Crónicas de la nada, Silvia Soler

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Soler

En “La carpera” (2004) uno de sus libros anteriores, Silvia Soler había dado con una manera de ofrecer la experiencia humana muy peculiar. El tratamiento del tema, la vida de una prostituta rural ya retirada del oficio, eludió la posibilidad de sujetarse solamente de los aspectos pintorescos o, incluso, de sostenerse en la sola consecución de un tono compasivo. Aquel libro fue la revelación de una vida por fuera de reclamos de compasión o de asombro, fue la entrada en el misterio de lo que una vida es para sí misma. Esa búsqueda se reitera ahora con la publicación de “Crónicas de la nada”, pero el centro de la atención es ahora la autora misma. Es un hecho no del todo transitado en las actuales letras uruguayas; pocos son los libros que poseemos en los que los escritores, fuera del friso de una voz ficticia, se expresen sobre su propia experiencia a la manera de un diario, unas memorias o un simple apunte confesional. Para llegar a algo similar habría que revisar los blogs, pero ese es otro tema, como lo es también otro formato. Por eso mismo “Crónicas de la nada” es un libro que, con la justeza de sus descripciones y sus estudios mínimos de la sensibilidad propia, trasciende ese temor uruguayo de mostrarse en su propia intimidad a riesgo de parecer banales. Un limón encontrado en la costa, una de tantas visitas al almacén del barrio, un paseo por el barrio Reus, un cangrejo en el fondo de un balde, los plátanos de las calles de la capital… todos esos aspectos sencillos dan lugar a que Soler escriba y se interrogue sobre la distancia que media entre su percepción y los objetos o los fenómenos en sí mismos; y todo con un lenguaje simple que en un instante experimenta una especie de enroscamiento mínimo con el que la autora se entrega a su propia perplejidad. No son las crónicas de los acontecimientos que siempre van a parar a lo que llamamos “crónicas”, son las crónicas sobre las situaciones sobre las que poco o nada se escribe, o sobre las que uno solo puede escribir y nadie más. Los textos, de modulación y alcance diferentes, complementados en un empatismo desenfadado por las cálidas ilustraciones de Denisse Torena, llegan a un verdadero clímax de excelencia en “El rancho de Valizas”, donde Soler describe unas vacaciones veraniegas junto a su pequeño hijo en una casa alquilada junto a una laguna. Las comodidades anunciadas en el momento de la concertación del alquiler (comodidades que tampoco desvelaban a sus protagonistas) pronto conspiran contra el valor de lo que la palabra “vacaciones” enciende. Sin embargo, la revelación de la felicidad se presenta al niño, y lo que vuelve al texto conmovedor, aparte de impecablemente escrito, es la descripción de la imposibilidad de acceder a un espacio, a un doblez de la vida al que otros pueden entrar, en este caso los niños.
La segunda parte del libro suspende ese tono confesional y aborda, más fiel a la intención de “La carpera”, las vicisitudes de quienes se ha dado en llamar los personajes anónimos de la ciudad, en su mayoría montevideanos. Pero “anónimos” no por desconocidos, sino porque habitan en un sustrato inferior de la conciencia pública. La escritura de Soler les restituye una mayor visibilidad y logra calar en su experiencia de una manera sutil, revelando aquellos episodios más significativos en una extensión de a lo sumo cuatro páginas: difícil desafío. Otro hecho para celebrar, porque, fiel como aquella máxima de Morosoli en “La soledad y la creación literaria” (justamente Morosoli se dedicó a atrapar por un momento las vidas de esos personajes en las páginas del diario La Unión), Soler escribe para salvar del olvido a quienes el mundo dejaba de lado, y a veces para siempre.

Vienen del hemisferio norte; los griegos, primero, y los romanos después, los plantaron por Europa. Emigraron a América cuando los criollos querían semejarse a los franceses. Al igual que tantos inmigrantes, consiguieron un lugar en la ciudad: podría decirse que usurparon los canteros a tanta planta autóctona hoy ausente.
Por su ambigüedad, me recuerdan a nosotros mismos. Dan sombra en verano y en primavera se rebelan. En invierno tapan las calles de hojas marrones con un tejido que unos llamamos “tapiz en tonos de ocre” y otros “mugre”. Hasta en eso me caen simpáticos, porque evidencian discrepancias de la especie más soberbia del planeta. Cuando veo una fogata de hojas de plátano que quema el aire de la mañana, pienso en el elástico concepto de suciedad. Si sobra el tiempo y el pensamiento escasea, la vida es un eterno plumerear.

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Ediciones de la Banda Oriental (colección Lectores), Montevideo, 2011.
ISBN: 978-9974-1-0686-4

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2 comentarios en “Crónicas de la nada, Silvia Soler

  1. A mí no me gustó, salvo algunos trechos, como el que citás. Me pareció, por largos pasajes, que transitaba por lugares comunes. De hecho, eso de rescatar a los olvidados, quitándole lo humanamente loable que pueda tener, me suena repetitivo y sin mayor aporte. Me parece, también, que hay un abismo entre este libro y “La carpera”, donde la autora tuvo la virtud de transmitir una voz viva. A veces me da la impresión de que las lecturas (y el ambiente cultural), puede quitarle mucho gusto a lo que decimos. Como que ciertos refinamientos, ciertos tamices, corren el riesgo de uniformarnos.

  2. Bueno, algo extraño… Hoy me desperté pensando en los libros que he leído y por falta de tiempo no había reseñado. De todos esos, el que más me había gustado, me dije, era este. Y por esas cosas del pensamiento o afinidad de espíritu, apareció tu comentario, D., que coincide perfectamente con mis impresiones e ilumina, además, ciertas sensaciones que todavía no me había permitido formalizar en lenguaje.
    El último sector, destinado a la descripción de esos personajes, me gustó menos. Será porque la mirada se ciñe a lo biográfico y deja un tanto de lado ese ojo incisivo y profundo que caracteriza a la primera parte. Creo que ese es el don que más me impresiona de Soler y me invita a seguirla: una mirada sensible y poética del mundo, en un mundo donde lo académico parece estar ocupando cada vez más espacio.
    Un abrazo.

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