Las novelas de lo grotesco, Sherwood Anderson

*****
Anderson

De todos los dotes de este libro, el primero y fundamental que flota apenas leídas las páginas iniciales, es el de un pulso maestro. No en balde narradores de la talla de Faulkner o Steinbeck hicieron de Anderson el tótem sagrado de la literatura realista norteamericana. Imposible no sospechar y confirmar su influencia en narradores uruguayos como Morosoli, obviando inquietantes coincidencias biográficas. Hablamos de un escritor con una prosa ajustada, clara, por momentos seca aunque nunca árida, con un lenguaje de sutiles hachazos que, pese a lo arcaico de su sintaxis para un lector actual, logra sin excepción un retrato único y emotivo de los desposeídos, haciendo despuntar –aparentemente sin esfuerzo- la cruda belleza de sus vidas.

El título que ofrece la presente traducción le es particularmente infiel al título original: “Winesburg Ohio”. No es novedad que esto ocurra, pero en lo particular, aunque la variante castellanizada ponga sobre el tapete cierta idea de lo grotesco sin duda afín al contenido del libro, tal vez pueda ir en contra a una intención de fondo. El título en inglés sugiere un sitio, una ubicación precisa que el autor se propone desentrañar ya no desde un ángulo convencional, es decir, echando mano a una historia arquetípica, acaso insólita, que sirva de pretexto para construir una noción del entorno; sino a través de las historias mínimas protagonizadas por mínimos hombres al margen del aliciente de lo insólito, y a veces al margen de todo, de la vida misma. Pequeñas piezas que se van encastrando para formar una geografía caliente, un mapa idiosincrásico y emocional, nunca más realista, de Winesburg, Ohio. De ahí que esta novela se permita ciertas licencias a la hora de acomodarse a las reglas del género. No se trata, pues, de una historia que sigue de modo integral las vicisitudes de dos o tres protagonistas insertos en un mismo camino, sino de veintidós capítulos –o cuentos, para algunos-, cada uno con su personaje central, que en alguna instancia de su aventura toma contacto con el joven periodista George Willard. Willard es el centro, la fuerza que levanta y anuda cada uno de estos destinos, el responsable de juntar los pequeños cristales de colores para dar término al dibujo de un espléndido vitral.

Aunque omnisciente, el ojo de Anderson es un ojo a ras del suelo, mirando el tránsito cansino y ensimismado de sus personajes a través de una cortina de tierra que flota removida por sus pasos y lo hace lagrimear. Un ojo que se ensucia y sufre pero sigue rodando detrás de su objeto de atención, demasiado implicado en la historia como para permitirse el asenso a las alturas de una omnisciencia limpia. Este es un ojo de mirada filosa que se clava como una lanza en el pecho de un paisaje, un hombre, una mujer, y se remueve dentro. Una mirada a veces sutil como una aguja clavada por accidente, pero que siempre deja una incisión por la que supura alguna clase de miseria: un hombre que odia y ama a las mujeres en proporciones iguales, una madre dispuesta a matar con tal de que su hijo no cometa los errores de su juventud, dos hombres recios que hablan del amor en medio del campo, un joven que busca su destino y siente la tentación de la huida, una maestra deseada que espera por un amor perdido, un pastor que siente el llamado tenaz de la carnalidad, mentes descascaradas, evadidas, soñadoras, impuras, siempre insatisfechas o con una deuda inasible.

Hay en cada caso una inevitable tensión que sería erróneo atribuir al conflicto entre el individuo público y privado, tan propio del siglo XX. La tensión de las historias de Anderson ocurre corazón adentro, en esa dicotomía del espíritu entre lo que se es y lo que se sueña ser. En otras palabras: un reencuentro con una humanidad que recién asoma la cabeza en el mundo de la civilización y, no inserto del todo en el nuevo esquema, reencarna algo primigenio de la especie. Algo de esos viejos hombres frustrados con la fuerza primera, diversa y misteriosa del amor.

“Bueno -dijo con voz dulce-. Yo no sé cómo pasó. Me sentía feliz, vea usted: Elena White hacía que yo me sintiese feliz, y también contribuía a ello la noche. Yo quería sufrir, lastimarme de alguna manera. Creía que era un deber mío. Quería sufrir, como le digo, porque a todos les toca sufrir y obrar mal. Se me ocurrieron no sé cuántos proyectos para ello, pero no se prestaban a mi objeto. En todos ellos había que lastimar a alguna persona.”

