La literatura nazi en América, Roberto Bolaño

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Bolaño

Cuando en una ocasión fue entrevistado por el periodista Cristian  Warnken en el marco de la Feria del Libro de Chile, Bolaño se pronunció respecto al destino de la narrativa latinoamericana y remarcó la idea de que ya no era posible escribir una novela al modo de “Sobre héroes y tumbas” o “La invención de Morel”. Una historia contada a la vieja usanza, sostenida enteramente por un argumento lineal, para Bolaño era inviable sin una dosis de juego. Y aquí aparece la palabra mágica y de mayor gravitación en este libro: “juego”.

La literatura Nazi en América puede leerse como una forma de condescender a ese criterio lúdico que hace del juego no un mero condimento, sino más bien una condición a la que se le otorga una primacía o cierto poder de vigilancia. Es, digámoslo ahora, una cuestión de concepto o interpretación de la literatura que en este caso reinstala el dilema de dónde radica ese centro inasible de la “literariedad”,  lo que a su vez conduce al debate de la posición clásica que avala el argumento y la dosis de vida emanada de sus personajes, respecto a la postura moderna que marca una ponderación de la estructura y las maniobras textuales, morfológicas, ajenas a la historia en sí, destinadas más que nada a dinamitar los cimientos del canon.

En el caso que nos ocupa, y ya desde la construcción gramatical del título, Bolaño parece estar  pendiente de urdir una trampa o artefacto literario en vez de un continente de historias. Lo que parece un libro de corte ensayístico y acaso apoyado en una investigación concienzuda y prometedora, resulta ser una puerta falsa que da entrada a un espacio ludópata de biografías ficticias –muy borgeano, por cierto- sobre escritores ficticios que, de un modo rasante o directo, tuvieron contacto con el nazismo y dejaron que su literatura quedara más o menos impregnada por esa ideología.

Pues bien, aunque los primeros textos causen un efecto humorístico por lo sorpresivo o disparatado de las idas y vueltas que hacen a la aventura de cada biografiado, a la larga ese efecto se rompe. El tono monográfico resulta conveniente para crear una atmósfera severa donde la irrupción de lo anómalo o exacerbado remarca el impacto, pero invalida de plano cualquier despunte lírico, incluso la tentativa de penetrar en el espacio psicológico o emocional. Así, la ausencia de fluctuaciones que hacen al relieve de un texto literario provoca a largo plazo una sensación desértica y de llaneza; todo por mantenerse fiel al juego y no dar vuelo a un lenguaje que sonaría inverosímil.

Queda la idea de un libro denso que por su forma tiende a desdibujar las historias y las deja en un espacio duro y homogéneo de la memoria. Un acopio redondo, apelotonado de disparates.

Luz Mendiluce fue una niña preciosa y rozagante, una adolescente gorda y pensativa y una mujer alcohólica y desdichada. Aparte de eso fue, de todos los escritores de su familia, la que tuvo más talento.

La famosa foto de Hitler sosteniendo a la niña de pocos meses la acompañó toda su vida. Enmarcada en un rico trabajo de plata labrada, presidía el salón de su casa junto a varios retratos de pintores argentinos en donde aparecía ella, niña o adolescente, generalmente en compañía de su madre. Pese al prestigio de alguno de sus cuadros no es descartable que en caso de incendio Luz Mendiluce hubiera puesto a salvo de las llamas, antes que cualquier otra cosa, incluidos algunos cuadernos con textos inéditos, la fotografía.

Calificación: regular.
Editorial Anagrama, Barcelona, 2010.
ISBN: 978-84-339-7219-4

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7 comentarios en “La literatura nazi en América, Roberto Bolaño

  1. Bueno, bueno… Lo leí, pero no todo, sino varias de las entradas sobre esos escritores. Me pareció interesante. En algunos casos percibí finas ironías, en otros cosas que me hicieron reír. Y también casos contrarios. Pero repito, no tengo la visión cabal del que lo leyó todo. Sin embargo me pareció que podía tratarse de un libro bastante mejor que, por ejemplo, “Una novelita lumpen”. Lecturas provisionales, parte I… Ampliaremos.

