambio, Saracino sale airoso en su tarea de “vestir con trajes nuevos un conjunto de historias perfectas” como dice él mismo desde el prólogo del libro.

Saracino
Quiroga

Evidentemente, como en todo recopilatorio de historias breves, hay una selección de preferencia que se marca según el gusto de aquel que la lee. En el caso de quien escribe, debo reconocer que encontré las adaptaciones de aquellos cuentos que conocía con más familiaridad (“La Gallina Degollada”, “El Almohadón de Plumas”, “A la Deriva”) demasiado breves. Los cuentos que adaptan son así mismo breves, es verdad, pero la contundencia que logra Quiroga en estos relatos, que es la de una pedrada en la cabeza, no es 100% transmitida en estas adaptaciones. Es así, lo que funciona para un lenguaje no necesariamente funciona para otro. En cambio, destaco (y coincidencia no menor, son algunas de las historietas más largas del libro) un quinteto de adaptaciones, que coinciden además con cuentos que me eran desconocidos (por tanto, estimen si mi selección no se desmarca ante el entusiasmo de la novedad). Estás son: “Los Buques Suicidantes” con dibujos de Infame & Co. (a quién no conocía hasta aquí y pasa a integrar mi lista de imprescindibles); “Muerte de Isolda” con Julián Totino Tedesco (responsable junto a Diego Agrimbau de algunos unitarios notables en “Fierro”); “El Solitario” junto al imprescindible Dante Ginevra, un autor sorprendente que no se cansa de asombrarme cada vez que le conozco una obra nueva; “Los Mensú” junto a Diego Greco (veterano de revista “La Murciélaga”, otra recomendación para usted incauto lector) y la mejor del libro “La meningitis y su sombra”, no tanto por el trabajo de Franco Spagnolo (que es muy bueno) sino porque es la historia más redondita del libro que sale de la pluma de Saracino.

En suma, una notable selección de artistas con guiones de uno de los escritores ascendentes de la actualidad, que a su vez, es un muestrario de algunos de los mejores cuentos escritos por esta parte del mundo y una nueva manera de acercarse a la inmortal obra de Horacio Quiroga. Muy recomendable.

Como cita, página de “El Solitario” por Dante Ginevra

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Pictus, Buenos Aires, Argentina.
ISBN: 978-987-1534-34-0

El poder invisible, Alicia Escardó Végh

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Escardó

Este libro obtuvo el primer premio en el Concurso Internacional de Cuentos organizado por la Casa Quiroga y la Intendencia de Salto. Su reciente edición en Lectores de Banda Oriental nos predispone a esperar, de aquí en adelante, la aparición anual de la obra ganadora del concurso en la misma colección. Pensar, pues, que se trata de una excepción estimulada por la destreza narrativa del libro sería, a la luz de su contenido, un juicio improbable o por demás generoso.

Compuesto por 21 cuentos breves distribuidos en tres secciones, “El poder invisible” pretende indagar en las formas solapadas, cotidianas e incluso domésticas del poder, ese poder no legitimado u ostentado por un organismo, título o emblema como en el caso de un rey, sacerdote o jefe militar. Hablamos de un poder que corre el riesgo de pasar inadvertido ante la mirada histórica y sociológica; una forma de supremacía que se ejerce a diario cara a cara, y que de ser inquirida podría desembocar en los orígenes de la especie. De ahí que cada relato se aplique a la demostración de poderes como el poder burocrático, el poder físico, el poder de la ignorancia, el poder del dinero, del secreto, de la verdad, etc… El tópico es milenario y cuenta con grandiosos antecedentes tanto en la literatura como en el campo neto de las ideas. Desde Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo, pasando por Sartre y su peyorativa –aunque fundamentada- visión del prójimo, hasta llegar, por ejemplo, a la “voluntad” Adleriana, el poder es y ha sido un factor determinante y omnipresente de la conducta, esencial para comprender los procesos por los que el individuo se crea y se afirma.

La tesis resulta interesante, pero a veces con una buena idea no basta. Dada en un contexto narrativo, cuanto mejor es la idea más fácilmente corruptible se vuelve en caso de no apropiarse de un vehículo adecuado y fiel a su verdadera fuerza. Ya en el prólogo, y no sin algo de eufemismo, Jorge Albistur ensaya una justa advertencia a este respecto:

Su primer libro no deberá ser tomado como una obra madura y definitiva, sino como el indicador de una posibilidad, un rumbo o proyecto narrativo,  una experiencia que será ahondada y corregida, una escritura seguramente perfectible todavía.

