Las cosas del amor, Umberto Galimberti

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Galimberti

Decía Shakespeare que toda víctima del amor estaba irremediablemente metida en una querella. En efecto, si hay algo que las tragedias de Shakespeare nos han enseñado, es ese carácter conflictivo y dinámico del amor, sus tempestades, zozobras, hallazgos y huidas, donde los amantes se vuelven presa de fuerzas opuestas y secretamente complementarias. ¿Pero acaso la popularidad y el peso estético de obras como “Romero y Julieta” no son consecuencia de la identificación, del trazado de una cercanía entre la situación del personaje y su espectador? En ese caso, entonces, las tragedias de Shakespeare -por nombrar a uno- deben parte de su mérito a un tratamiento del amor que se nutre del mundo real y devuelve a este un reflejo fiel y a veces revelador de su estado profundo. Ese impacto no debe atribuirse al mero mecanismo de una ficción exacerbada y autosuficiente, sino a un proceso que se cierra, se confirma, se incrusta en el mismo mundo que supo darle filo y ahora se ofrece como blanco.

Absurdo, cómico, fugaz, impetuoso, calmo, sexual, posesivo o arriesgado, el amor es tan diverso como el mundo y los amantes que lo permiten; pero ante todo, el amor es trágico. Esta mirada romántica de la cuestión no debe interpretarse, por cierto, como un enfoque caprichoso. De hecho, la palabra “tragedia” proviene del griego “tragos” (chivo) y “oide” (canción), y hace referencia al himno que acompañaba a los sacrificios durante las celebraciones dedicadas a Dionisio. Ya hemos nombrado aquí, pues, a tres de los pilares más robustos sobre los que Galimberti edifica su teoría respecto al amor en todos los tiempos, pero sobre todo en los tiempos modernos: el amor como sacrificio, el amor como un sacrificio embellecido, y el amor como la expresión de lo dionisíaco.

 Según el autor, el amor es deseo, una necesidad de ir “más allá” y trascender los confines del Yo. Esa trascendencia no celebra una fusión con el otro. Fusión es distinto a relación. Para Galimberti, el único amor posible es aquel que preserva la individualidad y, al mismo tiempo, se deja arrastrar por el campo gravitatorio que el otro despliega y alimenta a través de la seducción, de la combinación siniestra y sugerente de lo que está pero se oculta, de lo que espera y reclama ser revelado, de lo trans-parente. Ahora bien, ese Yo necesita estar debidamente formado para permitir el derrumbamiento de sus fronteras. Esto resulta una rareza en la disipación del mundo capitalista, donde la valía del individuo se supedita  a la fuerza de la mercancía y del fetiche. No es raro, pues, que las relaciones se establezcan con la intención de hallar en el otro lo que el sujeto no ha podido, no ha sabido, hallar en sí mismo. Lejos de buscar en el Tu una forma de extralimitación o de liberación de un impulso dionisíaco primitivo y sagrado (una pulsión que, se nos dice, proviene de una nostalgia respecto al Todo original, previo a la separación de la luz y las tinieblas), el Yo inconsistente y deforme del mundo moderno busca en el prójimo un relleno a su vacío. De ahí que la mayoría de las relaciones estén basadas en relaciones de poder, donde los celos o la superioridad económica son algunas de las tantas formas de coacción que hacen del amor un contrato de exclusividad. Si enamorarse es “padecer al otro”, es decir, reconocerse vulnerable ante el ser amado, para un Yo endeble esto equivale a una amenaza de muerte. Mejor es poseerlo y anular su albedrío. O, en todo caso, idealizarlo y quedar completamente a sus expensas.

El amor es el único sitio donde el hombre contemporáneo, y acaso el hombre de la especie, puede ser libre y descubrir su misterio, el del prójimo y el de la vida que los circunda. No obstante, y dadas las condiciones actuales, el amor es tan necesario como imposible. Triste revelación.

