David Golder, Irène Némirovsky

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Apenas cumplida su licenciatura en Letras en la Sorbonne de París y con 26 años de edad, Irène Némirovsky hizo su aparición estelar en el panorama francés con la publicación de su primera novela, “David Golder”. Este libro es también un retrato autobiográfico en el que la autora se permitió describir el mundo de la clase alta judía en la Francia de principios de siglo XX. Su protagonista es un pro-hombre de los negocios, tanto admirado como respetado y temido por sus pares y subordinados; pero despreciado por su mujer y su única hija. En el comienzo, Golder recibe en París la visita de Marcus, su socio. Un par de gestos (una forma de levantar el cigarrillo o disponer la lámpara portátil desde su cama, un frase seca que deja a su interlocutor sin aliento) bastan para revelar en Golder el perfil de un viejo hueso duro de roer. Marcus no consigue la gracia de Golder, quien se niega a vender los títulos de unos pozos petrolíferos. El protagonista huele algo sucio en los consejos de Marcus y el encuentro termina en una agria discusión tras la que descubre un aire de traición. Al día siguiente, Marcus se suicida, ahogado por las deudas. Una vez terminado el funeral, Golder decide marcharse a Biarritz y reencontrarse con su familia, como paso previo de un largo viaje por varias ciudades para controlar el frágil estado de sus inversiones. Pero no pasará más allá de Biarritz. En el tren sufre los primeros síntomas de una enfermedad que, tras varias horas de vida social al llegar a su destino, terminará por dejarlo postrado en una de las camas de la mansión. Su mujer y su hija, rodeadas de chulos y oportunistas, no dejan de exigirle dinero y de echarle en cara que nunca es suficiente lo que él les da. La descripción de esas interminables semanas de reposo es el principio de una especie de pasión bochornosa por la que pasa Golder. Pronto descubre que, más allá de la frialdad que caracterizó la relación con su esposa, el afecto que sentía hacia su joven hija no es retribuído. El cuadro, en sí, recuerda claramente el punto central de “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstói, porque la enfermedad funciona como un análisis y un cuestionamiento de la relación con los otros. Y en otro orden, el quebranto de salud, que hunde de manera lenta a los Golder, representa el costado doméstico de lo que fueron los años ’20 para el primer mundo, entre los desvaríos y los aires de grandeza de quienes disponían del dinero y las preocupaciones de quienes tenían que mantener la entrada de ese dinero. Aunque Némirovsky terminó la escritura de esta obra en 1928, se trata, por supuesto, de una radiografía de los hechos que derivaron en el crack económico del año siguiente. En las páginas que continúan Golder se hundirá aún más, se levantará y vivirá su apoteosis con las energías de las que dispone. Lo que se muestra por detrás de estos acontecimientos, y que es el punto más alto de la novela, por encima de las escenas de berrinches necesarios para expresar tal mundo, es la intimidad de pesadilla de la riqueza, su sentido absurdo y abstracto en el que aparecen repensados los fines mismos del capital.

-Yo tengo setenta y seis. Dentro de veinte o veinticinco años, cuando todos los pozos de Teisk estén funcionando, llevaré mucho tiempo bajo tierra. A veces lo pienso… Lo mismo que cuando firmo un contato: ¡noventa y nueve años! En ese tiempo, no sólo yo, sino también mi hijo, mis nietos y los hijos de mis nietos, todos reposaremos juntos en el seno del Señor… Pero siempre habrá un Tübingen. Para él es para quien trabajo.
-Yo no tengo a nadie –dijo Golder-. Así que, ¿para qué?
Tübingen cerró los ojos.
-Queda lo que se ha creado. –El anciano alzó lentamente los párpados y lo miró como si pudiera ver a través de él-. Lo que… -repitió animándose, con la voz grave y profunda de quien habla de la ambición más secreta de su corazón- se ha construido, creado… lo que permanece…
-Y en mi caso, ¿qué quedaría? ¿El dinero? ¡Bah, no merece la pena! Si te lo pudieras llevar a la otra vida…
-“El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!” –recitó Tübingen en voz baja, con la inflexión monótona y rápida del puritano empapado de las Escrituras desde la infancia-. Es la ley. Contra eso no puede hacerse nada.
Golder soltó un profundo suspiro.
-No. Nada.

Calificación: Bueno.
Título original: David Golder (1929).
Traducción: José Antonio Soriano Marco.
Editorial: Salamandra, Barcelona, 2006.
ISBN: 84-9838-059-6

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