Meridiano de sangre, Cormac McCarthy

McCarthy
*****

Empezar a leer esta novela de Cormac McCarhty supone la necesidad de problematizar de entrada el tema de la violencia. Ya sea porque la violencia en la que se extienden las primeras páginas de “Meridiano de sangre” cause estupor, fascinación o asco en el lector, aun así hay que saltearse esas impresiones y entenderla más como una representación que funciona de manera muy precisa en la construcción de una idea que Cormac McCarthy orilló al escribir esta historia. Digo “orilló” y no “tocó” porque estoy casi seguro de que el autor se propuso indicar un tipo de estado de la experiencia para el que no es suficiente la operación con el lenguaje verbal. Me gustaría recordar ahora, para poner un solo ejemplo de cómo McCarthy transmuta la violencia en otro asunto, ese pasaje de “Ciudades de la llanura” en el que dos vaqueros que cabalgan en direcciones contrarias enlazan a un mismo perro salvaje. Cuando los lazos se tensan el perro se levanta y entonces explota. El narrador detiene la acción en ese punto para describir cómo los primeros rayos de sol que asomaban a la meseta atraviesan las gotas de sangre y forman una imagen iridiscente que se abre en el espacio circundante. En pocas palabras: es, más que una situación redentora, una estetización de la violencia.
Los hechos de “Meridiano de sangre” se ambientan a mediados del siglo XIX en esa zona de límites difusos que correspondía a lo que hoy es el norte de México, más los estados de Texas, Nuevo México y California. El protagonista, un adolescente que se ha ido del hogar paterno en búsqueda de algo que queda innominado (allí está la huella gótica) llega a Nacogdoches. Al ingresar una tarde de lluvia a una enorme carpa donde un reverendo sermonea a una multitud, el muchacho conoce al juez Holden. Holden es un hombre fornido, calvo y con una presencia que se impone entre el resto de los mortales. Desde el fondo del público, el juez Holden acusa al reverendo en voz alta: “Requerido por diversos cargos, el más reciente de los cuales tuvo que ver con una niña de once años (y he dicho once) que se había confiado a él y con la cual fue sorprendido en el momento de violarla llevando él puesta la librea de su fe.”A continuación la muchedumbre lincha al acusado. Más tarde, en la taberna de enfrente, el juez Holden sostiene que ni conocía al reverendo ni sabía si existían tales cargos contra él. Esa es la primera estampa del juez Holden. Algunos capítulos más adelante, después de que el muchacho se enrole al ejército y termine como prisionero en un pueblo mexicano, reaparecerá formando parte de los hombres de Glanton, un grupo paramilitar que ha sido contratado para eliminar la mayor cantidad de indígenas a un lado y otro de la frontera. Los hombres de Glanton cobran una buena suma de dólares por la cabellera de cada indígena, y el muchacho es invitado a sumarse al negocio. A partir de ese punto el imperio de la violencia aumenta. Se suceden asesinatos, mutilaciones, escalpados, violaciones de mujeres y de niños… No es algo que nos deba sorprender si lo consideramos un tipo de depravación que está muy presente en nuestros días. Tanto como novela histórica o como western sui generis, la violencia se vuelve recurrente páginas tras página y comienza a desplegarse el cúmulo de sentidos que este libro puede tener. Uno, pienso, es considerar que cada época tiene su apocalipsis, que en cada época el hombre se juega su razón de estar en el mundo como si se tratara de la última oportunidad. Otro, transmitir cómo la violencia plasma o tienta algo en la noción de equilibrio natural de las cosas. Y otro, profundizando el punto anterior, es que la violencia habla en “Meridiano de sangre” para expresar un tema cultural… Al modo del Marqués de Sade, el gran antecedente de “hacer hablar a la violencia”, los personajes y sus acciones cuestionan el tema de la independencia total del ser humano, y más cuando el ser humano traspasa el límite y halla su total independencia en el olvido de la interdependencia con el resto de los que pertenecen al género. Esa soberanía ilimitada en la que Glanton, el juez Holden y el resto del grupo torturan, violan y matan sin demostrar emoción alguna, como una extensión de su propia respiración, es lo que confirma su existencia en un camino perdido donde se ha abolido la noción del otro, donde la cultura fue vencida sobre sí misma. De hecho, como lo sugiere un monólogo del juez Holden en el capítulo XIV, algo en la encrucijada de la cultura ha fallado y los hombres de Glanton distinguen en la barbarie una forma de sobreponerse a la abrumadora experiencia de la Naturaleza. Esa encrucijada se produce en un escenario que es el del paisaje, otro de los puntos más sobresalientes de “Meridiano de sangre”. Desiertos ilimitados, anfractuosidades, pueblos miserables, todo en el espacio indica que allí la cultura puja contra algo que no puede tener nombre. Como en las historias de Juan Rulfo (alguien que escribió sobre los mismos escenarios, pero del otro lado), cuando los hombres no pueden dar una respuesta, la misma reside en los objetos (“Luvina”) o en los fantasmas de los que estuvieron (“Pedro Páramo”) y ese lenguaje, que es no verbal, acucia. La identificación de una cultura, de un parámetro, para estos hombres que no dejan de cabalgar y que todo lo observan (en especial Holden), es como atisbar un palimpsesto de culturas previas o voces incomprensibles sobre las que se desata un caos que ni siquiera sus agentes pueden comprender. Una consecuencia es la locura. La otra es, como sostiene el juez Holden, la afirmación del ser individual hasta el horror para comprometer al destino y al universo a revelar lo que tenga que revelar.

Imaginad dos hombres que se juegan sus propias vidas a las cartas. ¿Quién no ha oído una historia semejante? La carta más alta. Para un jugador así el universo entero no ha hecho más que arrastrarse hacia ese instante en que se sabrá si se va a morir a manos del otro o este a las de él. ¿Qué mejor ratificación podría existir de la valía de un hombre? Este realce del juego a su estado supremo no admite discusión alguna respecto de la idea de destino. La elección de un hombre sobre otro es una preferencia absoluta e irrevocable y es bien tonto quien crea que una decisión de ese calibre carece de autoridad o de significado. En los juegos donde lo que se apuesta es la aniquilación del vencido las decisiones están muy claras. El hombre que tiene en su mano tal disposición de naipes queda por ello mismo excluido de la existencia. Esta y no otra es la naturaleza de la guerra, cuya apuesta es a un tiempo el juego y la supremacía y la justificación. Vista así, la guerra es la forma más pura de adivinación. Es poner a prueba la voluntad de uno y la voluntad de otro dentro de esa voluntad más amplia que, por el hecho de vincularlos a ambos, se ve obligada a elegir. La guerra es el juego definitivo porque a la postre la guerra es un forzar la unidad de la existencia. La guerra es Dios.
Brown miró al juez. Holden, estás loco. Al final has perdido el seso.
El juez sonrió.

Calificación: Excelente.
Título original: Blood meridian (1985).
Traducción: Luis Murillo Fort.
Editorial: De Bolsillo, Barcelona, 2010, 4ª edición.
ISBN: 978-84-9793-900-3

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