País de Nieve, Yasunari Kawabata

*****
Kawabata

Hoy quiero referirme al caso del gran Yasunari Kawabata. El escritor japonés, gran admirador en sus años de juventud de la literatura de Occidente, derivó luego a nivel formal y temático hacia el más profundo tradicionalismo. Aunque como sucede con los escritores que se vuelven clásicos, son capaces de trascender su propio contexto.

He leído en las últimas semanas tres libros seguidos de Kawabata: País de nieve, El clamor de la montaña e Historias en la palma de la mano, en ese orden. Además ya había leído Mil grullas, Kyoto, la antigua capital y La bailarina de Izu. Por supuesto que la obra de Kawabata es mucho más extensa, pero es una buena cantidad de páginas las que representan estos títulos dentro de su carrera.

Kawabata centra sus historias en ambientes rurales del Japón más profundo. Allí coloca personajes que muchas veces llegan desde la gigantesca ciudad moderna y no terminan de cuajar en ese escenario determinado por impresionantes descripciones del paisaje, que en País de nieve llega a ser tan importante como el del protagonista Shimamura.

Los temas de Kawabata son locales, pero a la vez universales. Relaciones humanas tersas como el traje de seda de un kimono, diálogos mínimos, mujeres que se sonrojan apenas y le recuerdan al narrador una determinada luz en un atardecer en la montaña, una lluvia salvadora que redime culpas, un lunar en la piel de una mujer de la que se enamoran a través del tiempo padre y luego hijo.

Kawabata cuenta describiendo. Avanza con paso corto, sutil, da una vuelta y “ataca” el tema por el lado más sorpresivo para el lector, pero son efectivismos, sin perder nunca el tono, sin dejar de ser sobriamente japonés, sin de dejar de ser humanamente emocionante. Cuando el comité del Nobel lo premió en el convulsionado año 1968, argumentó que Kawabata poseía “maestría narrativa, que con gran sensibilidad expresa la esencia de la mente japonesa”. Sí, imposible no concordar con la Academia Sueca en ese concepto. Pero es esa propia maestría de Kawabata la que le permite trascender, salirse de la isla milenaria donde nació, vivió y murió y entregarle al mundo todo el talento de sus palabras tipeadas en una aporreada máquina desde detrás de la eterna cortina de humo de su cigarrillo en los labios.

Con el primer vistazo a la geisha de diecisiete o dieciocho años que entró en su habitación, Shimamura sintió desvanecerse su necesidad de una mujer. A sus brazos les faltaba aún redondez femenina, un aire inconcluso enfatizaba y a la vez velaba la buena disposición de la muchacha. Shimamura disimuló como pudo su desinterés y la enfrentó con concienzudo ceremonial, pero sus ojos miraban menos a la muchacha que al verde de las montañas más allá de la ventana. Dirigirle la palabra fue superior a sus fuerzas. Era la encarnación de la geisha de montaña, de la cabeza a los pies.

Calificación: Excelente.
Editorial Emecé, Lingua franca (2005)
Traducción: Cesar Durán (1961)
Traducción revisada: Beatriz Galán (2005)
ISBN 950-04-2450-9

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s