Los rebeldes, Sándor Márai

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Márai

Esta novela, de las primeras del autor húngaro, se rige por esa apreciación recurrente que sostiene que en los tiempos en que la guerra hace su imperio, la realidad se vuelve extraña e impredecible, o lo que es parecido: las leyes naturales se rebelan. Para el caso de esta historia, ese desajuste se produce en el plano de la intimidad compartida, propia de la adolescencia, y el contexto es el de la Primera Guerra Mundial, en una ciudad húngara (agrisada, impenetrable en cada una de sus descripciones). Los personajes, Ábel, Béla, Erno y Tibor han finalizado el bachillerato en la víspera de los acontecimientos principales con los que se inicia la narración. Desde hace mucho tiempo han tenido presente que a los pocos meses de finalizar el liceo su destino común será el frente de batalla. La resistencia que les provoca ese dolor futuro ha levantado entre ellos y el mundo adulto una pared hecha de signos elusivos, conductas infundadas y encuentros clandestinos. A las sesiones de esa inusual cofradía se suma alguien a quien no pueden considerar del todo un representante del mundo adulto: Lajos, el hermano mayor de Tibor que ha regresado del frente luego de que le hubieran amputado un brazo. Durante semanas han ocupado una habitación de mala muerte en una fonda en las afueras de la ciudad, donde han acumulado además una serie interminable de objetos sin intención alguna, o con la sola intención de tenerlos, separándolos del concepto de utilidad. Esa es su clave. Separar de las cosas su valor de utilidad como modo de resistir el llamado del mundo adulto. Dos personajes más se vuelven particularmente importantes en el decurso de esta novela. Por un lado, Amadé, un actor que pasa una temporada en la ciudad y que ha visto en estos jóvenes, al comienzo, un pequeño público con el que darse ciertos aires. Por otro lado, Havas, el prestamista, a quien le han empeñado los muchachos la cubertería de plata de la familia de Lajos y Tibor con tal de sostener sus caprichos. El temor de un intempestivo regreso del frente del coronel Prockauer, padre de Tibor y Lajos, lleva a los protagonistas a plantearle a Havas la posibilidad de un trato en una de las escenas de mayor excelencia de toda la novela, a la manera de una notable representación expresionista.
Podría asumirse que todo lo anterior es lo que convierte a “Los rebeldes” en una novela de iniciación, en un Bildungsroman multiplicado, pero puede tratarse de algo más, porque el modo en que Márai sostiene la historia daría la pauta de que los intereses son mayores y de que el enfoque está colocado en una perspectiva que no se conforma con lo unidireccional. La forma en que se presentan las situaciones tiene un aire inquietante… La perspectiva del narrador no es nada previsible y parece sobrevolar a su gusto por varios lugares de la trama (llamémosle “trama”) sin que el lector pueda hacerse, de buenas a primeras, una idea del cometido de ese interés disperso. Pensando en que su autor fue tildado de “burgués” (apartando sus orígenes), quizás esto suponga un aspecto importante para pensar en la producción novelística de aquella época en el centro de Europa. “Los rebeldes” es una obra en la que su autor da cuenta con detalle del proceso que lleva al mundo a hacerse denso, animándose a buscar una forma de nombrar lo que acontece en esa zona incierta y fugaz que separa al mundo adolescente del adulto.

La ciudad natal no se identifica con un campanario, una plaza con una fuente o la próspera actividad comercial o industrial que pueda tener lugar en ella. La ciudad natal es un soportal bajo el cual te vino por primera vez una idea a la cabeza; es un banco donde te sentaste a meditar sobre algo que no comprendías; es un instante de vértigo durante una zambullida en el río, donde de pronto tuviste el recuerdo de una existencia anterior; es un guijarro hallado en el fondo de un viejo cajón, que no sabes por qué guardaste; es el sombrero de tu profesor de Religión, con una gran mancha oscura; es la angustia que te oprimía el corazón antes del examen de Historia; son los juegos extraños que nadie comprendía y de los que te habría avergonzado hablar; es una mentira cuyas consecuencias atormentarían tus sueños toda la vida; es un objeto valioso en la mano de una persona; es una voz, oída una noche a través de la ventana abierta, que nunca olvidarás; es una habitación iluminada, y son los flecos en el bajo de una cortina. Ábel jamás mecerá a sus nietos en sus rodillas hablándoles de la guerra porque, como tantos otros, sus nervios no habrán guardado de esa época más que la sensación de miedo y angustia. Pero para él ese miedo se identifica con la persona de Tibor y esa angustia se encarna en Amadé. La ciudad tiene sesenta mil habitantes y dispone de una cancha de tenis. Ahora duerme. El alcalde, enfermo del corazón, se agita en la cama. En su mesilla de noche hay un vaso de agua, y en el fondo del vaso una dentadura postiza. En alcobas húmedas, al lado de las madres, los padres todopoderosos descansan con sus camisas de dormir. Encima de la ciudad, en los bosques de las montañas, los animales nocturnos se van despertando.

Calificación: Muy bueno.
Título original: A zendülok (1930)
Traducción: Marta Komlósi.
Editorial: Salamandra, Barcelona, 2009.
ISBN: 978-84-9838-213-6

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