Una luz para el anochecer, Erskine Caldwell

Caldwell
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Hay narradores que hacen prevalecer los personajes por sobre la trama o el entorno cultural en el que se mueven, y cuando decimos los personajes, nos referimos a sus elucubraciones, su psicología y el posible cumplimiento de su tragedia individual dada su condición humana. Otros solo utilizan los personajes-marionetas, como escusa para retratar una sociedad determinada en el tiempo y el espacio, o bien un “espíritu de época” como han querido los románticos y luego, más científicamente, la morfología de las civilizaciones de Oswald Spengler.
Las narraciones de Caldwell, digámoslo así, logran una mixtura de las dos técnicas narrativas antedichas, de manera que sin parecer que los personajes están a la merced de los caprichos egocéntricos del autor, responden a una historia que parece invariable desde la primera página, como si un destino oscuro e inmutable cubriera con lluvia, cual nube personal, las cabezas de los personajes.
Hay un cuento, podría decirse modélico de este autor, que se llama “El ladrón de caballos”. La trama es así: un peón de campo ve a escondidas a la hija de un hombre poderoso en el pueblo. Una noche en que las cosas se complican, el peón debe irse rápidamente y, en lugar de llevarse su caballo, se lleva el de su “suegro”. De esa equivocación surge el prejuicio, quizá el tema recurrente en Caldwell.
En “Una luz para el anochecer” el prejuicio no se da contra la pobreza (como en “El ladrón de caballos”) ni contra la raza negra (como en “Isla de Verano, por ejemplo) sino que aquí los que se llevan todos los insultos y miradas de soslayo son los extranjeros (sobre todo franceses de Quebec y escandinavos), que hablan lenguas canuck y que se están comprando de a poco todo el estado de Maine. Los americanos de Maine están desconformes con esa especie de ocupación extranjera, y toda la novela es una suma de conflictos entre estos dos grupos humanos: autóctonos e inmigrantes. Particularmente, es la familia de Thede la elegida para retratar la situación en la que se desarrolla la obra: su hija Jean está a unas semanas de casarse con un francés, quien podrá de seguro darle un mejor futuro que cualquier americano. Esto le pesa a Thede, pero más le pesaría tener que ayudar económicamente toda la vida a su hija por haberla casado con cualquier Frost o Robinson, y él lo sabe. Luego, está su esposa Rosa, veinte años menor (ella tiene cuarenta, el algo más de sesenta), que lo engaña con Leland Stokes, un granjero fortachón, que sólo sale con ella con la esperanza de poder casarse algún día con la joven Jean. Y, por último, está Howard, el hijo mayor de Thede. Quiere irse a la universidad de Boston a estudiar ingeniería, y su padre, que aspira a que Howard sea granjero y siga la traición familiar, no se lo permitirá, llevando esta prohibición hasta consecuencias descabelladas.
En conclusión, el triste destino de una de las últimas familias americanas de Maine, que cada noche, como símbolo de orgullo a su abolengo y a su nación, en medio de un pueblo lleno de casas oscuras ocupadas por extranjeros, sigue el ritual de encender una luz al anochecer.

Los franceses eran la gente que más odiaba en el mundo, y los otros extranjeros le seguían de cerca. La gente hablaría de Thede Emerson como el hombre que había dejado que su hija se casase con un francés; por consiguiente, tendría que encerrarse en su casa, cerrar las persianas, y correr las cortinas para que no le vieran los que pasasen. Nunca volvería al pueblo, porque todo el mundo sabía que había consentido que su hija se casase con un francés. Thede se tapaba la cara con las manos, y corría las cortinas para que ningún hombre viera lo que había dentro. Estaba avergonzado de dejarse ver. Los hombres se detendrían y señalarían con el dedo. El nombre de Emerson quedaría deshonrado y Autumn Hill no volvería a ser mencionado con temor y respeto.

Calificación: Excelente.
Título original: A light for nightfall (1952).
Traducción: Francisco Elías.
Editorial: Caralt, Barcelona, 1981, 2ª edición.
ISBN: 84-217-4305-8

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