Mientras agonizo, William Faulkner

Faulkner
*****

Faulkner dibujó en 1945 un mapa del condado de Yoknapatawpha. Al pie del dibujo puede leerse la leyenda manuscrita: William Faulkner, sole owner and proprietor (“William Faulkner, único dueño y propietario”). Este documento, más allá de todos sus valores prácticos, es plausible de ser interpretado simbólicamente, como el registro gráfico de un proyecto, pero también como la muestra física de una voluntad. Al ver el facsímil del mapa, recordé la forma casi compulsiva en que un niño o un joven puede estampar su nombre en sus posesiones, una y otra vez, su nombre en todas partes, la extensión de su identidad. Yo. Yo. Yo. Este soy yo. Esto es mío. Me pertenece. Yo. Yo me pertenezco. ¿Quién soy yo? No lo sé, pero lo voy a averiguar, o voy a llegar lo más cerca que pueda de averiguarlo. Pero yo seré mío aunque no lo averigüe. Soy yo. Faulkner. William Faulkner. Único dueño y propietario de una tierra que no existía. Que no existía antes de que yo existiera pero que existirá hasta mucho después de que yo desaparezca. Yo. William Faulkner. Muerto. Para siempre muerto. Dueño de Yoknapatawpha, imperecedero. Faulkner.

Algo de eso hay en esta novela, el poderoso, permanente y cambiante Yo de un autor de una vitalidad tan asombrosa que parece estar siempre a punto de exceder la capacidad del lector. Quizá, buena parte de la emoción que es capaz de provocar Mientras agonizo, provenga de esa necesidad que siente uno de entender, de leer con todos los sentidos y en todos los niveles, de moverse a la vez en más de una dirección y en más de una velocidad. Esto podría resumirse al asunto de la polifonía de la novela y la diversidad de los puntos de vista de los muchos narradores, pero esa sería una explicación superficial.

Resumamos el argumento antes de seguir. Addie Bundren es la esposa de Anse y la matriarca de la familia Bundren, una familia de poor whites (“blancos pobres”), campesinos sureños. Addie está a punto de morir. Junto a ella están sus hijos: Cash, Darl, Jewel, Dewey Dell y Vardaman, además de su esposo. Cash, el carpintero de la familia, construye con celo la mejor caja que sus manos le pueden dar a su madre. Sabemos que Addie le ha hecho prometer a Anse que, una vez muerta, la llevarán a Jefferson para ser enterrada allí, junto a sus propios muertos. Esto significa un viaje de más de cuarenta millas en una carreta tirada por mulas, algo que ya de por sí habría sido difícil, sin contar con las duras complicaciones que habrán de ocurrir. Claro que no es el argumento lo que ha hecho de esta novela lo que es, sino su estructura. Y es que Faulkner toma su historia y la quiebra, la fragmenta en 59 monólogos interiores en los que la conciencia de los personajes fluye. De ese modo, el lector accede a la novela desde múltiples perspectivas que exigen de él algo más que capacidad de adecuación. ¿Qué pasaba si Faulkner decidía contar esta historia desde una única perspectiva? ¿Habría funcionado? Sí, claro, habría funcionado del mismo modo en que el propio Faulkner hizo funcionar, antes y después, muchas historias lineales contadas del modo más clásico. Pero el riesgo que decide correr en Mientras agonizo es tan estimulante que imbuye de una fuerza inusitada a toda la historia, porque es la paulatina sedimentación de las diferentes voces las que acaba por conjugar un espacio de densidad literaria difícilmente comparable. Y quizá aquí resida una diferencia sustantiva entre Faulkner y Steinbeck, por ejemplo (pues ahora viene a mi mente una conversación de hace pocos días con un amigo que, como yo, ha leído a ambos con mucho placer), y es que sin dejar de reconocer la grandeza de Steinbeck, hay algo en sus maneras que no provoca la inquietud o el desconcierto que sí es capaz de insuflar Faulkner a sus creaciones. En Faulkner parece vivir un ansia desmesurada, el vivo deseo de llevar las cosas al límite, y luego, un poco más allá del límite. De esa desmesura, creo, proviene la emoción que es capaz de provocar.

Volvamos a la novela. Mientras los hijos de Addie, su esposo Anse, sus vecinos Cora y Tull, el doctor Peabody, y todos aquellos que nos dejan oír su voz narran la forma en que se suceden los hechos, se produce en realidad una doble narración: vemos lo que ocurre y vemos cómo lo ve el que lo cuenta. No es nada novedoso esto que digo, pero de algún modo, el relativismo que surge de esta forma de narración cruzada acaba por generar mucho más que una gran historia, sino el conjunto de muchas pequeñas historias personales, con matices que se habrían perdido si la forma de la narración hubiese sido cualquier otra. Faulkner adecua aquí su técnica de tal modo que al cerrar el libro nosotros sabemos mucho más que las vicisitudes del último viaje de Addie Bundren, porque si nuestra capacidad y sensibilidad como lectores ha sido lo suficientemente poderosa, hemos llegado a entrever el corazón de todos los que han hablado.

El riesgo, aquí, es extenderse indefinidamente, sucumbir a la tentación de abarcar una obra que requiere de un examen mucho más minucioso que el de un post. Cierro con un último comentario sobre el monólogo de Addie, esa mujer que es el centro gravitacional del universo de la novela, el invisible y ausente sol de todo el sistema. Sólo uno de los 59 monólogos le corresponde a Addie al promediar la novela. No hace falta más. Su figura, que ha ido definiéndose externamente, por referencias directas o alusiones, de pronto cobra voz propia. Uno se sorprende. Es grande la sorpresa de ver el nombre “ADDIE” al comienzo del fragmento. Y en el centro de la sorpresa, uno dice: “Sí, sí, bien, Bill, gracias…”. Las palabras de Addie son las que resignifican todo lo demás. Leer los restantes monólogos sin leer el suyo es, sencillamente, haber leído otra historia.

Y ahora me lo hacen pagar, a mí que no tengo ni un diente en la boca y esperaba levantar cabeza lo suficiente para que me arreglaran la boca y poder comer como Dios manda, y era una mujer sana y fuerte como la que más hasta aquel día. Las voy a pagar todas juntas por necesitar esos tres dólares. Las tengo que pagar porque los chicos se tengan que ir a ganar por ahí fuera. Y ahora puedo ver igual que si lo adivinara la lluvia espesa entre nosotros, apareciendo por ese camino como un hombre endemoniado, como si no hubiera otra casa en todas estas tierras encima de la que llover.

(del primer monólogo de Anse).

Calificación: Excelente.
Título original: As I Lay Dying (1930).
Traducción: Mariano Antolín Rato.
Estudio preliminar: Javier Coy.
Ediciones Cátedra, 1997, Madrid.
ISBN: 84-376-0834-1

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