Desde el inicio, la lectura se convierte en una perpetua constatación de estas palabras. Véase cómo las primeras líneas del primer cuento, titulado “Empleado se busca”, demuestra una prosa cargada de abscesos que confirman, además de una desafianza en el lector, cierta inoperancia para dotar al lenguaje de una significación justa y cabal:

 Los fragmentos del ventanal cayeron al piso un instante después del estruendo provocado por la rotura del vidrio, que alteró la calma de la noche.

Por otra parte, y al margen de las fallas formales, cada relato parece sucumbir al vórtice deletéreo de los lugares comunes. Si bien puede entenderse que cierta descripción de los movimientos y espacios domésticos son poco menos que ineludibles para quien pretende situar y examinar la zona de conflicto donde ocurren los abusos de poder, es válido el reproche de que esa construcción de ambiente en la mayoría de los casos no va más allá de eso: una construcción de ambiente necesaria y hasta confirmatoria de la tesis pero enemiga de la historia, sus conflictos y sus personajes.

Calificación: Malo.
Editorial: Banda Oriental, Montevideo, 2011.
ISBN: 978 9974-1-0689 -5

El tejedor, James Sallis

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Sallis

El tejedor es la primera novela de la serie de Lew Griffin. Lo que hace Sallis aquí tiene su riesgo, nos presenta a su personaje de un modo muy poco usual, mediante cuatro casos aislados (pero vinculados por una fuerza que los atraviesa) a lo largo de cuatro décadas, de modo que en apenas 220 páginas asistimos a un pantallazo general de casi toda la vida de Griffin. Los cuatro casos funcionan como relatos independientes, pero apuntan a un objetivo más lejano: la configuración de Griffin como un personaje denso e intrincado que revela una arista nueva ante cada nuevo desafío. Cada misterio ronda un núcleo común: alguien ha desaparecido. Primero, en 1964, Corene Davis, una joven activista por los derechos de los negros; luego, en 1970, Cordelia, una niña que aparentemente ha escapado de la casa de sus padres en un pueblito semi-rural; en 1984, Cherie, la hermana de un pederasta reformado al que Griffin conoce en un refugio para gente sin hogar; y al final, en 1990, David, el hijo del propio Griffin. Siempre que uno busca algo, en el camino encuentra otras cosas, muchas veces uno querría no haberse enterado de nada, ir directamente al final de la historia con los ojos cerrados, como si eso fuera posible.

Griffin es un mediador, un hombre que vive en la frontera móvil de un mundo asediado por una brutalidad que si en algún momento tuvo reglas internas que explicasen su lógica, unas reglas que aún en el horror otorgasen a las personas una cierta seguridad, ahora ya las ha perdido. Todo puede ocurrir. Nada es en verdad imposible en un mundo que ha aceptado la ausencia de un sentido universal y que está disparado en infinitas direcciones, en las direcciones personales de cada deseo, de cada temor, de cada ansia. Para que algo suceda, por malo que parezca, basta con que alguien se atreva a ello. Y en un mundo grande y poblado (Nueva Orleáns es una maqueta de ese mundo), siempre habrá alguien que se atreva. Griffin se mueve en ese mundo con perplejidad, con furia, con la cansada y tenaz fuerza de su propia moral, siempre en duda, siempre puesta a prueba. Es como si Griffin estuviese condenado a darle golpes de puño a una larga hilera de bolsas: algunas están rellenas de papel y algunas, de aserrín; otras, de arena; la mayoría, de puros ladrillos. Es imposible que el hombre acabe con la mano sana. No se puede hacer algo contra la peor parte de las cosas sin participar de ese lado, sin ver cuánto de nosotros mismos es el eco de esa tonada, esa parece ser una lección que Griffin aprende lentamente y de la peor manera.

Habla Griffin. Le habla a un negro de metro noventa y cinco de estatura y más de cien kilos de peso, encargado de que una chica se suba a un autobús al que ella no quiere subir.

-Sé que es usted un hombre importante y poderoso, rey, y probablemente esté acostumbrado a que la gente tiemble e incluso algunos se mojen los pantalones cuando habla. Pero me llamo Lew Griffin. A lo mejor le convendría salir a la calle e indagar por ahí antes de hacer algo… precipitado.

El único punto en contra de la edición (que por lo demás es impecable), es la traducción excesivamente castiza, tan llena es españolismos que a veces uno tiene ganas de decir: “Hala, macho, joder con todas esas gilipolleces de los cojones”, y tirar el libro. Pero la fuerza narrativa de Sallis supera eso y uno vuelve como lector cautivo que ya es.