  2. El concepto de “juego” en Literatura está más que perimido y valerse de él para desmenuzar una obra literaria, a favor o en contra, suena a crítica retro o reaccionaria. Raymond Queneau, Georges Perec, Robbe-Grillet, Borges, Monterroso, Juan Filloy, Cortazar… se valieron de diversas formas de “juego” asimilándolas o incorporándolas a sus ficciones de una u otra forma. Señalar el “tono monográfico” que invalida “cualquier despunte lírico” en el libro de Bolaño es, justamente, no haber entendido el juego. ¿A santo de qué se le reclama a la obra “fluctuaciones”? ¿Por qué debería “penetrar en el espacio psicológico o emocional?. El concepto de densidad que se maneja en la reseña se desdibuja ante la brevedad de las entradas (aunque esto, justo es decirlo, depende de lo que cada uno entienda por densidad).
    Personalmente, no considero a “La literatura nazi…” uno de los mejores libros de Bolaño y, al releerlo hace unas semanas, gran parte de su humor me sonó un poco hueco. Aún así, entiendo que el libro sólo pretende ser lo que la reseña le cuestiona: un acopio de disparates.

  3. Martín:

    ¿Cómo andás?
    Antes que nada, gracias por tu comentario. Quisiera aclarar que la reseña no pretende deslegitimar el juego como un aditamento de la literatura, sino hacer un reparo en cuanto al juego como una presencia que adquiere jerarquía, y por lo tanto supedita los demás elementos de una historia. En mi opinión, el juego es necesario y hasta válido cuando se usa como mecanismo accesorio (a veces muy importante) sin impedir el desarrollo de los personajes y el mundo interno y externo que los individualiza.
    El texto es tan caprichoso como todos los míos, y acepto que puede haber un aire retro o reaccionario. Ocurre que yo no busco en la literatura un artefacto, un experimento; busco más bien un modo de reconocer ciertas aristas de la vida, más allá de la estructura. Y lo cierto es que, abrumadoramente seria o ridícula, la vida para mí es más que un simple juego, y, por lo tanto, la literatura también debe serlo. Las cosas me emocionan o no. De ahí que haya dejado en claro el debate que subyace respecto a qué es la literariedad…
    En mi opinión, para darte un ejemplo, algunos de los autores que mencionás son menos artistas que artífices, al menos cuando se dejan ganar por el juego. Tal es el caso de los autores del objetivismo francés. De hecho, podría esbozar ahora tres o cuatro contradicciones de esa corriente tan pendiente de escribir bajo los preceptos de una “ideología literaria”. Lo mismo me ocurre con Monterroso, con todo respeto. Lo que he leído me ha resultado curioso pero lejos, bien lejos de emocionarme. Ya en el caso de Borges y Cortázar el juego no tiene esa presencia, esa autoridad, y está correctamente dosificado, a mi parecer, de tal manera que puedan brillar los otros atractivos de su prosa.
    Decís que reparar en la falta de despunte lírico del tono monográfico implica no haber entendido el juego… Pues te aclaro: el juego lo entendí, lo que me molesta (repito) es que por ser fiel al juego Bolaño haya coartado otros modos de lenguaje, otros efectos colaterales de esos modos, ciertas historias con ciertos personajes que, al menos a mí como lector, me despertaron el deseo de saber más, de acercarme a sus vidas. ¿Por qué no lo hizo? Porque el orden de prioridades de Bolaño, evidentemente, es diferente al mío.
    En cuanto al estilo… Puedo tolerar el tono monográfico cuando se pretende desarrollar una idea, pero me resulta intolerable cuando se usa para contar una historia. Plantea una lejanía y una llaneza que yo (insisto, yo) no puedo aguantar. De ahí que reclame fluctuaciones, para que esa constante adquiera relieve y una dosis de cambio. De otro modo, como dije, me resulta un mero acopio de disparates. Un abrazo y gracias por pasar.

  4. Mi buen Leonardo:
    Entiendo tus consideraciones aunque no las comparta, especialmente lo de buscar en la literatura “un modo de reconocer ciertas aristas de la vida”. Tampoco puedo adherir a tu definición de los autores del objetivismo francés como pertenencientes a una “corriente tan pendiente de escribir bajo los preceptos de una ‘ideología literaria’, en vez de sentarse y contar una buena historia”. Al margen de esto, siempre es un gusto leerte. Un fuerte abrazo desde Canelones hasta Minas y saludame a la familia.

  5. Querido Martín:

    El gusto es mío. Siempre es interesante y estimulante charlar con vos, aunque sea a la distancia. Y a ver cuándo te venís por casa. Dejate de promesas. Jeje.
    Un abrazo y cariño a la familia.

  6. Me gustó mucho, incluso más que las novelas cortas del chileno, y lo pongo a la altura de Putas Asesinas o Llamadas Telefónicas, o sea en una categoría de relatos hilarantes salpicados de mayor realidad que aquellos.

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