Calificación: excelente.
Título original: Winesburg, Ohio.
Traducción de Armando Ros.
Prólogo de Max Dickmann
Editorial: Santiago Rueda, Buenos Aires, 1942.

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4 comentarios en “Las novelas de lo grotesco, Sherwood Anderson

  1. LDL:
    a raíz de esto “pese a lo arcaico de su sintaxis para un lector actual”, me quedé pensando en algo. ¿Qué pasaría si una lengua se volviese “moderna” antes que otra? Quiero decir, si una lengua como la inglesa, a influjo de su propia estructura interna y de los cambios en las sociedades de sus hablantes, estuviese más apta para aggiornarse, para adaptarse más rápidamente a un mundo cambiante (que es el tiempo en el que escribió Anderson y que quizá son todos los tiempos). Ya me explico, calma… A lo que voy es a que es posible, se me ocurre, que una lengua A (origen de traducción) y otra lengua B (destino de traducción) en un momento puntual, se encuentren desfasadas en cuanto a su evolución, que B se encuentre más aferrada a formas arcaicas que A. Entonces, la traducción ejercería un efecto arcaizante sobre la obra traducida. No estoy diciendo que haya pasado en este caso -sólo que lo pensé a raíz de esta reseña-, pero sería curioso eso, que las traducciones a la lengua B de una obra envejecieran mucho peor que el original A, simplemente porque en el momento de la traducción la lengua B no era el medio más idóneo para trasmitir las innovaciones sintácticas de A.
    Un abrazo.

  2. Ahí está. Es muy sencillo: el tema es que no podemos hacer “crítica de sintaxis” si lo que leemos es una traducción y no el original. [La editorial Santiago Rueda, que publicó este libro, es famosa entre los lectores (como la editorial “Tor”, por ejemplo) por no agenciarse las mejores traducciones. (¿Pero qué hacemos si los únicos ejemplares que queremos leer están editados por ellas?… En fin…Otro tema.) ] Para poder realizar una crítica del estilo, de la sintaxis de un autor es inevitable y excluyente abordarlo en su lengua original. No creo que la prosa de Anderson, una prosa que celebró un renovador de la prosa como Faulkner, justamente, sea arcaica.
    Abrazo y buena reseña (con esos guiños hacia “La soledad y la creación literaria”)

  3. Muy buena reseña, Leo. Y no menos bueno es el tema propuesto por Cabrera, que en realidad es la historia de los idiomas. Yo sólo puedo hablar con relativa propiedad del castellano y el inglés y lo que podría decir es que el castellano me parece en sí mismo un lenguaje arcaico (y arcaizante, al parecer, por el efecto estético que añade a las obras que traduce), poblado de declinaciones y riquezas que le son propias y que tal vez, pienso, comparta con las otras derivadas del latín. Como lector ignoto, por ejemplo, tuve muchos más problemas al enfrentarme con el castellano original del Libro de Buen Amor (de nuestro buen amigo, Cabrera, el Archipreste de Hita), que con el inglés original de las cartas y el diario del Capitán John Smith, siendo que el castellano es mi lengua madre y la otra adquirida por otros medios. ¿A qué voy? Ya ni me acuerdo, pero la idea que flota en el aire viene siendo esta: el castellano “arcaico” me parece más complicado que el inglés “arcaico”, además me parece que el inglés envejece (¿evoluciona?) con otra elegancia (pensemos si no en nuestro propio dialecto del castellano -contemplando ideas de Coseriu- y sus espantosas particularidades, para nada estéticas, casi linderas en lo gutural). Pero otra cosa, que incluso puede parecer contradictoria, es que a mí me gusta sobremanera lo arcaico, lo que significa que, si bien obras como el libro del Infante Juan Manuel o el mismísimo Quijote en algunos de sus capítulos, me resultaron arduas y lentas tareas (debía ir al diccionario a cada rato), también me proporcionaron goces y aprendizajes más intensos.
    En fin, algo así quise decir.

  4. ¡Queridos!
    No tengo demasiado para agregar. Diré que, si tomamos el aporte de Saussure, por ejemplo, y pensamos en que la mutabilidad e inmutabilidad del signo linguístico se debe a la misma causa: la arbitrariedad; es lógico que el desarrollo de un sistema sea particular y, en consecuencia, distinto a los otros. Supongo, además, que estos desfasajes no sólo son intersistémicos, sino que ocurren dentro de la misma lengua.
    ¿Quién la sigue?
    Un abrazo grande para todos y gracias por pasar y comentar.

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