Las memorias de Mosby y otros relatos, Saul Bellow

Raymond Chandler pensaba esto acerca del estilo: la clase de estilo en la que estoy pensando es una proyección de la personalidad y es preciso tener una personalidad antes de poder proyectarla”. Si esto es cierto, el estilo no miente o no puede mentir. Un escritor podrá intentar el engaño, pero ¿por cuánto tiempo? Escribir es una forma de exponer al aire y a la luz algo que no puede permanecer oculto para siempre. Uno puede fabricarse un estilo, claro está (los modos de hacerlo son innumerables), pero no creo que esa sea la clase de estilo en la que pensaba Chandler y, definitivamente, no es la clase de estilo en la que pienso yo. Es más o menos fácil encontrar escritores sin personalidad, tan fácil es encontrarlos como sencillo es olvidar sus libros luego.

El punto es que recordé varias veces la frase de Chandler durante la lectura de estos relatos de Saul Bellow, pues se siente en ellos algo así como la pulsión casi permanente de la personalidad de Bellow, como si en verdad fueran una forma expansiva de la propia sustancia de Bellow (y no sus palabras) lo que uno se encuentra allí. No es extraño que el cronista literario Alfred Kazin dijera esto acerca de él: “Conocí a Saul Bellow cuando acababa de llegar de Chicago. Mientras lo acompañaba (…) miró mi ciudad con un desprendimiento asombroso. Parecía estar midiendo las fuerzas ocultas de cada una de las cosas del universo (…) Estaba midiendo el poder que tenía el mundo para resistírsele, se estaba erigiendo a sí mismo en contrincante”.

***
Bellow

Luego de estas disquisiciones, la reseña. En el relato que da el título al libro, el doctor Willis Mosby, un diplomático jubilado, decide que al volumen de sus Memorias le está faltando humor, de modo que, mientras el narrador nos cuenta quién es Mosby, Mosby se encarga de contarse a sí mismo las patéticas peripecias de un judío socialista devenido en capitalista por amor en la Francia de la pos-guerra: un tal Lustgarten. La estructura le conviene a Bellow por muchos motivos, uno de ellos es que en la combinación de tiempos y escenarios narrativos (el presente de Mosby y los recuerdos de Mosby), quedan muchos resquicios para las ideas (filosóficas, políticas, sociales, económicas). La acción no es lo central aquí, en todo caso es un vehículo para otras intenciones. Sin historia, o con una historia hiper-fragmentada, intermitente y volátil, Bellow gana la apuesta. Al final del relato, tanto Mosby como Lustgarten existen para nosotros, han cuajado.

“Irse de la casa amarilla” es el segundo y, tal vez, el mejor relato del volumen. La alcohólica y perezosa anciana Hattie Simmons vive sola en la casa que ha heredado de su empleadora ya fallecida. Su casa está en algún punto rural del oeste norteamericano hacia mediados del siglo XX. Hattie se rompe el brazo en un accidente, sin descendencia, sin familiares cercanos, apenas con un par de vecinos solícitos y otros hoscos, este relato (de estructura más “clásica” que el primero) es la historia de un carácter.

“El viejo sistema” cuenta la historia del enriquecimiento de Isaac Braun, la enemistad mortal con su obesa hermana Tina y, detrás de todo eso, habla de la tensión inconciliable entre la espiritualidad y el materialismo. Excelente retrato de la vida de un judío rico de Chicago.

“Buscando a Mr. Green” tiene algo de Beckett y algo de Kafka, aunque Bellow parece decidido a eludir las posibles interpretaciones alegóricas. Mr. Grebe debe encontrar a Mr. Green para darle un cheque de la beneficencia. Grebe es blanco, pero Green es negro y vive en un barrio negro donde las personas rara vez están un mes en el mismo sitio, y encontrar a un hombre, aún para darle dinero, no es una tarea simple.

“Los manuscritos de Gonzaga” es la historia de la búsqueda de Clarence Feller, un estudioso de literatura española que llega a España en pleno régimen franquista con el fin de hallar las cartas de amor que un poeta republicano (¿Miguel Hernández?) le escribiera a cierta condesa. La pesquisa lo lleva a conocer diversos personajes que sistemáticamente le toman el pelo o lo increpan sobre la política bélica de EEUU. En tanto, “Un futuro padre” es el peor cuento del libro, poco más que un chiste al que se le ha otorgado demasiado esfuerzo.

Se podría decir que la mayoría de estos cuentos (a excepción del segundo y el tercero) ha envejecido mal. Demasiado atados a un contexto histórico particularísimo, leerlos a la distancia puede provocar un placer por momentos más historiográfico que literario. Sin embargo, habría que preguntarse si toda la literatura ha de ser escrita con miras de perdurar, de convertirse en un clásico que atraviese las épocas. Si el lector piensa que sí, tal vez este libro, como tantos otros, no sea para él. Pero quizá convendría pensar en cuánta necesidad tienen ciertas épocas de ciertas obras, cuánta luz aportan en el momento necesario esas obras, aunque luego pase su tiempo y la luz cese o se aplaque. Algo de eso, pienso, puede haber pasado con estos relatos.

Un peculiarísimo y hambriento animal, ingenioso, con aspiraciones y con el corazón roto que, al llamarse a sí mismo Hombre, cree poder liberarse de ser lo que realmente es. No se trata, en último análisis, de su definición, sino de su ser. Que diga lo que quiera.

Calificación: Buena.
Título original: Mosby’s Memoirs (1968).
Traducción: —-
Salvat Editores, Navarra, 1972.
ISBN: —-

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Un comentario en “Las memorias de Mosby y otros relatos, Saul Bellow

  1. Muy buena reseña, Leo. Estoy particularmente de acuerdo con esa idea del estilo como reflejo de la personalidad. Cada escritor de los grandes nos ha seducido escribiendo en función de un talante arrollador y absolutamente propio. Impostar el estilo, falsearlo al servicio del mercado o a los preceptos de una determinada escuela literaria, por ejemplo, me parece una falta de ética. De hecho, ética proviene del griego “ethos” que tiene dos acepciones: una que refiere al “hábito” y otra al “carácter”. Efectivamente, la costumbre de los hábitos determina la personalidad. Un estilo, entonces, es una forma de ética.
    Un abrazo grande.

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