El hombre del lago, Arnaldur Indridason

Indridason
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El detective Erlendur Sveinsson tiene una impronta triste. Las investigaciones que emprende están marcadas por un dolor que lo aqueja desde su infancia. Lee libros de personas desaparecidas en los páramos porque de eso se trata su trauma y se dedica a casos donde las pesquisas deben profundizar hacia un pasado mucho más remoto de lo que es habitual en la narrativa policial. Esto sucede en todos los libros de Arnaldur Indridason, probablemente a causa de que el autor islandés es historiador.

Hay un lago que está perdiendo agua. Por esa razón, una científica descubre unos huesos, junto a los cuales más tarde se hallan unos aparatos de espionaje de fabricación soviética. En cualquier otro país, probablemente, un hallazgo de este estilo no genere la dedicación de la policía. Pero Islandia tiene una población muy reducida y pocos crímenes sangrientos, así que el policial debe buscarse otras formas. La vuelta que le encuentra Arnaldur es el buceo en las profundidades de la historia, con lo cual aprovecha para presentar una visión del pasado reciente de su país. En este caso, hurga en la presencia del espionaje en la época de la Guerra Fría y, con más profundidad, en el ambiente enrarecido de la Alemania Oriental, donde ubica a un personaje islandés que estudia gracias a una beca y logra las páginas más tensas e interesantes del libro, cuya investigación levanta muy poco los decibeles.

Es costumbre de este autor que el relato transcurra en dos tiempos: uno actual y ese remoto que se mencionaba. En el primero, está la investigación y está Erlendur con sus tristezas y los reencuentros con sus hijos que acaso sean las partes más destacables de esta novela. Pero no noté un aprovechamiento en profundidad de estos personajes.

Sin ser mala, a esta historia se la siente liviana y más débil que sus predecesoras. Da para pasar el rato y olvidarla, aunque esperando la próxima, para ver qué pasa con los inestables hijos de Erlendur.

Era socialista desde cuando podía recordar, al igual que toda su familia, tanto materna como paterna. No sabían qué era eso de ser apolítico y él había crecido odiando a los conservadores. Su padre había participado en el movimiento obrero desde los primeros decenios del siglo XX. En su casa se hablaba mucho de política, y se gestaba un odio profundo contra la presencia del ejército norteamericano en Keflavík, presencia que la pequeña clase capitalista islandesa aceptaba con pleno entusiasmo. Era la clase dominante islandesa la que se beneficiaba más de la presencia del ejército.

Calificación: Regular.
Título original: Kleifarvatn.
Traducción: Enrique Bernandez Sanchis.
Editorial: RBA, Buenos Aires, 2010, 349 págs.
ISBN: 978-987-609-259-3

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