Coda: Este libro es muy musical, y es que, de hecho, James Sallis es un exhaustivo estudioso de la historia del jazz. Por eso, me pareció interesante dejarles, a modo de bonus track, una banda sonora del libro con la lista de las canciones que son mencionadas a lo largo de sus páginas. La lista está compuesta por: Long John Blues (por Dinah Washington); Empty bed blues (por Bessie Smith); Some These Days I’ll Be Gone (por Charlie Patton); Come in My Kitchen (por Robert Johnson); Polly Put Your Kettle On (por Sonny Boy Williamson); Dark was The Night (por Blind Willie Johnson), Pine Grove Blues (por Nathan Abshire); Baby please don’t go (por Big Joe Williams); y Another night to cry (por Lonnie Johnson). Un click aquí y las escuchan todas en orden.

Calificación: Muy buena
Título original: The long-legged fly (2001)
Traducción: Mireia Porta I Arnau.
Editoria Poliedro, Barcelona, 2003.
ISBN: 84-96071-09-X.

La literatura nazi en América, Roberto Bolaño

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Bolaño

Cuando en una ocasión fue entrevistado por el periodista Cristian  Warnken en el marco de la Feria del Libro de Chile, Bolaño se pronunció respecto al destino de la narrativa latinoamericana y remarcó la idea de que ya no era posible escribir una novela al modo de “Sobre héroes y tumbas” o “La invención de Morel”. Una historia contada a la vieja usanza, sostenida enteramente por un argumento lineal, para Bolaño era inviable sin una dosis de juego. Y aquí aparece la palabra mágica y de mayor gravitación en este libro: “juego”.

La literatura Nazi en América puede leerse como una forma de condescender a ese criterio lúdico que hace del juego no un mero condimento, sino más bien una condición a la que se le otorga una primacía o cierto poder de vigilancia. Es, digámoslo ahora, una cuestión de concepto o interpretación de la literatura que en este caso reinstala el dilema de dónde radica ese centro inasible de la “literariedad”,  lo que a su vez conduce al debate de la posición clásica que avala el argumento y la dosis de vida emanada de sus personajes, respecto a la postura moderna que marca una ponderación de la estructura y las maniobras textuales, morfológicas, ajenas a la historia en sí, destinadas más que nada a dinamitar los cimientos del canon.

En el caso que nos ocupa, y ya desde la construcción gramatical del título, Bolaño parece estar  pendiente de urdir una trampa o artefacto literario en vez de un continente de historias. Lo que parece un libro de corte ensayístico y acaso apoyado en una investigación concienzuda y prometedora, resulta ser una puerta falsa que da entrada a un espacio ludópata de biografías ficticias –muy borgeano, por cierto- sobre escritores ficticios que, de un modo rasante o directo, tuvieron contacto con el nazismo y dejaron que su literatura quedara más o menos impregnada por esa ideología.

Pues bien, aunque los primeros textos causen un efecto humorístico por lo sorpresivo o disparatado de las idas y vueltas que hacen a la aventura de cada biografiado, a la larga ese efecto se rompe. El tono monográfico resulta conveniente para crear una atmósfera severa donde la irrupción de lo anómalo o exacerbado remarca el impacto, pero invalida de plano cualquier despunte lírico, incluso la tentativa de penetrar en el espacio psicológico o emocional. Así, la ausencia de fluctuaciones que hacen al relieve de un texto literario provoca a largo plazo una sensación desértica y de llaneza; todo por mantenerse fiel al juego y no dar vuelo a un lenguaje que sonaría inverosímil.

Queda la idea de un libro denso que por su forma tiende a desdibujar las historias y las deja en un espacio duro y homogéneo de la memoria. Un acopio redondo, apelotonado de disparates.

Luz Mendiluce fue una niña preciosa y rozagante, una adolescente gorda y pensativa y una mujer alcohólica y desdichada. Aparte de eso fue, de todos los escritores de su familia, la que tuvo más talento.

La famosa foto de Hitler sosteniendo a la niña de pocos meses la acompañó toda su vida. Enmarcada en un rico trabajo de plata labrada, presidía el salón de su casa junto a varios retratos de pintores argentinos en donde aparecía ella, niña o adolescente, generalmente en compañía de su madre. Pese al prestigio de alguno de sus cuadros no es descartable que en caso de incendio Luz Mendiluce hubiera puesto a salvo de las llamas, antes que cualquier otra cosa, incluidos algunos cuadernos con textos inéditos, la fotografía.

