El Don apacible (Libro 2), Mijaíl Shólojov

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Shólojov

En el segundo tomo de “El Don apacible”, correspondiente a las partes cuarta y quinta de la obra, la acción se sitúa en 1916. La Primera Guerra Mundial llega a la mitad de su recorrido y entre las filas cada vez más desmoralizadas y raleadas del ejército ruso, principalmente entre los cosacos protagonistas de esta larga historia, se cuece lenta pero segura la futura Revolución Bolchevique. Es entonces cuando se hace fuerte un personaje: Bunchuk. Inflitrado entre la oficialidad del frente ruso en Polonia, Bunchuk disemina entre los cosacos las palabras de la nueva ideología. Son tiempos de horror. La guerra no va bien y los soldados extrañan su tierra, donde la miseria golpea por falta de mano de obra que se encargue de los campos y los animales. Entre los altos mandos el recelo es mutuo, la repartición de alimentos y armas es desigual y la salida del zar Nicolás II con la consecuente instauración de un Gobierno provisional son circunstancias que llevarán poco tiempo en concretarse. Bunchuk abandona el frente y pasa a la clandestinidad para reunirse con sus compañeros en el siguiente paso que darán los bolcheviques. Listnitski (aquel hijo de terrateniente que fue tan importante en la historia de amor entre Axinia y Grigori Mélejov en el libro primero), que ha desconfiado permanentemente de las actitudes de Bunchuk encabeza la cruzada para atrapar a los agentes como Bunchuk. En cierto modo, esta nueva parte de “El Don apacible”, al menos en sus ciento cincuenta primeras páginas, tiene todos los elementos del típico relato de espionaje. Lo que continúa es un problema multiforme. A la irracionalidad, la violencia y la belleza y la profundidad de pensamientos y escenas que deparan los avances o los retrocesos de los cosacos en el frente de batalla hay que agregar también las marchas y contramarchas de los bolcheviques enfrentando al Gobierno Provisional en los pueblos que se extienden a lo largo de todo el río Don. Los cosacos se ven en una encrucijada: desconfían del futuro gobierno bolchevique. Se reúnen en cada pueblo para tomar partido, pero los sentimientos son encontrados. Muchos cosacos pelean por un país que ya no los tiene en cuenta y sin embargo descreen de cómo los bolcheviques utilizarán y distribuirán las tierras que han sembrado por cientos de años. Las escisiones son múltiples. Petró y Grigori Mélejov, protagonisas esenciales del tomo anterior, recuperan su predominio en varios instantes y encarnan esas contradicciones. Ambos ascendidos por sus acciones de valor, los hermanos se diferencian. Petró permanece fiel al Gobierno en un comienzo, mientras que las simpatías de Grigori por los bolcheviques son inocultables.
Así como en el Libro 1 las manos eran una expresión perfecta y acabada de la vida de los personajes, en este Libro 2 las descripciones abandonan las extremidades y se concentran en los rostros. Los rostros de los hombres, la mayoría picados por la viruela, hundidos por la desnutrición y, quemados por el frío, son ahora la expresión de sus vidas. Las manos no importan: donde no hay trabajo las manos son todas iguales. Más adelante, casi al final, cuando nos reencontremos con Bunchuk fusilando a los opositores al bolchevismo, regresará un aporte más al conflicto sobre este punto de la representación. El narrador se toma unas líneas para describir las manos de Bunchuk en medio de sus tareas de fusilamiento, justo cuando el personaje reflexiona sobre el cariz de su tarea. Cuando un cosaco que va a ser fusilado le da la mano a Bunchuk la realidad se complica aún más. A través de las manos, de pensar en lo que ellas resumen de la experiencia, Bunchuk regresa al mundo elemental, simple, por fuera de los pensamientos y sus escarceos. Y eso nos lleva, entonces, a pensar en lo que encontraremos en el tercer tomo de “El Don apacible”.

Maximka Griaznov, cosaco del jútor Tatarski, se había incorporado a la sección de ametralladoras de Bunchuk. En el combate con el destacamento de Kutepov había perdido el caballo y desde entonces no cesaba de beber y de jugar a las cartas. Cuando le mataron el caballo -el de pelaje de buey y franja plateada a lo largo del lomo- Maximka cargó con la silla y la llevó durante cuatro verstas, pero viendo que así no podía escapar con vida de la persecución de los voluntarios, arrancó las piezas que adornaban el arzón, cogió las bridas y se apartó del combate. Apareció ya en Rostov, no tardó en perder a las cartas el sable de empuñadura de plata que había tomado a un esaúl muerto por él; perdió lo que le quedaba de la montura, los calzones, las botas de cabritilla, y se presentó casi desnudo a Bunchuk. Este le dio ropa y habló en su favor. Quizá Maximka habría llegado a enmendarse, pero en el combate iniciado el 24 de abril en los alrededores de Rostov, una bala le destrozó la cabeza; cayó sobre su guerrera un ojo azul; de la cavidad craneana, abierta como una lata de conservas, brotó un chorro de sangre. Y fue como si jamás hubiese existido Griaznov, el cosaco de Véshenskaia, ladrón de caballos en otros tiempos y borracho empedernido la víspera.

Calificación: Excelente.
Título original: Tijii Don (1928-1940).
Traducción: José Laín Entralgo.
Editorial: De Bolsillo, Barcelona, 2009 (2ª edición).
ISBN: 978-84-8346-978-1

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