La enfermedad y sus metáforas / El sida y sus metáforas, Susan Sontag

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Sontag

Este libro (en realidad dos libros con un espíritu común reunidos en uno solo) entra claramente en la categoría de esos libros notables que contribuyen de manera explícita y sostenida a un cambio de la mentalidad. Y es, por lo bajo, un libro en el que la misma autora, puesta a reflexionar sobre el uso y el abuso de la representación de las enfermedades en la cultura occidental, también escribe con sus propios problemas. La tuberculosis y el cáncer, que son las enfermedades en las que se basa el primero de ambos ensayos son las enfermedades que padecieron su padre y ella, respectivamente. El sida, por otra parte, fue el estigma y la condena de la cultura homosexual a principios de los años ’80; algo que a Susan Sontag, homosexual declarada y orgullosa de su condición, debió causarle más de un sinsabor. De todos modos, nada más alejado de un lamento plañidero lo que los análisis de estos ensayos demuestran. Podría aducirse que, a más de dos décadas después de ser escritos, algunos avances en la ciencia y la medicina le podrían jugar en contra a los pensamientos exhibidos, pero nunca carecen de asesoramiento, rigor o erudición; están notablemente escritos y son a la vez un profundo alegato de la lucidez que permite llegar a la tolerancia y al respeto por el dolor ajeno.
Podría decirse que a los dos los une el partir de una lectura económica de las enfermedades que tratan. En el primero de los ejemplos, la tuberculosis (ver cita) es emparejada a la sensibilidad romántica y a la concomitante caída del régimen aristocrático. Para Sontag, la imagen favorecedora de la sensibilidad y el entendimiento de quienes padecían tuberculosis venía dada de una apropiación de la enfermedad realizada por la aristocracia, casi como una respuesta a la idea del progreso del siglo XX. Si la idea del progreso redundaba en un mejoramiento de las condiciones de todos, en un culto del consumo y sus bienes que alcanzaban a cada vez más amplios sectores, la aristocracia se arrogó el derecho de exclusividad de lo realmente distinguido con la tuberculosis. Aquí el término aristocracia es equivalente a no poseer ninguna sujeción de los apetitos banales de la masa. Por eso, como cuenta Mario Vargas Llosa al hablar de la época de Madame Bovary, muchas mujeres ingerían lombrices solitarias para afinar su figura; por eso, como hasta lo apreciamos en los aires de distinción de Julio Herrera y Reissig, para poner un ejemplo notable de nuestra poesía, la imagen del poeta como un ser enfermizo, aquel que una sociedad que reivindica la salud y el bienestar no puede curar. En el caso del cáncer, el punto de partida de su metaforización contemporánea son para Sontag los esquemas del pensamiento capitalista, que derivan en una serie de metáforas de índole militar que es necesario desterrar del lenguaje cotidiano por cuanto generan la noción del paciente como un ser culpable cuya enfermedad debe ser ocultada. Si para Sontag la tuberculosis era la enfermedad de un “Yo”, el cáncer es la de un “Otro”: llega como un enemigo, invadiendo de forma artera, sin anunciarse y desde cualquier parte, gana terreno día a día y es preciso combatirlo de igual forma, sin darle tregua. De ahí que muchos males de nuestra sociedad sean metaforizados como “el cáncer” de esto o “el cáncer” de lo de más allá.
Para el caso del sida, una enfermedad muy nueva cuando Susan Sontag se decidió a escribir sobre ella, la autora se permite aún una síntesis brillante con “El sida y sus metáforas”. La aparición del sida vino a dar una nueva vuelta de tuerca a los problemas que generó lo que se consideraba sobre los enfermos de cáncer. El sida es ahora (a fines de los ’80, en el libro) la conclusión nefasta de cómo el modelo capitalista trata a los enfermos según su capacidad o incapacidad para plegarse a su sistema. El sida es la enfermedad perfecta para diseminar el terror a lo Otro, para que los individuos replieguen su sexualidad (sobre todo luego de aquella primavera de la sexualidad de los ’60 y los ’70) y para que se sientan culpables por haber tomado decisiones que los llevaron a contraer el virus. Pero también se trata, para Sontag, de la enfermedad perfecta con la que Estados Unidos puede ejercer una de sus viejas pasiones: el barrerlo todo de un golpe para comenzar de nuevo. El discurso apocalíptico que puede rastrearse en los diarios estadounidenses, sumado al sentido milenarista de un cambio que se vive como una promesa de los tiempos, revelan la forma en que el modelo capitalista de ese país sumió en el miedo a su población, un miedo que podía ser mitigado con las acciones de los gobiernos. Por supuesto, puede intuirse que lo que sucedió al sida fue el terrorismo. Susan Sontag vivió para ver la caída de las Torres Gemelas, pero ese es otro asunto.