Calificación: regular.
Editorial Anagrama, Barcelona, 2010.
ISBN: 978-84-339-7219-4

Vuelo nocturno, Antoine de Saint-Exupéry

Saint-Exupéry
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Mucho antes de ser conocido en el plano mundial como el autor de “El principito”, Antoine de Saint-Exupéry vivió un tiempo en Argentina. Estuvo a cargo del correo aéreo de la Aeropostal francesa, cuyo epicentro fue Buenos Aires, en una época en la que estos servicios despertaban aún sospechas, sobre todo por sus riesgos. En 1931 aparece publicada “Vuelo nocturno”, una breve novela de Saint-Exupéry que recoge, más que los detalles anecdóticos, los aspectos más profundos e instransferibles de toda esa experiencia vital.
La historia se inicia con Fabien, uno de los tres pilotos que deben llegar antes de la medianoche a Buenos Aires. Fabien, a diferencia de sus dos compañeros, que hacen el trayecto desde Chile y Paraguay, respectivamente, es el encargado de unir la Patagonia con la capital argentina. Fabien atraviesa el cielo del sur del continente haciendo breves escalas en algunos pueblos y dando su ubicación. Una inminente tormenta lo aguarda, una tormenta que llega desde el Pacífico y que de forma insólita parece asomarse hasta el otro océano. Mientras tanto, en el punto de destino está aguardando Rivière, el supervisor y responsable de todas las operaciones. A diferencia de sus pilotos, que son algo así como la parte física, sensorial o elemental del relato, Rivière es el costado racional de todo el asunto. A los extensos pasajes de una descripción asombrosamente sugerente de la experiencia de los pilotos en pleno vuelo, la narración contrapone la estabilidad ordenadora de Rivière desde su puesto, para quien los vuelos son señales en un mapa, sonidos a través de la radio y, por último, unas luces que cortan la noche bonaerense, es decir abstracciones por donde canalizar una idea del desarrollo de la fuerza humana.
Este libro es interesante a partir de por lo menos un punto en particular: nos da otra dimensión de la temporalidad, de la temporalidad en la experiencia humana entendida generalmente en nuestra sociedad occidental. Y lo hace a través del oficio de sus personajes. Un oficio que se sostiene en los bordes de las convenciones, en los bordes de las costumbres comunes y corrientes, al margen del uso del tiempo y sus ciclos. Es la gracia de este tipo de trabajos que no encajan (¿y una ética protestante de por medio?) en el ordenamiento de la experiencia diaria que hacen los demás. Es el encanto de las narraciones hechas por los que no están en el ritmo habitual. Es entonces cuando la experiencia de leer este libro se torna delicada y desconcertante, en el mejor sentido.
La lucha en la oscuridad, intentar trasuntar esa “materia intangible” que implica llevar la correspondencia aérea para los hombres de esta historia, devuelve a sus individuos al mundo, a lo primigenio de una lucha en la que el hombre y su lenguaje no son nada en ocasiones, una lucha en la que el hombre se siente como al comienzo de todos los tiempos.

Cuando el coche se lo llevó a Buenos Aires, en compañía de un inspector taciturno y de Rivière, silencioso, se entristeció: es hermoso salir de un mal puerto, y, al tomar tierra, escupir con vigor unas fuertes palabrotas. ¡Qué potencial de alegría! Pero, en seguida, cuando uno se acuerda, se duda de no se sabe qué.
Bregar con un ciclón, eso, por lo menos, es real, es franco. Pero no lo es la faz de las cosas, esa faz que toman cuando se creen solas. Pensaba:
“Es lo mismo que un motín: cosas que apenas palidecen, ¡pero que cambian tanto!”
Hizo esfuerzos para recordar.
Franqueaba apacible la cordillera de los Andes. Las nieves invernales gravitaban sobre ella con todo el peso de su paz. Las nieves invernales habían llevado la paz a esa mole, como los siglos a los castillos muertos. Sobre doscientos kilómetros de espesor, ni un hombre, ni un hálito de vida, ni un esfuerzo. Sólo aristas verticales, que se rozan a mil de altura; sólo capas de piedras desplomándose verticalmente, sólo una formidable tranquilidad.
Aquello acaeció en las cercanías del Pico Tupungato…
Reflexionó. Sí, es allí, precisamente, donde fue testigo de un milagro.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Vol de nuit (1931).
Editorial: Plaza y Janés, Barcelona, 1980.
Traducción: J. Benavent.
ISBN: 84-01-44072-6

