El Don apacible (Libro 1), Mijaíl Shólojov

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Shólojov

Imagínese otra obra con la fuerza de la exposición de los caracteres y de las situaciones de “Guerra y paz”, de Tólstoi, más la truculencia y la persuasión de un Faulkner. Y a eso súmesele la presencia de un río caudaloso que aporte, a un lado u otro, en un sentido metafórico o literal, el valor torrencial que requiera una obra que abarque desde los antecedentes de la Primera Guerra Mundial hasta la formación de la U.R.S.S. El resultado es algo desmesurado, algo que desborda la capacidad de síntesis y que somete a la conciencia lectora a un esfuerzo sostenido a lo largo de dos mil páginas. Esta obra, “El Don apacible”, uno de los clásicos de las letras modernas, le llevó doce años de escritura a su autor: Mijaíl Shólojov. Entrar en su mundo es una inmersión de larga duración, y la división de la novela en cuatro partes crea una falsa sensación de tregua.
La acción comienza en una época algo remota a la de los hechos sobre los que se extenderá el relato. Finalizada la guerra contra el Imperio Otomano, un cosaco miembro de una pequeña población a orillas del río Don regresa de la contienda con un botín particular: una mujer. No es una mujer cualquiera, es una turca; y el resto de la comunidad condena en secreto esa unión. Las mujeres de los caseríos rehuyen su presencia, los hombres no se acercan a su vecino. Con las semanas, una serie de hechos desgraciados, como la muerte de ganado, es asociada con la llegada de la turca y las consecuencias son funestas. La mujer terminada lapidada y en medio de esa violencia se adelanta su parto. El niño que nace de madre muerta es la nueva marca en un antiguo linaje de cosacos, el de los Mélejov. A partir de entonces todos los Mélejov cargarán con un detalle en particular, algo en su rostro que los distingue del resto de los cosacos y que rememora aquel cruzamiento de sangre. La novela se saltea a partir de allí un par de generaciones y el hecho queda signado como la pieza que una elaboración posterior recubrirá de diversos sentidos. Ahora es 1912 ó 1913, y Pantelei Prokófievich Mélejov es el padre de dos jóvenes cosacos, Petró y Grigori, que pronto serán reclutados para combatir en el frente contra los alemanes. Petró ya está casado y tiene descendencia, en tanto que Grigori no sienta cabeza y desvela a su padre debido a sus enredos amorosos con Axinia, la esposa del vecino Stepán. Este romance va a ser uno de los nudos de la novela, pero no el único. Además, entre muchas otras circunstancias, aparecen la lucha de los cosacos por la explotación de la tierra, la tensión entre los simples agricultores y ganaderos y los terratenientes, la desconfianza de los cosacos hacia los mujiks, las noticias inquietantes que llegan de los países del Oeste sobre la política y la llegada de misteriosos forasteros que llevan a las orillas del Don ideas que aún no entran en las duras cabezas de los cosacos, pero que fermentarán en la no lejana Revolución Bolchevique. Y en el medio una pluralidad de estampas con descripciones soberbias sobre paisajes o cambios de estaciones; apuntes costumbristas sobre las actividades de los cosacos; estudios extensos sobre la inasible conducta humana en los ejemplos de varios hombres y mujeres de todas las edades. De hecho, la descripción de los personajes en esta obra admite una breve detención en el resumen. Es interesante observar que la mayoría de las veces conocemos a sus personajes por sus manos, antes que por sus palabras o sus acciones. Son las manos la carta de presentación: quizás un indicio de un tiempo y de un definido estado de su sociedad en la que el trabajo expresa quién es quién y otorga la idea de un orden identificable para sus integrantes. Y las sutilezas se extienden en estas quinientas páginas sin dar respiro, motivando en muchas ocasiones la relectura, como en el caso admirable, verdaderamente admirable de la caza del lobo que hace Grigori Mélejov junto a su amo, o, ya entrada la Primera Guerra Mundial, cada narración de una batalla o cada tiempo muerto previo al combate, así como la presentación de personajes como Chubati, un personaje malo, malo de verdad, con un signo de mal sobre sí mismo que le es desconocido a los demás y que sólo puede entenderse por aquello de que el orden de la guerra es un orden que los hombres no llegan a comprender del todo.
“El Don apacible” es una novela que pone en aprietos esa noción del género que sostiene que la recurrencia al ripio es necesaria. Su amplitud de miras, su ambición, su forma de no desaprovechar lo que cada personaje o confllicto tiene en sí mismo y encauzarlo con fuerza y firme dirección hacia la revelación de su lógica interna hacen que esta obra, en definitiva, no pueda permitirse un solo ripio.