La idea tuberculoide del cuerpo era un modelo nuevo para la moda aristocrática -en un momento en que la aristocracia dejaba dejaba de ser cuestión de poder para volverse asunto de imagen. (“No es posible ser demasiado rico. No es posible ser demasiado flaco”, dijo una vez la Duquesa de Windsor.) Por cierto, la romantización de la tuberculosis constituye el primer ejemplo ampliamente difundido de esa actividad particularmente moderna que es la promoción del propio yo como imagen. Una apariencia tuberculosa había de considerarse atractiva una vez considerada señal de distinción, de crianza. “¡Toso continuamente!”, escribió Marie Bashkirstev en su otrora muy leído Journal, publicado, después de su muerte a los veinticuatro años, en 1887. “Pero la maravilla es que en lugar de que ello me afee, me da un aire lánguido que me sienta muchísimo.” Lo que en otro tiempo era la moda de las femmes fatales aristocráticas y de los jóvenes artistas postulantes, llegó a ser la provincia misma de la moda. La moda de la mujer del siglo XX (con su culto de la flacura) es el último bastión de las metáforas ligadas a la tuberculosis romantizada de fines del siglo XVIII y principios del XIX.

del ensayo “La enfermedad y sus metáforas”

Calificación: Muy bueno.
Títulos originales: Illness as metaphor (1978) y Aids and its metaphors (1988).
Traducción: Mario Muchnik.
Editorial: Taurus, Buenos Aires, 1996.
ISBN: 950-511-238-6

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3 comentarios en “La enfermedad y sus metáforas / El sida y sus metáforas, Susan Sontag

  1. Una vez más comento sin haber leído el libro, estimulado por la interesante reseña. He leído poco a Sontag, pero lo suficiente creo yo, para identificar una agudeza poco comun, una lectura siempre interesante y así lo confirma esta reseña salvo cuando la autora se adentra en los 80 y tal vez la proximidad de los hechos, o su faceta militante nos sugiere una teoría conspirativa que no puedo compartir.Si lo que se dice en el libro sobre el Sida, es que finalmente resultó una herramienta de control hecha a la medida del capitalismo… bueno, Sontag, derrapaste.
    Las pestes siempre aterrorizaron a los hombres desde que tenemos registros históricos. Los que tenían medios huían de ellas refugiandose lo más lejos posible y quienes no podían hacerlo morían. El Sida, tiene la siniestra particularidad de hacernos responsables en la mayoria de los casos, por haberlo contraído. El terror fue generado por las características mismas de esta enfermedad: su evolución, su forma de contagio, la absoluta impotencia de la medicina de entonces. Por otro lado, y paradójicamente, el desconocimiento cabal de las características anteriores, conociéndose sí su terrible desenlace, fueron el origen del miedo. EEUU es un país abrumadoramente religioso, no nos quedemos por favor, con las imagenes superfluas que llegan desde Hollywood. Y no dudo que se haya condenado desde los púlpitos esta enfermedad, pero la Iglesia ya en la Edad Media pintaba primorosos frescos de los infiernos en sus templos, para persuasión de sus fieles analfabetos y letrados. Recordemos que Adam Smith todavía no había nacido. Que ventaja puede extraer el capitalismo de todo esto ? más consumo de qué ? profilácticos ? me parece un resultado bastante pobre para la envergadura de la operación. Y si la segunda fase de este pretendido control es el pánico inaugurado con el 11/S, entonces intuyo, estamos rozando el delirio.

