1280 almas, Jim Thompson

Stephen King se ha referido así a Jim Thompson: “Estaba chiflado. Entró corriendo en el subconsciente de América con un soplete en una mano y una pistola en la otra, chillando como un poseso”.

*****
Thompson

Primeras décadas del siglo XX, algún lugar al sur de los EEUU. La gente anda a caballo o en calesas. En las ciudades hay automóviles, pero todavía son muy escasos. En el pueblo rural de Pottsville, un sitio que queda a tiro de piedra del culo del mundo, el comisario se llama Nick Corey y es el narrador-protagonista de esta novela. Vive en un apartamento encima del desvencijado Palacio de Justicia del pueblo junto a su esposa, Myra, y su retardado cuñado, Lennie. En Pottsville viven los 1280 dueños de las almas del título, divididos en estratos bastante claros: blancos pudientes, blancos pobres y negros en la miseria. Entre esas personas, Nick Corey debe hacer respetar la Ley y velar por la Justicia. Hay que decir que lo hace de una manera muy particular, porque el propio Corey es un hombre muy particular.

Me estremecí pensando lo maravilloso que había sido nuestro Creador al fabricar cosas tan absolutamente horrendas en el mundo que, en comparación, algo como un asesinato parecía insignificante.

Thompson crea una historia de poderosos tintes faulknerianos, cínica, desencantada, atroz e irresistiblemente divertida, con ese tipo de humor que sobrevive a la última desesperanza, a la comprensión de lo terrible y oscuro que puede llegar a ser el mundo. El mérito de la novela se apoya en la construcción de su narrador. Es Corey el que le otorga a las historias que van conectándose de mil maneras la ambigüedad que hace posible que uno se espante de algo que cuatro páginas atrás lo había hecho soltar una carcajada. Entender que lo que uno había tomado por un acontecimiento ridículo es en realidad horrendo hace que lo sea aún más. De hecho, uno tarda bastante en comprender qué clase de hombre es Corey y cuando eso pasa uno queda preguntándose de qué forma podía haberle caído simpático antes, cómo es posible que se hubiese compadecido de él. Por esto, la lectura de 1280 almas se convierte, más allá de todo lo que ocurre, de la peripecia, en la búsqueda del lector por comprender a Nick Corey. ¿Qué piensa en realidad? ¿Qué siente verdaderamente? ¿Por qué hace lo que hace? ¿Quién es Nick Corey? Es imposible que el lector se sienta cómodo en esta novela. Cuando más o menos ha logrado acostumbrarse a una situación, cuando ha llegado a aceptar a regañadientes la coherencia interna del sistema de cosas que se le presenta, ese sistema cambia y vuelve a rearmarse, porque estamos dentro de la cabeza de un hombre que se encuentra en su propia búsqueda de sentido, y lo peor es que lo encuentra.

Pero mientras eso pasa, mientras la lúcida y afiebrada mente de Corey se explica a sí misma cómo es el mundo y, por lo tanto, cómo es Pottsville (gota de aquel mar), y qué pretende Dios de un hombre como él, va colándose en la historia una buena cantidad de miserias que excede la sensata locura de Corey, miserias a las que uno debe decidir si resistirse o ceder. Un blanco apalea en la vía pública a un viejo negro que tropezó con él, igual que apalea a su esposa cada vez que le viene en gana. El comisario de otro distrito, insulta y amenaza a su ayudante con mandarlo a picar mierda tibia porque le llevó la contraria en público. El fiscal golpea en la boca a un viejo porque lo llama por su nombre de pila. De las siete hijas de ese viejo, cuatro estaban preñadas y el viejo no permite que nadie les pregunte cómo han llegado a tal circunstancia. Un hombre perfectamente honrado se salva por los pelos de ser linchado por una turba que se deja llevar por rumores. Los hombres más poderosos de Pottsville deciden que mejor no investigar quiénes incendiaron el barrio de los negros, porque podrían haber sido sus socios, sus clientes, sus propios hijos o ellos mismos. Y Nick Corey sabe perfectamente qué es lo que se espera de un comisario en estas circunstancias:

-Sí señor, realmente he pensado mucho en esto también. Casi he llegado a convencerme de que realmente debería ponerme a detener gente y empezar a comportarme como un comisario normal. Pero entonces pensé otro poco y supe que no debía hacer nada de ese estilo. (…) Porque la gente no me quiere para que haga eso –dije-. Puede que crean que sí, pero no es cierto. Lo único que quieren es que yo les dé algún pretexto para elegirme otra vez.

Para cerrar, el punto exacto de la novela en el que comencé a entender quién era Nick Corey. Si alguien tiene planeado leerla en el futuro, hará bien en saltarse este pasaje. Avisados quedan.

-Bueno, ¿por qué te pones así ahora? –dije-. Sabías que no iba a tener más remedio que hacerlo cuando esto acabase.
-No, señó, yo le creí a usté, señó Nick. Usté es distinto de los demás blancos. Yo creí todo lo que usté me dijo.
-Bueno, pues el caso es que creo que mientes, tío John –dije- y me duele oírte. Porque en la Biblia se dice que mentir es un pecado.
-También es un pecao matar a la gente, señó Nick. Un pecao peor que mentir. Y usté… usté…
-Te voy a decir una cosa, tío John –dije-. Todos los hombres matan lo que aman.
-Usté… usté no me ama, señó Nick…

Calificación: Excelente
Título original: Pop. 1280 (1964)
Traducción: Antonio Prometeo Moya.
Editorial Bruguera, Barcelona, 1980.
ISBN: 84-02-06962-2

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3 comentarios en “1280 almas, Jim Thompson

    1. A mí este libro me dejó traspuesto. Inolvidable el personaje de Nick Corey. Acabo de terminar Noche Salvaje y, aunque por momentos lo he disfrutado mucho, me ha dejado frío.

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