El avispón negro, James Sallis

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Sallis

Época: segunda mitad de la década de los 60’. Lugar: Nueva Orleáns, Louisiana, EE.UU. Situación: La guerra de Vietnam comenzó en 1964. Malcolm X ha sido asesinado en 1965. Un par de estudiantes negros californianos crearon, en 1966, el partido de los Panteras Negras, llevando a la práctica las teorías de Malcolm X acerca del derecho a la autodefensa del pueblo negro (con especial énfasis en el derecho de todo norteamericano a portar armas de fuego). Con la tensión racial en una escalada enloquecida, se suma un motivo más a la locura colectiva: un francotirador comienza a matar blancos desde las azoteas de Nueva Orleáns. Cualquiera y en cualquier parte puede ser el próximo objetivo del asesino que, sin más proclamas que los cadáveres de sus víctimas, está dando un mensaje que suena fuerte y claro: el pueblo negro se ha hartado y ya es capaz de cualquier cosa. Pero Lew Griffin (nuestro narrador), lo dice mejor:

El hombre que cortó el césped de tu jardín el lunes al mediodía y luego se te acercó servilmente en busca de su jornal, el martes por la noche podía volver por tus bienes, tu rango, tu sustento o tu vida misma.

Lew Griffin es el protagonista de una serie de seis novelas de James Sallis -cinco de ellas editadas en España por Poliedro: El tejedor, Mariposa de noche, El avispón negro, El ojo del grillo y Moscardón azul, la única que aún no ha aparecido en español es Ghost of a flea-, y es lo suficientemente marginal (bastante negro, bastante muerto de hambre), valiente y arriesgado (costillas rotas y contusiones cerebrales no le faltan) y buen tipo como para que a uno le caiga simpático rápidamente. Es muy fácil sentir empatía por él. Así lo describe un tipo que ha oído hablar de él:

Su reputación es la más rara con la que yo me haya tropezado. He preguntado. Tres de cuatro personas me han dicho que está como una cabra, el prototipo de las malas noticias y que es mejor cruzar la calle. La quinta o sexta con las que hablé dejarían su vida en sus manos.

Pues bien, el tema del francotirador pronto se vuelve un asunto sumamente personal para Griffin, que ni es policía ni detective, nadie lo ha contratado para que investigue nada, y sin embargo, allí está él, con el agua a la cintura. Lo acompañan un puñado de buenos secundarios (el soplón Doo-Woop; el policía honesto Don Walsh; la prostituta con corazón de oro LaVerne; el periodista incansable Straughter), y si bien las páginas no pasan gracias a la fuerza de un misterio y la inminencia de su resolución, lo que Sallis hace es recrear un momento particular en un lugar específico y contarnos cómo era el aire que se respiraba allí y cómo eran las personas que lo respiraban.

De lectura rauda, la prosa de Sallis, no exenta de gracia y humor, además de buen oído para los diálogos, también guarda espacio para el vuelo poético, esos fulgurantes chispazos de introspección en los que Griffin (que es claramente un alter-ego del autor, un alias que al igual que él ha leído a autores tan variados como Sturgeon, Hemingway, Borges y Goytisolo, pues estamos ante un hombre de acción culto y refinado en su rudeza) revela su mirada, su nostálgica mirada hacia todo lo que lo rodea y hacia sí mismo.

Podrá achacársele a El avispón negro la reiteración excesiva de ciertos recursos o cierta linealidad en la trama que no depara en realidad grandes giros, pero aquí entramos en el terreno sumamente subjetivo de la forma en la que debe valorarse una novela, pues lo claro en este caso es que Sallis ni siquiera se planteó así el asunto. Pienso que todo autor tiene determinadas intenciones al componer su historia, persigue determinados fines, en ese caso, la tarea valorativa del lector debería dirigirse más a entender qué busca el que cuenta y dilucidar en qué medida lo consigue que a poner en tela de juicio esas intenciones. Eso vendría después, imagino. Es decir, si el autor busca conseguir X y de hecho consigue X, ahí hay un mérito, lanzar la flecha y dar en la diana. El lector podrá pensar que a esa diana más valía ni siquiera apuntarle, es verdad, pero ese es un tema que excede la valoración primaria de la obra y que tiene más que ver con la exégesis literaria, una tarea que (gracias al cielo) no a todos los lectores les incumbe ni les preocupa.

A riesgo de desviarme de la novela que ocupa esta reseña, quiero dejar hecho un apunte respecto a este tema: lo que muchos críticos hacen es tratar de establecer una normativa acerca de los temas, como si pudiera fijarse una jerarquía, de modo que puede ser mejor una novela fallida sobre un tema “importante” que una excelente novela sobre un tema “menor”. Esto, creo, también vale para los géneros. Más vale fallar por diez centímetros en la diana de la gran novela americana que dar de lleno en el centro de una buena novela policial. Una idea que es fácil de encontrar en muchas críticas actuales y que sería interesante desarmar para ver qué tiene dentro.

