Pisando los talones, Henning Mankell

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Mankell

Wallander es un héroe. Recientemente diagnosticado como diabético, irascible, insomne y antirreglamentario, pero parado en los pedales de su investigación, guiado por sus intuiciones y dueño de un desencanto ético respecto a la sociedad sueca en la que le toca ejercer el trabajo policial. Es un tipo que piensa en jubilarse, siente antipatías y simpatías y el miedo no le es ajeno. El padre está muerto, la hija vive lejos y le ha traído no pocos problemas y, por si fuera poco, la exmujer lo llama para avisarle que se va a casar con uno que juega al golf, lo que da como resultado la destrucción del teléfono. Para presionarlo todavía más, es él quien encuentra al primer muerto, que es Svedverg, uno de sus compañeros, que había desaparecido. También desaparecieron tres jóvenes que se habían reunido para celebrar la noche de San Juan.
Las investigaciones de los distintos casos terminan convirtiéndose en una sola, que se caracteriza por la debilidad de los indicios, el insomnio y la incertidumbre. Los crímenes son repulsivos e incomprensibles, carácter que se ve ampliado a raíz de los momentos en que la historia está narrada desde el punto de vista del asesino, un rasgo que no es nuevo en la narrativa de Mankell, como tampoco es novedoso que los antagonistas de Wallander sean fríos, calculadores, escurridizos y profundamente amorales. El detective es muy visceral y podría decirse que, más que hacer su trabajo, cumple una misión, lucha denodadamente por mantener a flote algo que siente que se hunde. La preocupación moral y afectiva surge a cada instante, como por ejemplo cuando una colega le dice:

-Dos niños, ambos de catorce años, abaten a golpes a un tercero, de doce. Sin motivo. Y una vez que lo tienen inconsciente en el suelo, le pisotean el pecho hasta dejarlo algo más que inconsciente. Hasta que está muerto. Creo que eso me hizo ver con claridad que se ha producido una transformación radical. La gente siempre se ha peleado, pero antaño lo dejaba cuando el otro caía vencido al suelo. Llámalo como quieras, juego limpio, quizás. O, ¿por qué no?, simplemente actuaba de ese modo, y punto. Sin embargo, las cosas ya no son así. No parece sino que toda una generación de jóvenes se haya visto abandonada por sus padres, o que hubiésemos convertido en norma básica el no involucrarnos en nada. El hecho es que, de repente, los policías nos ponemos a reconsiderarlo todo. Las circunstancias han cambiado por completo, así que la experiencia acumulada no tiene ya la menor validez.

Es un tema que granjea discusiones, pero se hace insoslayable el hecho de que, en cada historia, hay un desasosiego que late y lo tiñe todo. Y no se trata de meras declaraciones sino de la propia hechura de los personajes, cuyas ideas y sentimientos son coherentes con sus conductas. Es decir, si bien hay una postura que apunta el dedo hacia afuera del libro –de los libros-, en ningún momento se huele el artificio de un panfleto. La preocupación se percibe, sostenida, novela tras novela, más allá de la “policialidad”.
Para completar los ingredientes que necesita una buena novela policial, puede citarse el ritmo vertiginoso que adquiere en las últimas doscientas páginas, donde el ritmo se redobla y llega a un clímax narrativo tras graduales capas de acercamiento y de miedo.
El relato es perfecto, no hay errores ni inconsistencias. ¿Se le puede pedir algo más? Miren el delirio que sigue y comprendan cuáles son los fundamentos de la adicción de quien esto firma:

-Ha empezado a llegarnos material, tanto de la Interpol como del FBI, sobre esa organización que se hace llamar Divine Movers –lo informó-. Al parece, es una facción de una secta que lleva el curioso nombre de Hijas de Jesús, y que a su vez, según indican los datos, surgió de una mezcla de creencias basadas en el movimiento Rastafari, las divinidades griegas y otras creencias religiosas. El fundador, un sacerdote católico de Uruguay que sufrió un trastorno mental, fue excomulgado e internado en un hospital psiquiátrico. Allí, según decía, fue testigo de varias apariciones divinas, pero cuyos facultativos lo consideraron, por extraño que parezca, lo suficientemente cuerdo como para darle el alta después de algún tiempo y, al salir, fundó esta secta.

Calificación: excelente
Título original: Steger efter
Traducción: Carmen Montes Cano
Tusquets, Buenos Aires, 2011, 730 págs.
ISBN: 978-987-1544-61-5

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2 comentarios en “Pisando los talones, Henning Mankell

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