La isla de cemento, J.G. Ballard

Ballard
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Una rápida clasificación ubica a Ballard como un autor de Ciencia Ficción. ¿Pero dónde, exactamente? No pertenece a la rama de la Ciencia Ficción dura, científica, y por cierto que tampoco parece incluirse en la Ciencia Ficción blanda, más volcada a la aventura o lo lírico. Cuando este autor británico empezó a dejar su impronta fuertemente marcada sobre la década del 60, no faltaron quienes terminaron por definir que con él surgía una tercera vía dentro de la CF, una variante psicológica si se quiere. Porque con Ballard importa siempre mucho, mucho más lo que pasa con sus personajes, en la mente de sus personajes, que las circunstancias que los rodean. Dichas circunstancias son invariablemente alienantes. Situaciones aparentemente verosímiles que alcanzan cotas del delirio más pintado.

Justamente, esa es la situación en el libro que aquí nos ocupa (y que de Ciencia Ficción, cabe advertir, no tiene nada). Robert Maitland, un exitoso arquitecto, vuelve a su casa una noche luego de la oficina manejando su Jaguar por la autopista. Va demasiado rápido para su bien, pierde el control y se estrella más allá de un terraplén, en un espacio cubierto de basura y vegetación, una isla delimitada por el cruce de la interconexión de tres carreteras y una reja con desperdicios. Maitland queda malherido, pero ese no es el mayor de sus problemas. De inmediato se percata que nadie, como no lo haría él mismo, se detendrá a ayudarle. La alienación que le es tan grata a Ballard aquí se representa tanto en esos conductores ocupados en sólo mirar adelante, como en el desgraciado de Maitland, quien comienza a tener que vivir como un moderno Robinson Crusoe (como se lo dice a sí mismo en un momento).

Otra notable capacidad de Ballard como narrador es la de la sorpresa. Es imposible adivinar adonde se dirige en sus relatos (que además suelen gozar de la contundencia de lo breve y este no es la excepción, 174 páginas) y las cuitas de Maitland son muchas y de lo más variadas, así como su lento descenso en el pozo de la desesperación. No es una novela luminosa o liviana, pero si es muy recomendable.

Maitland se inclinó por encima del asiento delantero y miró los resortes que se asomaban a través del cuero carbonizado. Aunque físicamente mucho más débil, sentía la cabeza despejada. Sabía que aparte de lo que decidiera para escapar de la isla, tenía que evitar agotarse. Recordó la hostilidad que había sentido hacia su propio cuerpo, y la premeditación con que había abusado de sí mismo para mantenerse en pie.  De ahora en adelante trataría de relajarse, de tener mayor confianza en sus propios recursos. Quizá le llevara varias horas elaborar un plan de fuga; tal vez incluso un día.

Las necesidades básicas de Maitland – algunas de las cuales podía atender- eran agua, comida, abrigo, y cualquier cosa que sirviera para llamar la atención. Nunca podría escapar de la isla sin ayuda; los terraplenes eran demasiado empinados, y aún cuando alcanzase de algún modo la cima, en el momento de encaramarse a la balaustrada estaría poco menos que inconsciente. Y si atravesaba el camino en esas condiciones, no era difícil que lo matara un camión.

Calificación: Muy buena.
Título original: Concrete Island, 1974.
Traducción: Manuel Figueroa.
Editorial: Minotauro, Barcelona, 1984.
ISBN: 84-350-7041-7

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