Los diecinueve ensayos que integran el libro están destinados al desarrollo de estas y otras muchas ideas. La nómina es larga, variada y densa en referencias y elucubraciones de alto calibre filosófico. Escrito en un lenguaje condensado que por momentos se permite la licencia del sobreentendido, merece una lectura  rumiante y reflexiva. Basta mirar la extensa bibliografía para constatar el bagaje y la consistencia de la investigación. A pesar de esta variedad, hay una idea que atraviesa las especifididades. Me refiero a la idea del amor como un esquema de doble movimiento. Ante el ser amado, dice Galimberti, es imposible no sentir la presencia de un deseo, la aparición de una locura, una fuerza que viene a desarticular el reposo de la carne y la razón para disolverlas en la nada del placer. Esa fuerza que nos arroja a la nada, que nos conmina al sacrificio de nuestra subjetividad, causa miedo y activa una pulsión opuesta que quiere mantener al ser en su sólida individualidad. Esa tensión es el amor. ¿Qué es el ser amado sino ese que nos inspira la confianza de arrojarnos al abismo con la certidumbre de que volveremos sanos y salvos? ¿Qué es el orgasmo sino un desenfreno que culmina en una disipación, en una muerte que de inmediato se retira y define su poder en su misma fugacidad?

Buscando los comienzos de la historia, Hegel pensó en su “Fenomenología del espíritu” que todo era producto del enfrentamiento entre dos hombres, dos conciencias deseantes. Ambos desean el deseo del otro, su reconocimiento. Así se establece una lucha a muerte, hasta que uno de ellos siente miedo y da un paso atrás. Quedan así constituidos el amo y el esclavo. En el amor, en efecto, no debe haber amo ni esclavo. Esa tirantez entre los amantes debe permanecer mientras perdure el amor o, en todo caso, devenir en un arrojo simultáneo a la muerte. Solo en la muerte, solo en la Nada, es concebible el Todo. Y el Todo solo cabe entre dos cuerpos más allá de su biología. Dos cuerpos destrozados por la vida, por la injerencia del otro en la propia intimidad.

 El amor, el verdadero, no cuida, expone, para que acontezca la vida de la existencia, cada existencia, con todo su sistema protector, contrae y cierra.

Cuando pierde el rastro de la trascendencia, la existencia se autoniega, recae sobre sí misma, cosa entre las cosas, sin reenvío, sin ulterioridad. Pero, ¿quién puede abrir la vía de la trascendencia sino el amor? ¿Y cómo puede hacerlo sino justamente allá, donde su exceso expresivo busca su excedencia, una ulterioridad de sentido más allá de toda medida ensayada nuestra?

Calificación: excelente.
Título original: Le cose, dell´amore.
Traducción: Chiara Orlandi.
Editorial: Destino, Barcelona, 2006.
ISBN:84-233-3813-4

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3 comentarios en “Las cosas del amor, Umberto Galimberti

  1. ¡Buena reseña, Leo!
    Algunas reflexiones de Galimberti me hacen acordar a la apacible lectura de “El arte de amar” de Erich Fromm, allá por el 2009.
    Un abrazo, Leo…

  2. Muchas gracias, Fabián. Y así es, “El arte de amar” es una obrita maestra. Galimberti recurre a algunas citas de ese libro de Fromm, sobre todo en lo que refiere al llamado “egoísmo de a dos”… Ese y “El ser y la nada” de Sartre, son dos de los libros más visibles en este trabajo, aunque la bibliografía, como digo en la reseña, es muy extensa.
    Es una pena que no se consigan más libros de Galimberti editados en español; solo este y un diccionario de psicoanálisis. Me pareció un pensador profundísimo. De lo mejor que he leído.
    Espero que andes bien por los terrenos del amor, y todos los otros.
    Un abrazo.

  3. Ando bien por todos los terrenos… Sobre todo, escribiendo. Y leyendo a Levrero, “La novela luminosa”… ¿La ubicás? jeje ; ) Tenemos que charlar urgente de literatura, de cine, del amor o de cualquier pavada…

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