El asesino dentro de mí, Jim Thompson

Thompson
***

Lou Ford es una especie de Dr. Jeckyll moderno, un Dr. Jeckyll posterior al advenimiento del psicoanálisis. Infancia complicada, experiencias sexuales prematuras, hermano adoptivo, conflictiva relación con su padre, son las explicaciones internas para la peculiar conducta del oficial Ford, un hombre que ha reprimido durante demasiado tiempo su lado más brutal y sádico, ocultándolo bajo una capa hipócrita de bonhomía y pusilanimidad. Si en el relato de Stevenson, a través de una mezcla de ciencia y alquimia, se conseguía separar el mal de la naturaleza humana y darle una existencia independiente y libre, en la historia de Thompson esa división se obtiene gracias a una enorme dosis de energía psíquica, y que, por lo tanto, durará sólo hasta que esa energía se agote y ceda a los impulsos más terribles, más verdaderos.

Esta ficticia separación de “lo Humano” acababa, en Stevenson, con la aniquilación del hombre por su propia mano. Jeckyll, puesto ante los horrores cometidos por Hyde, de los que él es responsable, y ante la progresiva toma de control por parte de Hyde, decide suicidarse. Antes de que Freud estableciese las categorías de lo consciente y lo inconsciente, Stevenson ya exploraba las caras de esa dualidad entre lo racional y lo pulsional, entre lo civilizado y lo atávico. Jeckyll, como pro-hombre victoriano, sólo se conoce a sí mismo de modo real y absoluto cuando se enfrenta a Hyde y entiende, al fin, su verdadera naturaleza doble, pues Hyde siempre ha vivido en él, y que si hasta ahora ha podido mantenerlo oculto (hyde), ese ocultamiento ha sido posible gracias la interiorización y naturalización de una estructura propiciada por la sociedad de la Inglaterra del siglo XIX.

Thompson no es Stevenson ni el siglo de uno es el siglo del otro. Del mismo modo, Lou Ford no es Jeckyll. Lou Ford no va a morir por su propia mano, aunque en cierto modo su conducta pase de la autopreservación a la autodestrucción. En cierto modo, Ford quiere ser detenido, incluso asesinado, si eso es lo que toca, pero él no va a colaborar para que eso pase. Ford no se siente culpable o responsable. Ford, como el Anton Chigurh de McCarthy, no se considera un agente del mal, sino una especie de instrumento natural del devenir. No es él quien decide matar a sus víctimas, son sus víctimas que llegan hasta él con la secreta determinación de hacerse matar, por mala suerte o por una estúpida obstinación.

Sonreí, sintiéndome un poco apenado por él. Es curioso ver cómo se busca problemas cierta gente. Se obstinan, por mucho que quieras disuadirlos, en decirte cómo quieren que acabes con ellos. ¿Por qué acudían todos a mí para hacerse matar? ¿No estaban matándose ellos mismos?

Ford conoce demasiado bien las tramas invisibles del poder como para convertirse en un estúpido mártir. No va a facilitar el trabajo de nadie. No va a confesar y se defenderá hasta el último minuto. Él no es más hipócrita o corrupto que quienes lo juzgan. Quizá sea más depravado, pero hasta eso está por verse.

En El asesino dentro de mí, Thompson, igual que en 1280 almas y en Noche salvaje, construye una historia a trompicones. Casi es fácil imaginar a Thompson metiéndole tecla a la novela sin pensar más que en un boceto inicial de su estructura, escribiendo como un poseso, cerrando los agujeros argumentales a medida que los iba descubriendo (cosa que logra razonablemente bien). Esa premura se vuelve evidente por momentos en los que el ritmo flaquea o el lector se ve obligado a aceptar la intervención excesiva del azar. De las tres obras citadas, quizá la mejor sea,  por ejecución e intenciones, 1280 almas, mientras que El asesino dentro de mí se encontraría en un segundo escalón, pues si bien tanto Lou Ford como el Nick Corey de 1280 almas son hombres impenetrables, que ofrecen al mundo una cara que no guarda relación con su verdadero ser, hay algo en El asesino dentro de mí que no termina por completarse, un recorrido al que le falta un tramo, algo que parece el resultado de un final apresurado o de un final que, al menos, no está a la altura de los buenos momentos que la novela depara. Y ese final premuroso es, después de todo, perfectamente entendible si, al remontarnos a la biografía de Thompson, nos encontramos con el dato (no menor) de que entre 1952 (año de aparición de El asesino dentro de mí) y 1954, escribió la friolera de 12 novelas que vendió puntualmente a la editorial neoyorkina de libros de bolsillo Lion Books.

Para terminar, una especie de declaración de principios de Thompson sobre su forma de entender la literatura, expresada a través de la voz de su psicótico narrador:

En muchos libros que he leído, el autor parecer perderse, enloquece en cuanto llega al momento culminante. Empieza a olvidarse de los signos de puntuación, suelta todas las palabras de una vez y divaga acerca de estrellas que parpadean y que se sumergen en un profundo océano opaco. Y no hay forma de enterarse si el protagonista está encima de la chica o de una piedra. Creo que este tipo de manía se considera como intelectual… Muchos críticos lo ponen por las nubes, y me he dado cuenta. Pero en mi opinión, el escritor es un maldito perezoso que no sabe hacer las cosas bien. Yo seré lo que quieran, pero perezoso, no. Lo voy a contar todo.

Anexo: pienso, ahora, en cuán difícil se está volviendo la tarea de escribir historias policiales verosímiles sin convertirlas en una especie de texto técnico-científico, en poco más que un manual de medicina forense. Series del estilo de CSI, siempre orientadas a ensalzar los avances en detección de fibras microscópicas o en la identificación balística de un proyectil, parecen imponer esa dirección como la única posible, y si bien es cierto que no podría ambientarse una historia en el presente pretendiendo ignorar el tiempo en que puede identificarse el ADN de un sospechoso -porque eso significaría una violación a la ley de la verosimilitud-, me gustaría saber cuál es el destino que le espera al género negro si sus autores deciden transitar por esa senda de modo exclusivo.

Calificación: Bueno.
Título original: The killer inside me (1952).
Traducción: Galvarino Plaza.
Editorial Bruguera, Barcelona, 1983.
ISBN: 84-02-09250-0

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s