Tardamos en comprender que nuestras vidas carecen de argumento. Al principio nos imaginamos en el centro de grandes luchas entre la luz y la oscuridad, héroes en pijamas o en Levi’s, inmunes a la gravedad que empuja a los demás hacia abajo. Más tarde, urdimos escenas en las que los acontecimientos del mundo giran alrededor de nosotros como lunas, como mariposas nocturnas alrededor de las luces de nuestros porches. Por último, empezamos a comprender, dolorosamente, que el mundo ni siquiera reconoce nuestra existencia. Somos lo que nos sucede, la gente que hemos conocido, nada más.

Calificación: Buena
Título original: Black hornet (1994)
Traducción: Elena de Grau.
Editoria Poliedro, Barcelona, 2004.
ISBN: 84-96071-18-9.

La isla de cemento, J.G. Ballard

Ballard
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Una rápida clasificación ubica a Ballard como un autor de Ciencia Ficción. ¿Pero dónde, exactamente? No pertenece a la rama de la Ciencia Ficción dura, científica, y por cierto que tampoco parece incluirse en la Ciencia Ficción blanda, más volcada a la aventura o lo lírico. Cuando este autor británico empezó a dejar su impronta fuertemente marcada sobre la década del 60, no faltaron quienes terminaron por definir que con él surgía una tercera vía dentro de la CF, una variante psicológica si se quiere. Porque con Ballard importa siempre mucho, mucho más lo que pasa con sus personajes, en la mente de sus personajes, que las circunstancias que los rodean. Dichas circunstancias son invariablemente alienantes. Situaciones aparentemente verosímiles que alcanzan cotas del delirio más pintado.

Justamente, esa es la situación en el libro que aquí nos ocupa (y que de Ciencia Ficción, cabe advertir, no tiene nada). Robert Maitland, un exitoso arquitecto, vuelve a su casa una noche luego de la oficina manejando su Jaguar por la autopista. Va demasiado rápido para su bien, pierde el control y se estrella más allá de un terraplén, en un espacio cubierto de basura y vegetación, una isla delimitada por el cruce de la interconexión de tres carreteras y una reja con desperdicios. Maitland queda malherido, pero ese no es el mayor de sus problemas. De inmediato se percata que nadie, como no lo haría él mismo, se detendrá a ayudarle. La alienación que le es tan grata a Ballard aquí se representa tanto en esos conductores ocupados en sólo mirar adelante, como en el desgraciado de Maitland, quien comienza a tener que vivir como un moderno Robinson Crusoe (como se lo dice a sí mismo en un momento).

Otra notable capacidad de Ballard como narrador es la de la sorpresa. Es imposible adivinar adonde se dirige en sus relatos (que además suelen gozar de la contundencia de lo breve y este no es la excepción, 174 páginas) y las cuitas de Maitland son muchas y de lo más variadas, así como su lento descenso en el pozo de la desesperación. No es una novela luminosa o liviana, pero si es muy recomendable.

Maitland se inclinó por encima del asiento delantero y miró los resortes que se asomaban a través del cuero carbonizado. Aunque físicamente mucho más débil, sentía la cabeza despejada. Sabía que aparte de lo que decidiera para escapar de la isla, tenía que evitar agotarse. Recordó la hostilidad que había sentido hacia su propio cuerpo, y la premeditación con que había abusado de sí mismo para mantenerse en pie.  De ahora en adelante trataría de relajarse, de tener mayor confianza en sus propios recursos. Quizá le llevara varias horas elaborar un plan de fuga; tal vez incluso un día.

Las necesidades básicas de Maitland – algunas de las cuales podía atender- eran agua, comida, abrigo, y cualquier cosa que sirviera para llamar la atención. Nunca podría escapar de la isla sin ayuda; los terraplenes eran demasiado empinados, y aún cuando alcanzase de algún modo la cima, en el momento de encaramarse a la balaustrada estaría poco menos que inconsciente. Y si atravesaba el camino en esas condiciones, no era difícil que lo matara un camión.

Calificación: Muy buena.
Título original: Concrete Island, 1974.
Traducción: Manuel Figueroa.
Editorial: Minotauro, Barcelona, 1984.
ISBN: 84-350-7041-7

Demasiada felicidad, Alice Munro

Munro
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Cuando leo libros de cuentos, una parte de la atención de mi lectura se desvía hacia esa especie de sustancia intangible que explica por qué esos cuentos están juntos. Hablo de la forma que esos cuentos reunidos tienen de participar de un afán común, de una misma intención. La forma en que esa intención vibra en cada cuento va más allá de ciertas similitudes temáticas o formales, tiene que ver mucho más con el fondo sobre el que el argumento encuentra su desarrollo, que en la superficie de las cosas. Es algo así como el espíritu del cuento, lo que de él nos quedará cuando haya pasado mucho tiempo desde su lectura y hayamos olvidado los personajes y las circunstancias.

