Cécile ha muerto, Georges Simenon

***
Simenon

Hay que decir que el comisario Maigret es, a su manera muy particular, un rompecorazones. Pero Madame Maigret, que espera en vano horas y horas a que su marido llegue para encontrar la cena todavía caliente, puede estar tranquila. Maigret tiene sus códigos. Los que sí recelan son los compañeros del Quai des Orfévres. Cuando esta novela empieza, una mujer ha llegado desde hace ya un tiempo para avivar las desconfianzas: Cécile. Se trata de una muchacha de poco menos de treinta años, cuya lozanía se ha venido a menos, que aparece por las mañanas y rellena la ficha solicitando una entrevista con el comisario Maigret. Cuando le anuncian que Maigret está ocupado, ella persiste: prefiere esperar. Confía en Maigret y a Maigret esperará hasta el día del juicio final. Cada vez que él la recibe, sin embargo, la cosa no avanza. Cécile se queja de que en el apartamento que comparte con su tía los objetos aparecen cada mañana en lugares diferentes y que, incluso en determinada ocasión, el ambiente apestaba a tabaco. Maigret se queda de una pieza. ¿Nada más?… No, nada más… Después de un tiempo en que se ha enviado a centinelas para cuidar la entrada del edificio, el caso de Cécile ya pasa a ser parte del folklore del Quai des Orfévres. Y de ahí a considerar que la muchacha está enamorada de Maigret hay muy poca distancia que recorrer. Por eso, en la mañana de niebla parisina con la que se abre “Cécile ha muerto”, todo el buen ánimo de Maigret se disipa al ver que la jornada comienza con la presencia de Cécile aguardándolo. Por eso mismo, decide posponer la entrevista y privilegia el caso de una banda de asaltantes polacos. Esa dilación termina siendo terrible. Cécile desaparece y con las horas se sabe que la tía ha sido asesinada esa mañana. Para colmo, no transcurre mucho más tiempo hasta que se halla a la propia Cécile, estrangulada en un depósito de materiales de limpieza de la misma comisaría. Estas son las cartas que se barajan y se otorgan en el inicio de esta novela, en la que nos encontraremos con algo parecido a una variante del crimen dentro del cuarto cerrado… La tía de Cécile era una usurera y mantenía una oscura relación con uno de sus inquilinos del piso inferior, Monsieur Dandurand, quien termina siendo el testaferro de una serie de turbias inversiones. Dandurand, un abogado con un par de años de cárcel por pasarse de viejo verde, comienza a verse enfrentado por todos los familiares, tanto lejanos como cercanos, de la señora que representaba. Pero el testamento, si existió, no aparece. Dandurand, en su defensa, sostiene que la víctima le daba más divindendos estando viva. La historia es interesante y enrevesada hasta en la mismísima última página, y levanta vuelo con la descripción de los estados de la conciencia de Maigret, asediado día y noche por una serie de conjeturas que no le conducen a una solución terminante. Esos pasajes de la novela permiten señalar que, más que el caso en sí, lo sobresaliente de estas páginas está en el propio Maigret, puesto a tratar de entenderse a sí mismo. Como si fuera poco, le asignan a un compañero inusual: un estudiante de criminología que ha llegado desde Estados Unidos para estudiar los métodos del famoso investigador francés. ¿Pero qué métodos? Stephen Oats, tal el nombre del estudiante, parece una prolongación sugerente del Maigret más vacilante, otro personaje en el que el comisario se permite desdoblarse por unos instantes, o un borrador de Watson de unos pocos trazos. Esta es una novela bastante más sobre Maigret y no sobre el enigma, es una novela sobre su esfuerzo por ser los otros, por ser los criminales “antes” del crimen. Lo que son los criminales “después” del crimen, como lo afirma en un diálogo con Oats, ya es asunto de los jueces.

Cuando instalaron la calefacción central en el Quai des Orfévres, había solicitado y obtenido que le permitieran conservar la vieja estufa de carbón. Los inspectores jóvenes se habían encogido de hombros. ¡Allá ellos! Era siempre el mismo truco… Cuando no podía más, a fuerza de echarse sobre un problema, este se le vaciaba de toda sustancia, apareciéndosele como un tejido de frías incoherencias. Entonces, llenaba la estufa hasta los topes y se calentaba ora de un lado, ora de otro, atizando las brasas, abriendo la enorme llave del tiro y, poco a poco, su carne se dilataba de bienestar, los párpados le escocían y los objetos, a su alrededor, se esfumaban, como el humo de su pipa.
En este estado de regodeo físico, la mente, como en los sueños, atrapaba relaciones a veces ridículas, siguiendo caminos que la pura razón no habría descubierto.
Madame Maigret nunca lo había comprendido. Cuando ella le tocaba el brazo al término de una sesión de cine, no dejaba de suspirar:
-Te has dormido otra vez, Maigret… Me pregunto por qué pagas doce francos por la butaca, teniendo en casa una buena cama.

Calificación: Bueno.
Título original: Cécile est mort (1940).
Traducción: Ramón Hervás.
Editorial: Luis de Caralt, Barcelona, 1973.
ISBN: 84-217-0052-9

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