El avispón negro, James Sallis

***
Sallis

Época: segunda mitad de la década de los 60’. Lugar: Nueva Orleáns, Louisiana, EE.UU. Situación: La guerra de Vietnam comenzó en 1964. Malcolm X ha sido asesinado en 1965. Un par de estudiantes negros californianos crearon, en 1966, el partido de los Panteras Negras, llevando a la práctica las teorías de Malcolm X acerca del derecho a la autodefensa del pueblo negro (con especial énfasis en el derecho de todo norteamericano a portar armas de fuego). Con la tensión racial en una escalada enloquecida, se suma un motivo más a la locura colectiva: un francotirador comienza a matar blancos desde las azoteas de Nueva Orleáns. Cualquiera y en cualquier parte puede ser el próximo objetivo del asesino que, sin más proclamas que los cadáveres de sus víctimas, está dando un mensaje que suena fuerte y claro: el pueblo negro se ha hartado y ya es capaz de cualquier cosa. Pero Lew Griffin (nuestro narrador), lo dice mejor:

El hombre que cortó el césped de tu jardín el lunes al mediodía y luego se te acercó servilmente en busca de su jornal, el martes por la noche podía volver por tus bienes, tu rango, tu sustento o tu vida misma.

Lew Griffin es el protagonista de una serie de seis novelas de James Sallis -cinco de ellas editadas en España por Poliedro: El tejedor, Mariposa de noche, El avispón negro, El ojo del grillo y Moscardón azul, la única que aún no ha aparecido en español es Ghost of a flea-, y es lo suficientemente marginal (bastante negro, bastante muerto de hambre), valiente y arriesgado (costillas rotas y contusiones cerebrales no le faltan) y buen tipo como para que a uno le caiga simpático rápidamente. Es muy fácil sentir empatía por él. Así lo describe un tipo que ha oído hablar de él:

Su reputación es la más rara con la que yo me haya tropezado. He preguntado. Tres de cuatro personas me han dicho que está como una cabra, el prototipo de las malas noticias y que es mejor cruzar la calle. La quinta o sexta con las que hablé dejarían su vida en sus manos.

Pues bien, el tema del francotirador pronto se vuelve un asunto sumamente personal para Griffin, que ni es policía ni detective, nadie lo ha contratado para que investigue nada, y sin embargo, allí está él, con el agua a la cintura. Lo acompañan un puñado de buenos secundarios (el soplón Doo-Woop; el policía honesto Don Walsh; la prostituta con corazón de oro LaVerne; el periodista incansable Straughter), y si bien las páginas no pasan gracias a la fuerza de un misterio y la inminencia de su resolución, lo que Sallis hace es recrear un momento particular en un lugar específico y contarnos cómo era el aire que se respiraba allí y cómo eran las personas que lo respiraban.

De lectura rauda, la prosa de Sallis, no exenta de gracia y humor, además de buen oído para los diálogos, también guarda espacio para el vuelo poético, esos fulgurantes chispazos de introspección en los que Griffin (que es claramente un alter-ego del autor, un alias que al igual que él ha leído a autores tan variados como Sturgeon, Hemingway, Borges y Goytisolo, pues estamos ante un hombre de acción culto y refinado en su rudeza) revela su mirada, su nostálgica mirada hacia todo lo que lo rodea y hacia sí mismo.

Podrá achacársele a El avispón negro la reiteración excesiva de ciertos recursos o cierta linealidad en la trama que no depara en realidad grandes giros, pero aquí entramos en el terreno sumamente subjetivo de la forma en la que debe valorarse una novela, pues lo claro en este caso es que Sallis ni siquiera se planteó así el asunto. Pienso que todo autor tiene determinadas intenciones al componer su historia, persigue determinados fines, en ese caso, la tarea valorativa del lector debería dirigirse más a entender qué busca el que cuenta y dilucidar en qué medida lo consigue que a poner en tela de juicio esas intenciones. Eso vendría después, imagino. Es decir, si el autor busca conseguir X y de hecho consigue X, ahí hay un mérito, lanzar la flecha y dar en la diana. El lector podrá pensar que a esa diana más valía ni siquiera apuntarle, es verdad, pero ese es un tema que excede la valoración primaria de la obra y que tiene más que ver con la exégesis literaria, una tarea que (gracias al cielo) no a todos los lectores les incumbe ni les preocupa.

A riesgo de desviarme de la novela que ocupa esta reseña, quiero dejar hecho un apunte respecto a este tema: lo que muchos críticos hacen es tratar de establecer una normativa acerca de los temas, como si pudiera fijarse una jerarquía, de modo que puede ser mejor una novela fallida sobre un tema “importante” que una excelente novela sobre un tema “menor”. Esto, creo, también vale para los géneros. Más vale fallar por diez centímetros en la diana de la gran novela americana que dar de lleno en el centro de una buena novela policial. Una idea que es fácil de encontrar en muchas críticas actuales y que sería interesante desarmar para ver qué tiene dentro.

Tardamos en comprender que nuestras vidas carecen de argumento. Al principio nos imaginamos en el centro de grandes luchas entre la luz y la oscuridad, héroes en pijamas o en Levi’s, inmunes a la gravedad que empuja a los demás hacia abajo. Más tarde, urdimos escenas en las que los acontecimientos del mundo giran alrededor de nosotros como lunas, como mariposas nocturnas alrededor de las luces de nuestros porches. Por último, empezamos a comprender, dolorosamente, que el mundo ni siquiera reconoce nuestra existencia. Somos lo que nos sucede, la gente que hemos conocido, nada más.

Calificación: Buena
Título original: Black hornet (1994)
Traducción: Elena de Grau.
Editoria Poliedro, Barcelona, 2004.
ISBN: 84-96071-18-9.

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Un comentario en “El avispón negro, James Sallis

  1. Estoy particularmente de acuerdo con esto:

    lo que muchos críticos hacen es tratar de establecer una normativa acerca de los temas, como si pudiera fijarse una jerarquía, de modo que puede ser mejor una novela fallida sobre un tema “importante” que una excelente novela sobre un tema “menor”. Esto, creo, también vale para los géneros.

    Tengo pendiente la novela “El ojo del grillo”. Recuerdo que en su momento busqué información sobre el libro y me salió al paso un comentario de Guillermo Martínez, creo, el escritor argentino; y hablaba según recuerdo de cierta dificultad a la hora de situar este libro en un subgénero estricto. Qué querés que te diga… Me interesa.

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