En ese sentido, este libro de Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931), es un buen conjunto en el que diez cuentos rodean un mismo asunto, que si bien podría ser definido de modo amplio (muy amplio) como: la forma en la que el transcurrir del tiempo convierte todos los sucesos de una existencia en marcas indelebles y definitivas, y las maneras que las personas tienen de adaptarse a esas marcas, de seguir el camino o de volverse parte del paisaje, sin forma de continuar. Esos sucesos podrán ser terribles (esto queda especialmente claro en cuentos como Dimensiones, Radicales libres y Juego de niños), cotidianos o incluso triviales (como en Ficción y Pozos profundos), y muchas veces subrepticios, como susurros (Algunas mujeres y Madera son ejemplos de este tratamiento indirecto), pero siempre que estamos en un cuento de Munro, estamos allí por algo, por la fuerza de una intención que quiere que visitemos un lugar especial:

Algo había ocurrido allí. En la vida tienes unos cuantos sitios; o quizá uno solo, donde ocurrió algo, y después están todos los demás sitios.

Ese algo que ocurrió allí nunca es un hecho que pueda ser fácilmente aislado, recortado de todo lo demás, y el estilo de Munro nunca pretende hacer tal cosa, sino que funciona de modo expansivo, lo que deja la sensación de estar ante historias que exceden las páginas que se les han dedicado, como si en realidad llamar cuentos a estas historias fuera un error de criterio en sentido estricto. Munro está muy lejos de cierta concepción mecánica del cuento como pieza de relojería destinada a cumplir una única función, y mucho más cerca de la ambigua sutileza de Katherine Mansfield o de la capacidad de Raymond Carver para resignificar los detalles más minúsculos hasta mostrarlos en una dimensión nueva.

Sin embargo, este libro tiene un problema bastante claro, y ese es el relato que le da su título, el último y más extenso de todos (tanto que bien podría calificarse de nouvelle, ese término tan fronterizo y que de tantos apuros nos saca cuando no sabemos cómo llamar a lo que tenemos entre manos). En Demasiada felicidad, Munro se dedica a novelar la vida y muerte de la destacada matemática y novelista rusa Sonia Kovalevski, que vivió entre Rusia, Alemania, Francia y Suecia a mediados del siglo XIX. Fuera del ámbito de la ficción, encorsetada por demasiados datos, fechas y hechos, no parece que la autora se mueva con comodidad en esta historia y el resultado es el relato más flojo del volumen, sin verdadero cuerpo y con una estructura fragmentada en exceso. La prosa de Munro, que en general es ajustada y elegante, suena aquí sin convicción y quizá demasiado preocupada por el tema (la vida de una mujer excepcional en un mundo sin espacio para mujeres excepcionales).

Escrito luego de haber intentado un retiro de la creación, este libro de Munro quizá refleja ese momento en que una persona viene del frío de la calle y comienza a desentumecerse las manos junto al fuego. Regresar lleva su tiempo.

Durante mucho tiempo te desprendes del pasado con facilidad y de una forma que parece automática y adecuada. Las escenas del pasado, más que desvanecerse, dejan de tener importancia. Y entonces se produce una brusca vuelta atrás, lo que está acabado y bien acabado resurge de repente, requiere tu atención, incluso que hagas algo al respecto, aunque salte a la vista que no se puede hacer nada. (Fragmento del cuento Juego de niños).

Calificación: Buena
Título original: Too much happiness (2009)
Traducción: Flora Casas.
Editorial Sudamericana, Lumen/Futura, Buenos Aires, 2011.
ISBN: 978-84-264-1843-2.

El Decamerón, Giovanni Boccaccio

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Boccaccio

A fines de la Edad Media la peste azotó a los países europeos en diversas oportunidades. Ese es el contorno realista en el que esta clásica y emblemática obra de Boccaccio se enmarca.

Conocida es por todos la función catártica de la literatura, tanto para el lector (o espectador) como para quien la produce. En este caso los personajes mismos adhieren a esta función. Diez jóvenes de discutible abolengo deciden dejar Florencia con el objetivo de sobrevivir a uno de los embates del mal mencionado arriba. La situación en la ciudad es alarmante, y Boccaccio (ficcionalizado, claro) la cuenta así en la introducción:

A la vista de la cantidad de cadáveres que día a día y casi hora a hora eran trasladados, no bastando la tierra santa para enterrarlos (…) estaban llenos de fosas grandísimas donde colocaban a centenares de los recién llegados, tirándolos como mercancías…

Y después, con cierto tono irónico:

¡Cuántos hombres valerosos (…) desayunaron por la mañana con sus familiares y amigos, para por la noche siguiente cenar con sus antepasados!

