El ídolo rojo, Jack London

London
***

Jack London fue muchos hombres en los 40 años que le duró la vida: marinero, soldado, trabajador portuario y buscador de oro en Alaska, entre muchas otras itinerantes ocupaciones fueron las que le proporcionaron, además del sustento, el argumento para muchas de sus historias. Y si no el argumento, cuando menos el escenario y los personajes. Comenzó a publicar relatos en revistas en 1899 y pronto se volvió un auténtico autor de best-sellers. Agrupado por la crítica junto a autores de literatira “juvenil” como Verne y Salgari, London ha sido sistemáticamente relegado con menosprecio en el panorama de las letras norteamericanas, al margen de un análisis cuidadoso y desprejuiciado. Es probable que el éxito de ventas que siempre cosechó le haya jugado en contra para la real valoración de su obra, extensa, narrativa, aventurera, propia de un tiempo y de un mundo que hoy, a poco más de un siglo, ya nos parece ancestral.

En esta vieja edición de “El ídolo rojo” se reúnen tres relatos de London. El que le da título al volumen, y dos más: “La tunanta” y “Los tres vagabundos”. Los tres comparten una misma motivación: un hombre blanco está en una tierra exótica y busca algo de gran valía: conocimiento, riqueza o amor. La obtención de lo que se busca requiere pruebas, sacrificio; pero también requiere de la utilización de todos los medios disponibles, y esa utilización requiere del envilecimiento. En el primer relato (de poderosas connotaciones lovecraftianas), el naturalista Bassett, perdido y enfermo de disentería en alguna parte de Guadalcanal (en las Islas Salomón), utiliza sus últimas energías para llegar hasta el Dios de la tribu que lo ha recogido, un dios esférico y sanguinoliento que sólo puede haber venido de las estrellas. Para llegar ahí, Bassett utiliza a Balatta, una salvaje que se ha enamorado de él. El análisis puede hacerse desde muchos ángulos distintos, pero la perspectiva histórica nos inclina peligrosamente al análisis antropológico o etnográfico. ¿Cómo veía un yanqui de comienzos de siglo XX a los “salvajes” del Pacífico Sur? ¿Cómo veía un hombre occidental a las mujeres? Un primer vistazo nos dará lo que queríamos encontrar: los salvajes son barbáricos y bestiales, reducidores de cabezas y antropófagos que ofrendan sacrificios humanos y asesinan niños por respetar preceptos arcaicos. Las mujeres, en tanto, son objeto de deseo y medio para conseguir otros fines, pero nunca se las siente a la altura del hombre, ni un fin en sí misma. A través de la mujer se satisface un deseo, a través de la mujer se llega a lo que se anhela. Y luego de encontrar esto, encontraremos más. Porque frente al salvajismo de los nativos aparece la necedad del blanco, la ambición desmedida, la inescrupulosidad. Bassett engaña a Balatta prometiéndole que se casará con ella si le muestra el camino al ídolo rojo, igual que Julian Jones engaña a Vashna para que lo lleve hasta la palacra (un peñasco literalmente de oro), y ambos saben que el precio que las mujeres pagarán por traicionar a los suyos será la vida. La civilidad del hombre blanco es presentada por London como un salvajismo más refinado, sujeto a reglas modernas, reglas que se tienen por superiores por el simple hecho de pertenecer a una cultura dominante (es decir, una cultura que tiene las mejores armas).

Y más allá de estas dos o tres posibles líneas de lectura, los relatos de London cumplen con la esencial cualidad de hacer que uno pase una página y luego la siguiente y así hasta el final, llevado por el deseo de saber qué será lo siguiente que ocurrirá, atando un suceso a otro y luego a otro, con la certera cuerda trenzada de sus palabras. Esta cualidad de la historia encuentra su expresión más acabada en el relato “Los tres vagabundos”, cuando los linyeras reunidos en torno a un pobre fuego, Patillas, El Gordo y El Seco, se ponen a contarse mutuamente (al modo del Decamerón), para pasar mejor la noche, cómo fue que todos se quedaron mancos, hace ya mucho tiempo, cuando eran jóvenes, apuestos, ricos y tenían amor.

-Ngurn -amenazó Basset en un arranque de ira-, tú conoces al Trueno Niño que hay en aquel Hierro mío -así hacía referencia a su escopeta poderosa-. Te mataré en cuanto quiere, de modo que no podrás curar mi cabeza.
-Lo mismo da. La curará Vngngn o algún otro hombre de mi horda -afirmó Ngurn, en tono de complacencia-. De todas formas, dará vueltas aquí, al humo de la casa del brujo. Cuanto antes me mates con tu Trueno Niño, antes se ahumará tu cabeza.
Y Bassett comprendió que había sido vencido en la discusión.

Calificación: Buena
Traducción: No figura.
Empresa Editora Zig-Zag, Santiago de Chile, 1947.
Colección “La linterna”, serie Ultramar Nº62
ISBN: No figura.

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