La raza de los nerviosos, Vlady Kociancich

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Kociancich

En 1959, un Borges ya ciego y profesor de literatura inglesa en la Facultad de Letras, inició junto a tres alumnos el estudio del anglosajón. Al parecer, dos de ellos estaban más interesados en granjearse  una experiencia útil para el currículum que en el goce o la aventura  de entrar al laberinto de una lengua. El tercer integrante, sin embargo,  siempre mostró un peculiar y legítimo interés, una pasión verdadera, una suerte de enamoramiento ante las letras; y fue así que en el decurso de los años logró trazar una obra personal –diríase prolífica- en la narrativa y el ensayo. Ese tercer miembro era Vlady Kociancich.

La anécdota no es menor. Hasta el más distraído de los lectores apreciará en la refinada prosa de esta dama un halo borgeano innegable. Y si bien esa influencia nunca adquiere el rango de una tutela, en este libro de ensayos donde la autora despliega sus opiniones sobre escritores de la literatura universal, se percibe una clara proclividad hacia esos autores que Borges leyó hasta la extenuación: Poe, Chesterton, Stevenson, Melville, Conrad, Homero, Lawrence de Arabia, etc…

Para Kociancich –y remitiendo a una declaración de Marcel Proust- el rótulo de “los nerviosos” puede aplicarse tanto a los delincuentes como a los artistas. Ambos se caracterizan por un desequilibrio, cierto escozor que los induce a una acción desenfrenada y muchas veces pecaminosa. La diferencia está en que el delincuente comete sus desmanes en el plano de la realidad, mientras que el artista, mediante un proceso de sublimación, puede dar salida a esas pulsiones sin por eso quedar expuesto a una represalia directa.

Al comienzo se nos invita a pensar la vida del artista en general -y del escritor en particular- desde su obra y no desde su curiosa biografía. Sin embargo, muchos de los ensayos de “La raza de los nerviosos” no resisten esa condición y se inmiscuyen –a veces más de la cuenta- en ese territorio difuso, no siempre veraz y cada vez más explotado del anecdotario, es decir, en esas historias pintorescas que circundan la génesis de un libro, hechos que no siempre cuentan con una base sólida y son fácilmente tergiversables por el devenir oral. Pues bien, conciente del peligro de estas arenas movedizas, Kociancich pisa con cuidado y ejecuta un delicado proceso de selección para que la anécdota abandone su naturaleza popular y se torne una herramienta útil a la hora de interpretar o rever con otro enfoque algún aspecto estrictamente literario, inherente a la obra.

Pero el momento en que la escritura y la inteligencia cobran mayor vigor es cuando la mirada crítica se deslinda del marco histórico y da rienda suelta a sus impresiones más íntimas y quizá más caprichosas. Resulta extraño, pero las opiniones de la autora -aunque discutibles, como todas- se sienten muy atinadas. Acaso influya  la elegancia, el personal y amplio manejo que se hace del lenguaje. Lo cierto es que, carente de tecnicismos, neologismos o juegos de hermeticidad tan propios de la “crítica oficial” o institucionalizada, la prosa de Kociancich se vuelve amena y no por eso menos profunda y exuberante. Diría que el ejercicio de su crítica en algún punto reconcilia el género del ensayo con su raíz estética. Y en este sentido, es evidente la filiación con Michel de Montaigne. Miren, por ejemplo, con qué precisión y contundencia nos habla de la muerte en la obra de Borges:

La muerte borgeana, expurgada de sangre, de dolor, de humillaciones corporales, nunca se presenta más que como una cesación, brusca y poética, de afanes, o como una revelación, lírica o irónica, de sueños o de pesadillas. El muerto no entorpece la acción de un cuento con el bulto de su cadáver, la muerte calla juiciosamente el trámite aborrecible que la divorcia de la vida. Muertos y muerte se estilizan en un gesto, una frase.

 Sobre el final del libro, y luego de haber sobrevolado autores y experiencias de lecturas tan disímiles como secretamente complementarias –Svevo, Bioy Casares, Lampedusa, Chéjov-  aparece un sector más lindante al diario íntimo, donde el lector puede husmear en las anotaciones que la autora realizó durante un viaje en busca de Alejandría, o rumbo a Salamanca al encuentro de Gonzalo Torrente Ballester. Aquí es donde el tono se vuelve más personal y sensible. De todos modos, la mirada de Kociancich parece irremediablemente impregnada de literatura. Lugares y personas  convocan referencias de corte libresco que, en esta instancia, podrían desparecer sin causar ningún daño. Parece que las etapas del viaje  no fueran dignas de valor si no se las interpreta o “enriquece” desde la literatura. Y es esta resistencia a describir las cosas en la sumisión de su propio estado –lo que por otra parte crea la imagen de una realidad desfasada, en fuga de sí misma-, lo que me hace pensar hasta dónde el enfoque es honesto. ¿Se trata, pues, de una sensibilidad real, acaso enferma de “literatoris”, o de cierto modo de vanidad que no se resiste a hacer alarde de su acopio? Contesto yo: la primera.

 Pero el escritor sabe que lleva puesto lo que escribe como se llevan la cabeza y los brazos. Con una diferencia. El cuerpo que otros ven no siempre tiene la soltura, la audacia, que le son normales entre los márgenes de un texto. Y el momento de enfrentar a una audiencia, los nervios amenazan con traicionar el única e indivisible patrimonio del que puede jactarse un escritor: su obra.

Calificación: muy bueno.
Editorial: Seix Barral, Bs. As., 2006.
ISBN: 950-731-501-2

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