Siete mujeres y tres hombres partirán entonces hacia el campo donde esperan encontrar la bonanza del aire y el solaz que ya no existen en la ciudad. Después de un breve tiempo tropiezan con el aburrimiento, lo que provoca inmediatamente la necesidad, más que el deseo, de contar historias, de agasajarse con palabras. La consigna será a partir de entonces que cada uno presente a los demás un relato, una historia, cuyo fondo pretendido es la realidad pero que usualmente transitará por el camino de lo fantástico, de lo absurdo o de lo dramático. Por cada día, un rey o una reina, y diez historias. Generalmente es el “rey” o la “reina” recién nombrado quien indica el tipo de relatos que ha de presentarse al día siguiente (de tema amoroso, de hazañas de honor, de ingenio y vivacidad). Entonces, después del almuerzo y del descanso, ya entrada la tarde, comienza el regocijo. Finalmente se elegirá un nuevo rey, o reina, y se repetirá la ceremonia.

Claro que los temas no pasan de ser un mero organizador intradiegético que además revela los intereses de cada uno de los distintos personajes (o sea, una forma indirecta de conocerlos), puesto que, no importa cuál haya sido la consigna, en todas las jornadas habrá cuentos de amor desencontrado, de llamativas infidelidades femeninas, de pervertidos curas que se refocilan junto a hermosas doncellas (o donceles) después de engañarlas, de penosos robos a amigos de toda la vida, de nobles que desmienten esa cualidad con su comportamiento. Porque si algo hay que decir de Boccaccio es que no ahorra críticas a nadie. Y si hay algo que se pueda agregar, diremos que se trata, sobre todo, de un escritor valiente. ¿Cómo creen que las habría pasado frente al inquisidor para explicar este subtítulo (los subtítulos están colocados allí por él mismo, cabe acotar) a la “Narración Segunda” de la Jornada Novena?

Levántase una abadesa, con prisas y a oscuras, para sorprender con su amante a una monja que ha sido delatada. Y como aquélla estaba con un cura, imaginando ponerse la toca, se pone los calzones del sacerdote. La acusada lo ve, se lo hace notar, y así se libra y queda a sus anchas con su amante.

Desde el punto de vista de la historia del arte literario, estamos ante una obra angular, el inicio de muchas cosas en lo narrativo que después tendrán su correlato en el Renacimiento y el Barroco, y por ende en la novela moderna (el sistema -por demás complejo para la época- de narradores-narratarios dentro y fuera de la diégesis y a varios niveles de la misma, es sólo el ejemplo más grueso). Es imposible pensar en esta serie de cuentos o, si se quiere, en esta novela compuesta por cuentos (pero novela al fin, ya que su trama así lo indica, como también los sutiles niveles de relación de los personajes entre sí, que evolucionan incluso hasta dejar en pie la posibilidad del amor entre varios de ellos), sin pensar en El Quijote y aun en las referencias que se hacen en la obra de Cervantes hacia esta obra maestra de la literatura universal. Hace unos meses me tocó reseñar La vida nueva de Dante y me autoeximí de colocar una calificación. Pero Boccaccio no es Dante, y, consciente de la grandeza de su admirado antecesor, tampoco pretende serlo; eso lo coloca en un plano más terrenal en el que se me hace más fácil decir que sí, que efectivamente, como sospechábamos todos, estamos ante otro cinco estrellas.

Dioneo acabó la narración y las mujeres no rieron mucho, por vergüenza. Llegado el final de su reinado, la reina se levantó, quitóse la corona de laurel y la colocó en la cabeza de Elisa, diciendo:
-Os toca ahora a vos el mando.
Elisa, al recibir tanto honor, hizo todo lo adecuado. Concertó con el mayordomo lo que se debía hacer, y luego dijo a todos:
-A menudo oímos cómo las palabras ingeniosas o las buenas respuestas han conseguido alejar peligros. Como la materia es buena, quiero que mañana se trate de este tema, o sea,  ingeniosas respuestas que hayan servido para rehuir peligros.
Todos acogieron bien la ocurrencia, y al levantarse la reina, se separó todo el grupo, y cada uno hizo su gusto.

Calificación: Excelente.
Título original: Il Deccamerone.
Editorial: Bruguera Mexicana de Ediciones (1969).
Traducción: Caridad Oriol Serrer.
ISBN: 84 02 05842