Vuelo nocturno, Antoine de Saint-Exupéry

Saint-Exupéry
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Mucho antes de ser conocido en el plano mundial como el autor de “El principito”, Antoine de Saint-Exupéry vivió un tiempo en Argentina. Estuvo a cargo del correo aéreo de la Aeropostal francesa, cuyo epicentro fue Buenos Aires, en una época en la que estos servicios despertaban aún sospechas, sobre todo por sus riesgos. En 1931 aparece publicada “Vuelo nocturno”, una breve novela de Saint-Exupéry que recoge, más que los detalles anecdóticos, los aspectos más profundos e instransferibles de toda esa experiencia vital.
La historia se inicia con Fabien, uno de los tres pilotos que deben llegar antes de la medianoche a Buenos Aires. Fabien, a diferencia de sus dos compañeros, que hacen el trayecto desde Chile y Paraguay, respectivamente, es el encargado de unir la Patagonia con la capital argentina. Fabien atraviesa el cielo del sur del continente haciendo breves escalas en algunos pueblos y dando su ubicación. Una inminente tormenta lo aguarda, una tormenta que llega desde el Pacífico y que de forma insólita parece asomarse hasta el otro océano. Mientras tanto, en el punto de destino está aguardando Rivière, el supervisor y responsable de todas las operaciones. A diferencia de sus pilotos, que son algo así como la parte física, sensorial o elemental del relato, Rivière es el costado racional de todo el asunto. A los extensos pasajes de una descripción asombrosamente sugerente de la experiencia de los pilotos en pleno vuelo, la narración contrapone la estabilidad ordenadora de Rivière desde su puesto, para quien los vuelos son señales en un mapa, sonidos a través de la radio y, por último, unas luces que cortan la noche bonaerense, es decir abstracciones por donde canalizar una idea del desarrollo de la fuerza humana.
Este libro es interesante a partir de por lo menos un punto en particular: nos da otra dimensión de la temporalidad, de la temporalidad en la experiencia humana entendida generalmente en nuestra sociedad occidental. Y lo hace a través del oficio de sus personajes. Un oficio que se sostiene en los bordes de las convenciones, en los bordes de las costumbres comunes y corrientes, al margen del uso del tiempo y sus ciclos. Es la gracia de este tipo de trabajos que no encajan (¿y una ética protestante de por medio?) en el ordenamiento de la experiencia diaria que hacen los demás. Es el encanto de las narraciones hechas por los que no están en el ritmo habitual. Es entonces cuando la experiencia de leer este libro se torna delicada y desconcertante, en el mejor sentido.
La lucha en la oscuridad, intentar trasuntar esa “materia intangible” que implica llevar la correspondencia aérea para los hombres de esta historia, devuelve a sus individuos al mundo, a lo primigenio de una lucha en la que el hombre y su lenguaje no son nada en ocasiones, una lucha en la que el hombre se siente como al comienzo de todos los tiempos.

Cuando el coche se lo llevó a Buenos Aires, en compañía de un inspector taciturno y de Rivière, silencioso, se entristeció: es hermoso salir de un mal puerto, y, al tomar tierra, escupir con vigor unas fuertes palabrotas. ¡Qué potencial de alegría! Pero, en seguida, cuando uno se acuerda, se duda de no se sabe qué.
Bregar con un ciclón, eso, por lo menos, es real, es franco. Pero no lo es la faz de las cosas, esa faz que toman cuando se creen solas. Pensaba:
“Es lo mismo que un motín: cosas que apenas palidecen, ¡pero que cambian tanto!”
Hizo esfuerzos para recordar.
Franqueaba apacible la cordillera de los Andes. Las nieves invernales gravitaban sobre ella con todo el peso de su paz. Las nieves invernales habían llevado la paz a esa mole, como los siglos a los castillos muertos. Sobre doscientos kilómetros de espesor, ni un hombre, ni un hálito de vida, ni un esfuerzo. Sólo aristas verticales, que se rozan a mil de altura; sólo capas de piedras desplomándose verticalmente, sólo una formidable tranquilidad.
Aquello acaeció en las cercanías del Pico Tupungato…
Reflexionó. Sí, es allí, precisamente, donde fue testigo de un milagro.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Vol de nuit (1931).
Editorial: Plaza y Janés, Barcelona, 1980.
Traducción: J. Benavent.
ISBN: 84-01-44072-6

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3 comentarios en “Vuelo nocturno, Antoine de Saint-Exupéry

  1. Qué bella reseña. Y estamos de acuerdo en eso del goce que ofrece un libro con una temporalidad desfasada… Creo, además, que ese efecto viene aparejado o causado muchas veces por dos factores que en este caso están de la mano: aislamiento y nocturnidad. La lejanía geográfica o física inaugura una lejanía interior que resulta única por falta de referencia. Se me ocurre que la vida en comunidad, sobre todo la vida diurna, tiende a unificar los ritmos de vida; de ahí la sensación que se tiene de noche, al caminar por una calle dehabitada o al mirar por la ventana de un hotel… La sensación de apreciar el tiempo en un estado puro, descontaminado del vértigo que se impone mientras ciertos sistemas de la jornada todavía están operantes.
    Habría que hacer una lista de libros que presentan este don… ¿Por qué no nombramos algunos? A mí se me viene “Fiesta” de Hemingway, o algo de Hudson, tal vez “Días en la Patagonia”. Y aunque solo haya leído algunos pasajes, creo que el “Walden, o la vida en los bosques” de Thoreau debería ocupar un lugar de privilegio.
    Y va mi abrazo. 🙂

  2. LEo: Muchas gracias por tu comentario. casualmente, en uno de los lugares donde sentí una cosa similar al planteamiento de este libro fue en Minas, cuando regresaba pasada la medianoche del liceo nocturno. Caminaba hasta mi casa y de pronto oía al tren de carga que pasaba por los campos a medianoche. El ruido que hacía atravesaba la noche y pasaba por sobre los cerros y se quedaba dando vueltas por Minas unos segundos increíbles.

    Libros que cuadran en esta clasificación que mencionabas: “Squirrel”, Ernst Penzoldt; “Memorias de una enana”, Walter de la Mare; “Oblomov”, de Goncharov; “Pan” y “Trilogía del vagabundo”, de Knut Hamsun, por ejemplo, y también, en la sintonía de Thoreau o el libro de Hudson que mencionás, esa obra en la que se basó la película “Derzu Usala”, de Akira Kurosawa.
    Gran abrazo.

  3. A mí, la suspensión del tiempo (y, junto con él, de la realidad como cosa que se escurre por las rajaduras del tiempo suspendido, digamos), me pasó mucho con varios cuentos de Cheever, especialmente con el final de “Adiós, hermano mío”. Comparto respecto a “Fiesta”, sobre todo en los capítulos del viaje a Pamplona y cuando Jake se queda solo en el hotel y se dedica a los placeres lentos de un triste bon vivant (cuando él nada en el mar, bebe vino, etc., algo se queda detenido). Reconozco esa sensación en “Am Strande Von Tanger” un cuento de James Salter y creo que me ha asaltado con más frecuencia en Faulkner, de forma obvia en “Ninfolepsia”, creo, pero también en muchos pasajes de “Desciende Moisés”.
    Abrazo para ambos.

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