  2. Estimado Giovanni:

    Susan Sontag formaba parte de un grupo de intelectuales estadounidenses que ciertamente se sentían avergonzados de que sus compatriotas no supieran dónde quedaba Cabo Verde, o no hubieran leído a García Márquez o simplemente no fueran de izquierda, etc. Al final, aquello se ponía a veces un tanto histérico y terminaba como chiste en películas de Woody Allen. Es decir, sí comparto contigo en que eso los llevó a lecturas y posturas radicales (no las de un Gore Vidal, por ejemplo, que fue crítico desde otro lugar), como esta que se hace en este libro de la relación Sida-Capitalismo. De todos modos, es una lectura económica la de Sontag. Es cierto, como apuntás, que el temor a la enfermedad y el manejo que el poder hace de ella es anterior al capitalismo, ni que hablar, y es algo que Sontag no desconoce en este ensayo. Ahora, creo que la autora apunta a cómo EEUU, utilizando como herramienta el sistema capitalista, se sirvió del sida para crear un nuevo capítulo de lo que ella llama: una de las viejas pasiones estadounidenses, o sea el barrerlo todo de un golpe para comenzar de nuevo. [Casi te diría que incluso la poesía de Whitman, atravesada por el Romanticismo tardío y por esa gran vertiente religiosa, tenía algo de ese sentimiento]. Lo del 11 de Setiembre, que es de obvia inclusión mía, sobre el final de la reseña, fue un esbozo de prolongación de la lectura de Sontag, pero, reitero, a modo personal, como para pensar si no llega hasta hoy lo del “barrerlo todo” (11S – admisnistración Bush – administración Obama).
    Sí te puedo decir que los gobiernos utilizaron el sida para culpabilizar a los individuos, aparte de que en sí misma la enfermedad generaba esa sensación. Sin ir más lejos, acá en Uruguay, había sobre finales de los ’80 una publicidad en la televisión, cuya responsabilidad era del Ministerio de Salud Pública, que mostraba a un surfer en una playa en un día de invierno. La imagen se cortaba o algo así y aparecía un gráfico que notificaba la existencia en Uruguay de 800 y pico de enfermos de sida. (Lo de que no llegara a 1000, le daba realismo, pienso). Entonces, venía el discurso de cuidarse y de recordar que las decisiones que uno tomara eran para siempre, etc. El muchacho dudaba, miraba el mar embravecido, y no me acuerdo si se daba la vuelta o si entraba al agua, tanto da. Esa publicidad no sólo responsabilizaba a los individuos, lo que en cierta medida, no estaría tan mal, sino que figuraba a los enfermos de sida de este país como el mal oscuro que no se podía exhibir en la publidad y cuya metáfora era ese mar revuelto, traidor.
    Y coincido también contigo en que un punto en contra de este libro es la proximidad de los acontecimientos al momento en que la autora escribe el ensayo.
    Un abrazo, Giovanni. Y gracias por tus comentarios, como siempre.

    1. Estimado Damiangb como dice Paul Johnson nunca viene mal una buena gresca literaria. Aunque no llegue a gresca y además se deslice a lo político, empiezo: recuerdo la publicidad del msp y seré muy insensible pero nunca la ví como algo diseñado para amedrentar politicamente. Si nos infundía temor frente a la enfermedad y tu mismo lo decís, ” no está tan mal “, en realidad no está nada mal. ¿ Que le dicen los médicos en la intimidad de la consulta, a los fumadores empedernidos, a los gordos sedentarios, a los que toman sin freno, a los hipertensos, etc.? Les infunden temor, porque todos sabemos lo persuasivo que es el temor. ¿Quieren los médicos manipular políticamente a sus pacientes? No, les dicen la verdad, de repente algo exagerada a veces, pero verdad al fin.¿está mal? depende para qué: si con esa exageracion -cuando la hay- salvan vidas, creo que está muy bien. La discriminación es contra el diferente, es una lacra que casi todas las sociedades tienen y se funda en el temor por ignorancia o en la simple superficialidad. De repente la publicidad mencionada debería haber sido más completa, más instructiva… pero, ¿cuantos se detienen a ver un documental ? se acusó en ese entonces de torpeza a esa propaganda y creo que no se pasó mucho tiempo y como tantas cosas en Uruguay, la dejaron por ahí en vez de mejorarla, pero en todo caso hubo ineptitud, no otra cosa, y de seguro, más de uno empezó a usar gomitas. A los bifes estimado: no se puede estar viendo una teoría conspirtativa detrás de cada árbol. Abrazo.

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