Grigori recogió las riendas, preparó el látigo e hizo avanzar a los caballos con un breve e imperioso “¡Arre!”.
Los animales arrancaron de mala gana, resoplando y olfateando el agua.
-¡Arre! -Y Grigori hizo restallar el látigo y se incorporó en el pescante.
El bayo, un animal de ancha grupa, que iba a la izquierda del tiro, sacudió la cabeza -sea lo que sea- y arrancó, poniendo tensos los tirantes. Grigori miró de reojo a sus pies; el agua se arremolinaba en el borde del trineo. Los caballos avanzaron con el agua a la rodilla, e inmediatamente se hundieron hasta el pecho. Grigori quiso dar la vuelta, pero los animales perdieron pie y empezaron a nadar entre grandes resoplidos. La parte trasera del trineo fue arrastrada, poniendo a las bestias de cara a la corriente. El agua cubría sus lomos y el trineo danzaba, tirando con fuerza hacia atrás.
-¡E-e-eh…! ¡Guía esos caballos…! -alborotaba el ucraniano, corriendo por la orilla y agitando, no se sabe para qué, el gorro de piel de zorro.
Grigori, con fiera desesperación, no cesaba de animar a los caballos. El agua formaba pequeños remolinos tras el trineo, que empezaba a hundirse. En ese momento, el trineo chocó violentamente con un poste que sobresalía por encima de las aguas (restos de un puente que la crecida se había llevado) y dio la vuelta con asombrosa facilidad. Grigori cayó de cabeza, pero sin soltar las riendas. El agua tiraba con suave insistencia de los faldones de su pelliza y de sus piernas, haciéndole girar junto al trineo. Con la mano izquierda pudo agarrarse de un patín, soltó las riendas y, jadeante, trató de avanzar hasta la parte delantera. La había tocado con la punta de los dedos cuando el bayo, que se debatía contra la corriente, le dio una coz en la rodilla. Tragando agua, Grigori se aferró a los tirantes. El agua le apartaba de los caballos con fuerza redoblada, sus dedos se aflojaban. Traspasado por los pinchazos del frío, llegó hasta la cabeza del bayo y ante sus pupilas dilatadas clavó el animal la mirada alocada de unos ojos sanguinolientos y aterrados.

Calificación: Excelente.
Título original: Tijii Don (1928-1940).
Traducción: José Laín Entralgo.
Editorial: De Bolsillo, Barcelona, 2009 (2ª edición).
ISBN: 978-84-8346-777-0

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2 comentarios en “El Don apacible (Libro 1), Mijaíl Shólojov

  1. Una gran reseña, D., de una obra monumental como sólo los rusos pueden escribir, parece. Escriben como el territorio que tienen bajo los pies, como un viaje de Moscú a Siberia. Además, el título es uno de los mejores que he escuchado nunca. Aplauso para el traductor y para Shólojov.
    Va un abrazo.

  2. Buena reseña, Damián.
    Siempre que veo a alguien leer un libro de estas dimensiones, me acuerdo de una idea que Auster escribió o dijo por ahí… Y se trata del inmenso compromiso que supone la empresa de leer un libro así en los tiempos modernos, cuando todo parece estar reducido al mero divertimento, y a la brevedad e intensidad de un destello.
    ¡Cuántos dones apacibles hemos perdido!

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